Privilegiado con una gestión autónoma que lo exime de responsabilidades ante los órganos de autoridad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) –desde el Consejo de la Coordinación de Difusión Cultural hasta el propio rector–, el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) ha utilizado esa autonomía para convertirse en un museo ligero.
Sin un rigor curatorial capaz de definir los valores artísticos que promueve y difunde, con exposiciones que se sustentan en el sensacionalismo del contenido, y con una eficaz estrategia de comunicación que transita entre el silencio, la confusión, el autoritarismo y la manipulación, el MUAC, al exhibir Una carta siempre llega a su destino. Los archivos de Barragán de la artista norteamericana Jill Magid, ejemplifica varias categorías empleadas por el reconocido sociólogo francés Gilles Lipovetsky.
Éste desarrolla en su libro De la ligereza, los valores y funcionamientos del arte en la sociedad actual:
Provocación institucionalizada.
Escándalos artísticos por razones morales.
Actividades museísticas que responden a la lógica del espectáculo.
Y obtención de notoriedad con obras que zarandean el interés del público.
Inmersas en una dinámica que hibrida intenciones artísticas con intereses económicos a partir de seducciones estéticas, estas acciones se fortalecen con sofisticados discursos que, en el caso de Magid, se evidenciaron el pasado 27 jueves durante el debate “Obra, fetiche y ley” realizado en el MUAC. Sesgado, repleto de jóvenes que aceptaban haber sido alumnos del curador Cuauhtémoc Medina pero que se negaban a dar sus datos, y magistralmente manipulado por el moderador y funcionario de la UNAM Ricardo Raphael de la Madrid –director del Centro Cultural Universitario Tlatelolco–, el debate, lejos de aportar conocimiento, sólo sirvió para justificar tanto la autonomía del MUAC como la exhibición del anillo en un recinto de la Universidad Nacional.
Al margen del malestar social que ha provocado el diamante que mandó elaborar Magid con 525 gramos de cenizas del cuerpo cremado del arquitecto mexicano Luis Barragán, Los archivos de Barragán es un proyecto menor e inconsistente de arte conceptual. Sustentado en una narrativa que pretende provocar preguntas sobre los derechos de autor, y la propiedad y uso de los archivos, el proyecto, iniciado en 2013 y exhibido desde entonces en distintos espacios comerciales y museísticos nacionales y extranjeros, se divide en tres secciones: Mujer con sombrero, Homage y Proposal.
En esta última se integra el anillo y los caballitos de plata que pesan lo mismo que las cenizas extraídas y que se presentaron bajo el título de Exvotos en la galería Labor de la Ciudad de México en 2016. El discurso de Magrid supone remitir a verdades aun cuando se ha comprobado que existen interpretaciones inexactas tanto del legado como de la adquisición del archivo por parte de la historiadora y directora de la Barragan Foundation, Federica Zanco (Daniel Garza Uzabiaga, entrevista en agosto de 2016 y carta dirigida a Magid en abril 2017, ambas publicadas en la revista virtual www.gastv.mx), el proyecto se constituye en su mayoría con documentos, algunas imágenes que remiten a pinturas de Albers, los caballitos y el anillo en cuestión.
Superfluo en la muestra, el proyecto Autorretrato pendiente –una promesa de venta de un anillo que tendrá un diamante elaborado con las cenizas de la propia Magid realizado por ella misma en 2013 (Proceso, 2112), se percibe demasiado oportunista ya que vincula a una artista menor con un premio Pritzker.
Acotada siempre a sus intenciones meramente artísticas, en el debate Jill Magid perdió su ecuanimidad al ser confrontada con la mercantilización de su obra. Después de una larga y evasiva explicación, la artista respondió al cuestionamiento que, a pesar de la reticencia del funcionario Ricardo de la Madrid, planteó el publicista Roberto Morris: la venta por 5 mil a 7 mil dólares, cada una, de imágenes basadas en la apropiación de fotografías de distintos autores, que presentan tanto a Barragán como a obras vinculadas con él. Exhibida en sus intereses comerciales, Jill Magid, considerada erróneamente ingenua por algunos asistentes, comercializó también, en 2016, sus exvotos-caballos en aproximadamente 35 mil dólares.
Como señala Lipovetsky, “el universo consumista tiende a presentarse como un universo aligerado de todo (…) espesor de sentido”.
Sensacionalista, inconsistente y falsamente provocador –la confrontación no fue generada por la artista sino por los detractores de su proyecto–, la obra de Magid, al igual que el MUAC, exbiben una ligereza que oscila entre la seducción y la amenaza, ya que –como también escribe el afamado sociólogo–, “toda educación basada en el principio de ligereza conduce al fracaso”.








