Entrañable compañero de Rodolfo Stavenhagen desde que compartieron las aulas de la antigua Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), entonces ubicada en la calle de Moneda, en el Centro Histórico, el también antropólogo Leonel Durán Solís lo evoca como el amigo-hermano de los sueños que todo joven ha tenido.
Conmocionado, recuerda la ceremonia familiar de despedida que se le rindió el sábado pasado en la sala de su casa de Cuernavaca, Morelos. Un muro era una especie de altar, con refajos de Acatlán, Guerrero, bellamente bordados. Y sobre el féretro se colocó un corte de piel de animal, quizá antílope, y un bastón de mando. Le preguntó a su esposa Elia qué significaba, y ella le contó que en un viaje a Kenia le pusieron esa piel sobre los hombros y le dieron el bastón:
“Es una expresión simbólica de todo lo que fue el doctor Stavenhagen, con todo ese amor y pasión por la vida, ese saber escuchar y comunicar y dar alientos.”
Confiesa que no es fácil hablar de él, la voz se le corta, porque no se trata de ensalzarlo. No es una cuestión particular, fue un grupo de amigos, una generación que coincidió en la ENAH, y “cada uno y en conjunto tratamos de hacer lo mejor posible, lo que soñábamos para este país, como Guillermo Bonfil, Margarita Nolasco, Mercedes Olivera o personajes tan importantes en la museografía mexicana como Mario Vázquez, Iker Larrauri, Jorge Angulo, en fin, son muchos los compañeros que coincidimos en esta etapa maravillosa”.
Cuenta que entonces no existía la antropología social, la cual comenzó a ser una propuesta del entonces Instituto Nacional Indigenista (donde se fue a colaborar Stavenhagen). Era una antropología diferente a la británica que estudiaba al “otro” con fines de conocimiento, porque aquí buscaban enfocarla a problemas específicos del país, problemas propios.
Stavenhagen se fue a hacer trabajo de campo en la Comisión del Papaloapan con antropólogos como Fernando Cámara y Alfonso Villa Rojas, y ahí “Rodolfo se une a ese espíritu de desarrollo social”.
Habla del interés del fallecido sociólogo por los problemas agrarios, de su experiencia en Brasil, sus doctorados, su obra Siete tesis equivocadas sobre América Latina –“un trabajo señero”–, su defensa de los derechos humanos, su trabajo en El Colegio de México, la colaboración que tuvieron cuando Durán dirigió el Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas).
Destaca sobre su humanismo:
“Pero el humanismo no puede manifestarse solamente en los escritos, si no va acompañado de una motivación profunda, amorosa, espiritual, de la dimensión del humano y el reconocimiento de los valores que han sido heredados y que deben conservarse, impulsarse y transmitirse a las nuevas generaciones. Por eso toda esa vertiente académica de Rodolfo sirve no solamente para México, es un hombre universal, ligado a muchos otros centros académicos, a muchas naciones.”
Resume:
“Fue un hombre universal del futuro.”








