Trasladar a la escena a un personaje tan emblemático como Don Quijote es, sin quererlo, dejar en los huesos al ya de por sí flaco protagonista. La novela de Cervantes no es un relato lineal consistente en anécdotas, aunque también las use; sirven para describir a un ser idealista que actúa movido por intereses altruistas, según se entendían en la época de la caballería andante. Sancho es igualmente generoso al servir a un amo que parece no estar en sus cabales, aunque el escudero sea capaz de mirar el mundo tal cual es. Más todo eso es reducir a unos cuantos trazos una obra maestra, llena de reflexiones sobre la vida, la forma de ser de los humanos y la manera en que los sueños pueden trascender al ser finito que todos somos.
La figura desgarbada descrita por el autor, así como la robustez de Sancho, han sido interpretados por diversos actores. Se les ha dibujado, producido en estatuillas, reproducido por cientos. Por las planicies de La Mancha, la ruta del Quijote exhibe estatuas de ambos personajes. En el Toboso se puede visitar la casa de quien fuera la musa del caballero andante, Dulcinea.
La lectura permite construir en la mente las figuras plasmadas en palabras, las disquisiciones llevan a otras disquisiciones, el ir y venir entre la fantasía y la realidad permite movernos sin trabas en un mundo imaginario pero lleno de verdades. Poco de esto se refleja en las concretas imágenes de películas, obras de teatro o de televisión. Los productores españoles (TVE) han sacado al aire El Quijote en una serie que hoy transmite Canal 22 de lunes a jueves, como lo hizo con Carlos, rey emperador. Esa continuidad permite ver entre un episodio y el siguiente, las repeticiones de hechos, locaciones e incluso reacciones de los protagonistas. Así son las series. Tienen desenlace, pero si éste se dilata mucho sin novedades en el intermedio, aburren.
Tal vez por ello programarlas una vez por semana permite descansar y reencontrarse con los sujetos de la acción para saber en qué andan. Esa es una diferencia con las telenovelas.
Este Quijote es interpretado por el conocido actor español Fernando Rey. El papel le sienta, aunque a veces luzca forzado. Sancho Panza parece mejor encarnado en Alfredo Landa, pues no se le ve representando el estereotipo. El escritor Camilo José Cela ha aprovechado las anécdotas más conocidas: el molino de viento convertido en gigante, las prostitutas devenidas princesas, tomar el mesón por un castillo, asumir el peculiar estilo de desfacer entuertos arremetiendo contra los borregos de la campiña a los cuales confunde con soldados.
Las innovaciones vienen por el lado de la fotografía y los exteriores. Vemos la cara del caballero andante, sucio, de cabello y barbas ensortijadas en contrapicada para darle dignidad. Las correrías del Quijote entre los bosques sobre su Rocinante, los inmensos planos del llano de Castilla. Las rocas que sirven de zócalo a los discursos del protagonista. Gracias a éstos aparece una parte del texto de Cervantes Saavedra. Las escenas de noche, iluminadas para verse como en un teatro, proporcionan una atmósfera irreal, de cuento fantástico.
Pese a los artificios, el Quijote conmueve aún en el siglo XXI.








