La crítica de arte en “Proceso”

A muchos artistas, promotores y funcionarios, la crítica de arte les molesta y prefieren negarla antes que enfrentarla.

Armando Ponce, el editor de la sección de cultura, me citó en su oficina un viernes por la noche. Era enero del 2000 y la maestra Raquel Tibol iba a dejar de escribir su emblemática columna de crítica de arte a partir de marzo de ese año. Esa noche conocí al director de la revista, Rafael Rodríguez Castañeda. Platicamos de los retos que debería asumir una columna de crítica de arte que, en mi opinión, debe centrarse en la credibilidad de su contenido y el servicio a los lectores.

Días más tarde Armando Ponce me invitó a colaborar en Proceso. Acordamos que la apuesta sería por una columna sustentada en el análisis. Un reto enorme, si se considera que la figura de Raquel Tibol era –lo sigue siendo– enorme. Desde la fundación del semanario en noviembre de 1976, sus agudas críticas e implacables Tibolazos, además de registrar e impactar  el devenir de la escena artística, también construyeron el género periodístico de la crítica contemporánea del arte en México. Orgullosa de la sección cultural, Raquel Tibol comentaba que mucha gente empezaba a leer la revista por el final, que era donde se encontraba la información y opinión de las distintas disciplinas artísticas.

La nueva columna contó desde un principio tanto con el cálido apoyo de Armando Ponce como con  la generosidad de Raquel Tibol. Los tiempos eran diferentes. Las nuevas prácticas artísticas, invadidas por los lenguajes neoconceptuales, ya no se valoraban sólo por sus atributos estéticos sino, principalmente, por su legitimación institucional, curatorial y comercial de carácter global. La definición del arte con base en el conocimiento había cedido el paso a la definición del arte por el mercado y, en México, las instancias gubernamentales evidenciaban su desconocimiento e incomprensión del nuevo orden artístico. Ante este panorama, la crítica periodística del arte exigía una misión y un sustento teórico que permitiera develar con seriedad y sencillez, sin visceralidades subjetivas, los mecanismos de poder que construían, definían y obstruían la escena contemporánea del arte en México.

La propuesta se basó en la definición del arte como un sistema de relaciones entre creadores y constructores. Los primeros eran los artistas; los segundos, todas las instancias intermediarias, incluyendo promotores, curadores, instituciones y mercado. Para ubicar, entender y desmenuzar estas relaciones, la gestión del arte se convirtió en el eje de la columna. Operada por individuos concretos con intereses particulares, la gestión permitía eludir la subjetividad del valor simbólico del arte. Opaco, maleable, ambivalente y plural, este valor es el responsable de que el arte pueda ser, al mismo tiempo, un objeto de lujo, un espectáculo banal, un entretenimiento cultural y un pretexto para el disfrute espiritual.

En un escenario creativo tan libre como en el que hoy vivimos, en el que cualquier idea, cosa o lenguaje plástico puede ser definido como arte, es indispensable que existas discursos que traten de explicar, con datos y argumentos, cómo se construyen los valores simbólicos de las obras y las firmas. Aceptarlas o rechazarlas como arte y como artistas, es decisión de los lectores.

Para atender el mayor número posible de circunstancias artísticas, se optó por un concepto de gestión amplio que abarcó desde las condiciones de producción del arte hasta la diversidad de los circuitos de su distribución. Un rango que ha permitido abordar la formación y educación artística, los mecanismos de legitimación, el uso de presupuestos gubernamentales, las complicidades tribales, la comercialización, la vinculación entre finanzas públicas y mercado, los programas museísticos, la carencia de una política artística de Estado, las subvenciones a la creación y la carencia de mecanismos de rendición de cuentas en el sector de la administración gubernamental del arte.

El arte con sus obras, lenguajes y estéticas se encuentra inmerso en este entramado de relaciones. No es independiente, aunque lo parezca. Vemos y valoramos a través de varios filtros. Una función de la crítica es enumerarlos.   

Colaborar durante 16 años en Proceso ha sido no sólo una experiencia fascinante, sino también un ejercicio ético constante. ¿Debe existir la crítica de arte, para qué sirve, cuáles son sus temas, qué servicio presta a los lectores? Desde mi punto de vista, mientras exista aunque sea sólo un escenario artístico, su análisis, su comprensión y su comunicación tiene una función social. Actualmente existen muchos escenarios y la crítica debe servir para develar esos aspectos que no se ven fácilmente, como por ejemplo las obras de arte. Aunque parezca contradictorio, el arte es cada vez menos visible. El sensacionalismo, el evento social, la comunicación mercadológica, el ambiente esnob y el protagonismo de ciertos artistas y curadores, lo han sustituido de manera alarmante.

La crítica sirve para crear conciencia sobre el estado de la cuestión, para acotar el engaño al público, para denunciar las anomalías y para acompañar en el tránsito por el mundo del arte. Por eso a muchos artistas, promotores y funcionarios, la crítica de arte les molesta y prefieren negarla antes que enfrentarla. Porque la crítica del arte es una reflexión sobre los valores culturales de un entorno social. Valores positivos, negativos, económicos, creativos, políticos, ciudadanos.

Asumida como un entorno en constante cambio, la escena artística, en los 40 años de la revista, ha requerido de diferentes modelos de crítica de arte. A partir del 2000, el predominio del mercado global, la pluralidad de narrativas, la carencia de normativas estéticas y la desorientación de las instituciones, provocaron una crítica pionera que incorporó entre sus temas el mercado ferial, la endogamia del sistema, la ausencia de propuestas vigorosas, la desigualdad de las disciplinas artísticas y la urgencia de reestructurar en su totalidad la administración gubernamental del arte en México. Sin temor al rechazo gremial, se ha denunciado la perversidad social de las becas del Sistema Nacional de Creadores, la falta de competitividad creativa, la insolente audacia de algunos galeristas nacionales y la incapacidad profesional de los funcionarios del subsector cultura.

Además de mi compromiso con Proceso, desde un principio he establecido una responsabilidad con los lectores en tanto ciudadanos. Si el arte es, existe y deviene en su interacción social, los ciudadanos tienen el derecho de monitorear el destino de sus contribuciones fiscales vinculadas con la construcción y difusión del arte.

En este contexto, la columna ha denunciado despilfarros presupuestarios, clasismos museísticos y exhibiciones engañosas. Comentadas por un gran número de lectores, columnas como las correspondientes a la inauguración del cuestionable Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) en noviembre de 2008 (Proceso 1677, 1678, 1679), y a la engañosa exhibición “Miguel Ángel Buonarroti, un artista entre dos mundos”, que se presentó en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México en 2015 (Proceso 2029), comprueban la existencia de un público inteligente, crítico e interesado en las artes visuales.

A diferencia de la mayoría de los medios impresos mexicanos, Proceso ha destacado por su permanente interés en la crítica de arte. Abierta a la inevitable y apasionante transformación del género, la columna reflexiona actualmente sobre la alegre, extraña y exitosa masificación del consumo artístico que generan ciertas exposiciones. Evidenciado en la muestra Yayoi Kusama. “Obsesión infinita”, que se presentó de septiembre de 2014 a enero de 2015 en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo de la Ciudad de México, este nuevo tipo de consumo no es solamente producto de la comunicación mercadológica.

Vivido como una divertida, relajada y comunitaria experiencia museístico-artística, que después de horas de espera en el exterior del recinto culminará con la visita a una alucinante instalación lumínica en las instalaciones, este consumo ha rebasado todos los modelos de recepción conocidos en México. Comparada con el fracaso de la muestra del escultor indio Anish Kapoor que se presenta en el MUAC desde junio pasado y que, a pesar de la excesiva publicidad en distintos medios –incluyendo el horario nocturno del importante canal 2 de la empresa Televisa–, no ha logrado una demanda constante y tumultuosa, la  exhibición de Kusama devela que en México existe un interés no identificado por el fenómeno artístico. Relevante y emotivo, este eficaz tipo de consumo apunta a un cambio en la recepción del arte que, en su renovado profesionalismo, transformará y actualizará la columna de crítica de arte de la revista Proceso.