Porque actualmente México tiene “mucho que negociar, mucho que decir y mucho que hacer”, la promesa de Donald Trump de abrir el Tratado de Libre Comercio otorga a México, contrariamente a 1993, la posibilidad de sentarse frente a Estados Unidos en una situación más sólida, sostiene el investigador y periodista Eduardo Cruz Vázquez. Y es que el gobierno mexicano consideró, con un criterio equivocado, que la cultura se podía defender por sí sola, “debido a su inmensa riqueza cultural”, completa otro de los miembros del Grupo de Reflexión en Economía y Cultura (Grecu).
Los impactos que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) ha tenido en el campo de la cultura han sido controvertibles. Para unos devastación, para otros oportunidades. Como sea, es ya uno de los temas de la agenda pendiente que la Secretaría de Cultura deberá asumir ante la eventual renegociación vociferada por el magnate y ahora presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, durante su campaña política.
El periodista y gestor cultural Eduardo Cruz Vázquez, fundador del Grupo de Reflexión en Economía y Cultura (Grecu) de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, coordinador del libro TLCAN/Cultura. ¿Lubricante o engrudo? Apuntes a 20 años, y quien recién publicó Sector cultural. Claves de acceso, advierte:
“La desmemoria no es buena consejera. Bastante tiempo ha corrido desde la firma del TLC como para permitir que en una ‘renegociación’, el sector cultural quede fuera. Corre el riesgo de quedarse en virtud de que la Secretaría de Cultura (SC) fue creada sin recursos legales para ser parte del engranaje de la política económica y de los tratados internacionales.
“Por eso, si se renegocia el tratado, o peleamos los actores del sector cultural por estar ahí en la mesa o en el llamado ‘cuarto de al lado’, o no nos quejemos después. La faena no es sencilla, habida cuenta de la escasa fuerza del sector, así lo evidencian las negociaciones del TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica). Sin embargo, a diferencia de 1994, nuestro sector tiene una vitalidad que demanda mayor injerencia en las negociaciones de ambos tratados.”
El tema tendrá que ser una de las prioridades del nuevo secretario de Cultura (cuyo nombramiento oficial se espera sea dado a conocer en estos primeros días de enero), quien estará obligado a ayudar, coadyuvar, negociar y defender el sector cultural y ver qué pasa con la relación bilateral en esa área.
“Soy partidario de un debate y de una negociación de pares con las autoridades norteamericanas. Capítulos como el cine, el comercio electrónico, los derechos de autor, la propiedad intelectual, la industria musical, no deben ser representados sólo por las autoridades federales en economía o por unos cuántos líderes del empresariado.”
Recuerda que miembros del Consejo Coordinador Empresarial han conformado un frente pro TLC, mientras en cultura “seguimos postrados ahí, esperando a ver qué pasa, es uno de los problemas de la falta de conciencia sectorial”.
Es posible, considera, que miembros de la comunidad cinematográfica se organicen, los editores de libros y los sectores más relacionados con el tratado:
“Pero no es ése el tema. Lo relevante es cómo nos organizamos y actuamos. Si no lo hacemos como sector cultural frente a lo que venga en la relación con Estados Unidos perderemos otra vez mucho.”
En el libro sobre el tratado comercial, coeditado por la UAM y la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), se recogen varias voces que participaron en el 2014 en el Foro “Paso Libre a la Cultura. Tratos y maltratos del TLCAN” (Proceso, 1941), y analizan sus efectos en ámbitos como el audiovisual, editorial, telecomunicaciones, artes visuales, artes escénicas, ciencia y tecnología, entre otros.
La ignorancia de Serra Puche
Se incluyen también fragmentos de una entrevista que Cruz Vázquez hizo a Jaime Serra Puche, impulsor del TLC y secretario de Comercio durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, en el marco del foro. En ella el economista reconoce que cuando Canadá pidió dejar fuera de la negociación a la cultura –o sea, la exención cultural–, él no entendió los porqués:
“Le pedí a Michael Wilson, quien era el ministro encargado de la negociación, que me explicara dónde estaban los temas que no acababa de entender y me dijo una cosa muy interesante. Que Canadá es una nación de frontera, que la historia de su país era un esfuerzo permanente por mantener integrados el Este con el Oeste. Y que la manera en que se habían ido protegiendo culturalmente para conservar su identidad se fincaba básicamente en la industria cultural.
“Todo lo que incorpora bienes, servicios y productos culturales fue intocable. Me pareció muy sensata la argumentación de Michael Wilson. A partir de tal decisión nosotros pensamos que para México no había ni un pro ni un contra muy grande en ese sentido, porque de los tres países es el que tiene la mayor tradición cultural, la más antigua, la más profunda. Entonces no acabo de entender cómo es que el proceso de apertura se dice que afectó a la identidad nacional. No fue así.”
Para el entonces negociador del TLC era un contrasentido establecer medidas de protección para las industrias culturales mexicanas, pues en la entrevista actual dice a Cruz Vázquez que de lo que se trataba era de “abrirse” al tránsito libre de productos:
“Hubiera sido muy raro pasar de un mercado libre a otro protegido.”
El periodista cita al final lo dicho por el entonces presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) –ahora SC–, Víctor Flores Olea, al reportero Armando Ponce para el libro México: Su apuesta por la cultura (Grijalbo-Proceso-UNAM, 2003):
“Hubo un descuido, lo que importaba era el mundo de la economía, recibir inversiones a costa de cualquier situación que se produjera en el país, incluso en el campo de la cultura.”
Y así, “el componente cultural mexicano fue excluido de las negociaciones comerciales”, dice Cruz Vázquez.
El especialista en temas de economía y cultura anticipa que de cara a la posible renegociación, el Grecu buscará organizar un nuevo foro para analizar qué puede renegociarse, qué debe pedir el sector cultural, negociar “ahora sí”, y entrar en la discusión:
“Si como dice Serra Puche en la entrevista que le hice, la cultura no entró, ahora en estas acondiciones ver qué es lo que el sector cultura tiene que decir a favor o en contra en su relación con Canadá y particularmente con Estados Unidos.”
–Cuando Trump habla de abrir el tratado es para obtener más beneficios para su país, ¿qué expectativas puede tener México realmente?
–Voy a poner un caso de cine que es de lo más visible. Supongamos que Trump decide poner medidas proteccionistas. México tendrá que reaccionar de alguna manera. Imagina que limitemos la importación de películas norteamericanas, que pongamos cuotas… Ya quiero ver a la Motion Picture Association, a Alejandro Ramírez (Cinépolis) o a Germán Larrea, dueño de Cinemex, resignándose a programar 50% de películas mexicanas y 50% gringas, porque como respuesta a las medidas proteccionistas de Trump les hacemos lo mismo.
Y hay muchos campos más, añade, como el ámbito de las telecomunicaciones, el comercio electrónico, Amazon, el tema de la propiedad intelectual, “muchos capítulos que cuando se firmó el TLC no estaban o simplemente no se vislumbraba el tamaño que tienen ahora”.
Actualmente, en cambio, México tiene “mucho que negociar, mucho que decir y mucho que hacer”.
A través de los diversos textos se aprecia que cuando se firmó el tratado el mundo de la industria cultural era otro, los celulares no tenían el desarrollo tecnológico actual, las tabletas eran incipientes, y no se sospechaba el impacto que tendrían Twitter, Facebook o YouTube.
Los efectos en ciertas áreas como el cine, la radio, la televisión, las telecomunicaciones y el turismo han podido seguirse, pero en otras no se conocen puntualmente los cambios sufridos, es el caso de las artes visuales, la gastronomía, las artesanías, artes escénicas como la danza y el teatro, explica Cruz Vázquez en las primeras páginas.
Escribe a su vez el investigador Tomás Ejea:
“…algunos sectores fueron beneficiados y otros fueron fuertemente maltratados. Pero atrás de todo ello, lo realmente preocupante es que estamos frente a un Estado que dejó de jugar su papel principal en este tipo de acuerdos económicos, a saber: ser garante de los intereses de los connacionales. El gobierno mexicano dejó desprotegidos a sectores culturales fundamentales y consideró, con un criterio absolutamente equivocado, que la cultura se podía defender por sí sola, ‘debido a la inmensa riqueza cultural de que dispone el país’. Uno se pregunta: ¿dónde estuvo la evaluación seria y precisa al respecto?”
Proceso inacabado
Miembro ahora del Consejo Redactor para la elaboración de la Iniciativa de Ley de Cultura, Cruz Vázquez considera en este contexto que es esencial valorar el papel de la economía cultural, y entender qué es el sector cultural. Aportar elementos para ello es el propósito de su libro Sector cultural…, coeditado por Editarte, que dirigen Francisco Moreno y More Tafolla, y la UANL.
El punto de partida son los antecedentes históricos de lo que ya en el siglo XIX podía considerarse economía cultural hasta configurar lo que, a decir del autor, es “uno de los sectores estratégicos para el desarrollo en México en los próximos años”. Y piensa que sus principales lectores podrían ser los jóvenes que en este momento están estudiando y en diez años serán los operadores de este sector en cualquiera de sus ámbitos.
Anota que el sector cultural tiene particularidades y está cruzado por muchos intereses que van desde el ámbito del medio ambiente, el desarrollo urbano, la política fiscal hasta los derechos culturales, la justicia laboral e incluso el lavado de dinero.
“En este sentido, la futura Ley de Cultura debe, por lo menos, contener los elementos mínimos de reconocimiento de la vida sectorial, no puede simplemente resolver el problema de una estructura de Estado, debe dar un precedente para esas futuras generaciones y para que los cambios que deben venir todavía respondan a las necesidades tanto del que trabaja en el sector público, como el de la sociedad civil o el que trabaja en el ámbito empresarial e invierte en poner sus negocios y en comerciar bienes y servicios culturales.
“Ése es el gran cambio del Conaculta o de la realidad del país de la época de Salinas, cuando todo este proceso inicia con la apertura comercial, a este cierre de administración: Está ahí el sector, está configurado, lo podemos entender, pero requiere de muchas atenciones y superar ciertos rezagos para que realmente pueda llegar a ser el motor de la economía que nosotros pensamos. Ya lo está siendo, pero sin duda el papel de las empresas creativas, de las industrias culturales, todavía no está en su madurez.”
En septiembre de 2014 el periodista señaló en estas páginas que así como se habían llevado a cabo las reformas estructurales, hacía falta una reforma del sector cultural, que aún hoy –señala– está incompleta. Se creó la SC, mas hay opiniones en el sentido de que sigue siendo como el Conaculta, y sólo cambió de nombre, se publicó su reglamento interno mal elaborado, y se teme que la Ley de Cultura sea sólo para salir del paso:
“Es un riesgo latente, es una forma de hacer política en el país, no es exclusivo de cultura. Evidentemente hay mejoras ahora que es una secretaría de Estado, pero si vamos a conformarnos con una institución que no tiene todos los elementos para ser moderna, mejor nos hubiéramos quedado con el Conaculta, lo digo con toda claridad.
“Para seguir siendo un apéndice, presumir de una secretaría y ser un organismo menor frente a los grandes fenómenos de desarrollo, política, integración, visión de Estado, mejor ahí muere. No puede ser que lo único que le vaya a preocupar al gobierno es defender su postura de benefactor frente a la sociedad y no ser un defensor de una política de Estado frente a un sector productivo, y yo creo que el riesgo está ahí.”
Se le pregunta si la ley tendrá que contemplar las negociaciones de tratados comerciales internacionales. Responde que habrá que terminar primero el proceso de cambio del Conaculta a SC:
“Como está, la Secretaría de Cultura ni siquiera será un convidado de piedra… Por eso, espero que el nuevo titular asuma que es urgente corregir la mala herencia de Rafael Tovar. En ese sentido, la Ley de Cultura debe intentar componer lo maltrecho de origen. Lo que sea posible en una primera etapa. Lo más urgente es dotar de política económica a la política y las instituciones culturales. Sin ello, la ley será simplemente un agregado legaloide.”
Comenta que el libro es “muy insistente” en señalar lo que debió ser la SC y no es, cuáles son los temas que no se abordaron en su creación. Aunque dice que será un proceso largo para lograr una reforma cultural completa, insta a comenzar por algo. Y celebra que al tomar protesta al Consejo Redactor el diputado Santiago Taboada, presidente de la Comisión de Cultura y Cinematografía, destacó que la ley es parte de “una gran reforma cultural”.
Ello contrasta, rememora, con la negativa sistemática de Rafael Tovar y de Teresa a una reforma:
“No quiso asumir ese gran desafío. Lo puedo entender porque tuvo un gran espíritu, digamos nacionalista, no creo que haya sido un político liberal, fue muy tradicional, creía en el gasto público, en la intervención del Estado al estilo francés, por poner el ejemplo más próximo. Y por eso nunca asumió que este sector tenía que cambiar, sólo pensaba en lo que ocurría en el sector público… Nos deja como deuda su negativa a ver el sector en su integralidad.”
Añade que cuando se creó hubo protestas porque las reformas a la Ley de la Administración Pública no iban en relación a lo que necesitaba una secretaría de cultura moderna, y por ello quedó fuera del engranaje necesario para participar en las grandes decisiones de política económica y social. Menciona el caso de la controvertida Ley de Archivos:
“Si el Archivo General de la Nación se hubiera visto como un asunto de patrimonio cultural y de relevancia histórica, seguramente ahorita estaría en la férula de la SC con una ley adecuada y cumpliendo el servicio público e histórico que el Archivo debe cubrir; no se hizo así y vive en la vieja guardia que te dice qué es lo que ves o no de los archivos, porque ‘aquí no queremos juzgamientos históricos’ y ¡uf! ése es otro tema… Son los grandes vacíos que una secretaría coja dejó, como sostuvimos desde el principio.”
Su creación, concluye, dejó demasiados cabos sueltos cuando debería estar siendo un gran organismo relacionado con la economía, lo social, la historia, las telecomunicaciones, los medios de comunicación…
“Imagina el potencial, la esfera de poder de esta secretaría con todas esas atribuciones que por naturaleza le competen, porque en el siglo XXI así se están entendiendo en el mundo.”








