“Neruda”

No cabe duda que, como lamenta un crítico del diario The Guardian, los biopics, las películas biográficas, se han vuelto insoportables; es que al arsenal de lugares comunes del género, como la fabricación de la efigie del personaje famoso y la reconstrucción de su época, sus orígenes, sus amores, el descubrimiento de su vocación, hay que agregar el didactismo y la carga sobre el público para aceptar que ése que ve en la pantalla es el original.

Con Neruda (Chile-Francia-España-Argentina, 2016) Pablo Larraín se brinca las convenciones y decide hacer una película que él mismo califica de nerudiana; es decir, para hablar de la vida de un poeta hay que recurrir a la poesía y al mito, riesgo enorme cuando se busca de forma deliberada; pero el guión de Guillermo Calderón logra acceder a ese terreno tan resbaloso gracias a que asume jugar y patinar por ahí.

Todo empieza en un baño del senado chileno, especie de salón parisino donde los señores orinan, fuman puro y acusan a Neruda (Luis Gnecco) de comunista; en 1948, el poeta es senador, se ha inscrito en el Partido Comunista que el presidente González Videla está a punto de declarar ilegal; una orden de arresto convierte a Neruda en fugitivo, al Partido Comunista le corresponderá esconderlo y posteriormente ayudarlo a escapar, mientras que el detective Óscar Peluchonneau (Gael García Bernal) se dedica obsesivamente a perseguirlo.

El episodio es verdadero pero el detective es una ficción que deriva del gusto de Neruda por las novelas policíacas; en ese espacio de realidad y fantasía, poeta y detective se convierten en sombra el uno del otro, y Larraín se permite licencias poéticas y cinematográficas que oscilan entre la farsa, la denuncia política y la crítica.

Este Pablo Neruda es un megalómano excéntrico que destila poesía por la boca, frecuenta bacanales y burdeles, imagen dionisíaca del manual de todo poeta que se precie de serlo; las mujeres, incluyendo a su esposa Delia del Carril (Mercedes Morán), lo miman y se sacrifican por él, y aunque en esa época de ortodoxia estaliniana pone en riesgo a los comisionados del partido para protegerlo, el autor del Canto General organiza un juego del gato y el ratón con el policía donde, por supuesto, el ratón no es el poeta.

Pese a su exacerbado narcisismo, Neruda nunca pierde la claridad ni el respeto de su misión política, se somete a los directivos del partido aunque su actitud deja entrever que se siente por encima de sus prejuicios. La cruda realidad se asoma en un breve cameo en el cual un tal Pinochet dirige un campo de concentración.

El punto de vista de Neruda está cargo del detective Peluchonneau, quien narra en off la acción, estudia la psicología y móviles del poeta, se describe y explica a sí mismo, estupendo ejemplo de lo que es un narrador no confiable, y va aplanándose en la medida que intenta construir su propio mito mientras que crece el de Neruda; y el surrealismo impone su propia poesía.