Optamos por elegir una historia que sirviera para dilatar ánimos, ahora que despunta el año y que se vislumbran horizontes complicados –por no decir cruentos o terribles– en todos los rubros patrios. Creemos que, a pesar del agravamiento intuido de nuestras penurias y de la obligación de seguir impugnando al mal gobierno que tenemos, es necesario contar algo con tintes de optimismo; algo con cuya lectura pudieran resucitarse algunas esperanzas perdidas. Se aclara, súbito, que lo que vamos a narrar no es ficticio y que las consecuencias de los hechos son de rigurosa actualidad.
La hermosa ciudad de Belluno, al norte de Italia, se localiza 80 kilómetros al norte de Venecia y es atravesada de cabo a rabo por el cristalino río Piave. Ahí tenemos que dirigirnos para ubicar al protagonista de la historia. Además de que su arquitectura es netamente veneciana y de que una majestuosa orografía es su rasgo distintivo (los Montes Dolomitas, con sus asombrosas tonalidades rosáceas, la enmarcan en su totalidad). Vale también que digamos que la ciudad tiene dos milenios de funcionar como municipio y que se le conoce como “La pequeña Venecia de montaña”. Pues bien, en ese entorno es donde nace Guido Ricci en 1937. De sus ancestros nadie supo nunca nada y para sus conciudadanos todo en él era un misterio; pero seamos más explícitos ya que el extraño personaje se granjeó muchos recelos y en ellos estuvo incluida la afición por el cotilleo de toda metrópoli pequeña (la población de Belluno apenas rebasa los 200 mil habitantes).
En la fisonomía de Ricci no había señas particulares, salvo que tenía la nariz enrojecida, sin que pudiera atribuírsele a un consumo de alcohol en exceso. De estatura media y de piel blanca. De ojos azules pero con una mirada carente de viveza, es más, podríamos apuntar que en ella se transparentaba algo de su invalidez emocional y de sus dificultades para encauzar su existencia por las vías que la sociedad valora. Para los fines de este relato, era un viejo al que la decrepitud le fue llegando por la manera desobligada –o carente de sentido– de vivir, y que su principal afición, si no es que la única, era tararear melodías, entre las que primaban las Quattro Stagioni de Vivaldi.1
A Ricci lo conocían todos, pero nadie sabía con certeza quién era bajo la fachada cotidiana que lo distinguía. Nunca se cambiaba de ropa y el atuendo que lo hacía reconocible era un abrigo color marrón y unos zapatos beige claro. Lo más raro del caso es que deambulaba a todas horas por la ciudad –siempre canturreando los temas más conocidos del Prete Rosso– y que no tenía un lugar fijo para pasar la noche. Hay quienes se lo encontraron durmiendo bajo los puentes del río y otros en las bancas de los parques. Cuando era invierno usaba un gorro de estambre y una manta de lana. Cuando era verano, solamente se cubría con su sempiterno gabán marrón.
Rumores de algunos parroquianos refieren que jamás lo vieron entrar o salir de los baños públicos; sin embargo, nadie pudo afirmar que oliera mal o que fuera un indigente en el sentido habitual del término. Lo que sí estaba fuera de discusión es que nunca se perdió de ningún evento cívico o social, sobre todo si en él habían de distribuirse bebidas o bocadillos gratuitos. Y pasaba lo mismo en los bares y los cafés: Ricci se acercaba mansamente a los clientes, o a los dueños, para pedirles que le regalaran algo de beber o de comer. Cuando alguien le dio alguna limosna en monedas, su reacción fue desconcertante: respondió que detestaba el dinero por los estragos que hacía en los seres humanos. Y en lo que toca a sus maneras, abundan los testimonios de que tenía un fino sentido del humor y de que su vocabulario no era el de un hombre venido a menos. Los pocos que lograron sacarle confidencias más precisas relatan que ocasionalmente mencionaba a un par de hijos, aunque los traía a colación porque, al parecer, eran unos malagradecidos. También salió a la luz que aseguraba tener una consorte, pero que la vida con ella era una pesadilla y que, en breve, pensaba pedirle el divorcio.
Lo último de lo que se enteraron los paisanos de Belluno es que cayó enfermo y que lo internaron en el Hospital Civil de la ciudad. Vino a saberse que tenía una afección respiratoria y algunos disturbios mentales que requirieron la atención de un geriatra especializado en tratar demencia senil. El nombre del médico es Maurizo Guglielmo y lo citamos ya que a él se debe el alud de información que despejó muchas de las incógnitas del personaje. Paradójicamente, esa cercanía entre el galeno y el menesteroso habría de finalizar en que al primero le darían seis años de cárcel por haberse aprovechado de la situación del segundo. Así pues, Ricci fallece en octubre de 2013 después de haber agonizado en una soledad absoluta, y es entonces cuando las sorpresas abarrotan las conversaciones y los titulares de la prensa. Veamos de qué sorpresas se trata:
Ricci jamás tuvo razones para vivir en las calles, al contrario, era poseedor de una villa señorial en el centro de Belluno. En ella, una vez traspuesto su umbral, se encontraron obras de arte, muebles valiosos y una colección de 35 pares de zapatos beige claro idénticos y de 15 abrigos marrones de la misma marca, curiosamente todos de la firma Armani. Y no para ahí el recuento de sus bienes, sino que la lista sobrecoge por su vastedad: terrenos e inmuebles dispersos en el territorio véneto, algunos negocios en el centro de Venecia, inclusive aledaños a la plaza de San Marcos, cuentas bancarias en diversos bancos, suizos la mayoría, y una mansión olvidada, nada menos que en nuestro vapuleado puerto de Acapulco. La suma aproximada de sus cuentas bancarias asciende, según declaraciones de la municipalidad de Belluno, a 20 millones de euros.
Asimismo, se reveló que nunca contrajo nupcias y que tampoco tuvo hijos. Todo fue una invención creada para acallar algún infierno personal de índole imprecisable. Lo único que pudo acertarse es que Guido Ricci fue el heredero universal de un matrimonio que logró amasar una conspicua fortuna, a su vez depositario de bienes familiares que pasaron de una generación a otra.
Amén del insólito desenlace descrito, lo interesante es que tocó a los abogados encargados del caso realizar la búsqueda del familiar más cercano a quien deberá entregarse la heredad del “pobre millonario”, y que ésta fue ardua por la falta real de parientes próximos. El más cercano es un primo en segundo grado –por el lado materno– al que nunca trató y del que nos ocuparemos en seguida, puesto que con él se perfila el fin de la historia. Aclaremos, nada más, que el mencionado doctor Guglielmo está ya encarcelado por coerción al intentar convencer a Ricci de que le firmara algunos papeles que habrían de convertirlo en su único heredero.
El primo en segundo grado vive en la ciudad de Treviso, también cercana a Venecia, y en julio del año pasado celebró sus 90 años. Su nombre es Antonio Fanna y el mundo entero lo reconoce como un musicólogo de ingentes contribuciones. Para aumentar las sorpresas del asunto tenemos que afirmar que al enterarse del patrimonio que “le caía del cielo sin haber hecho nada para merecerlo”, Fanna declaró solemnemente que a él no le interesaba y que era mejor que se destinara para obras de beneficencia. Tendría que ser su hijo Francesco –su único hijo y un director de orquesta de renombre– quien lo hiciera recapacitar haciéndole ver los múltiples proyectos que podrían realizarse si se decidía a aceptar el legado. Entre paréntesis hay que decir que el hijo del musicólogo no sacó a colación que esa heredad inesperada podía fungir como un justo resarcimiento por el colosal empeño de su padre en pro de la musicología…
¿Por qué? Porque Antonio Fanna dedicó su vida entera a popularizar la música de Antonio Vivaldi. Por sus propios medios –y esto le costó destinar muchos de los bienes familiares, entre los que hubo de rematarse una casa en el Canal Grande de Venecia– se echó a cuestas la edición de los primeros 450 volúmenes del corpus vivaldiano, además de realizar el primer catálogo temático y de fundar en 1947 el Istituto Italiano Antonio Vivaldi. En entrevista con Francesco Fanna,2 pudimos enterarnos de que una vez que concluya la sucesión testamentaria se procederá a idear a cuáles causas y proyectos se destinará la riqueza de su lejano pariente.
“Quizá pensemos en crear una filial del Istituto Vivaldi en Acapulco, pues ya tendríamos la sede…”, dice en tono esperanzador al imaginarse conciertos didácticos para los menesterosos del puerto que tienen la desgracia de desconocer la música de Vivaldi y lo que ella podría servir para hacerles menos amarga la subsistencia. A fin de cuentas, el gorrón de Ricci tenía conocimiento de causa…
__________________________
1 Se recomienda la escucha de Allegro conclusivo del Autunno, así como de otros movimientos vivaldianos. Disponibles en la página: proceso.com.mx.
2 Su actual director, cuya sede está en Venecia, y que en 2009 vino a México para dirigir, sin pretender un centavo de remuneración, el estreno de la ópera Motecuhzoma II del titular de esta columna sobre músicas de Vivaldi.








