Llegué a Proceso cuando aún no cumplía su primer año de circulación. Yo tenía 23 años y hacía poco había concluido la carrera de Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ahí, el profesor Leopoldo Borrás me dijo que en Comunicación e Información, S.A. (CISA) –la agencia de noticias de la revista– estaban buscando reporteros. Fui y me tomaron a prueba. Bueno, pues sigo aquí.
De algún modo estaba previsto que me incorporara al equipo de Proceso. En 1975 mi padre se topó casualmente con don Julio Scherer García, de quien había sido maestro de filosofía decenios atrás en el Centro Universitario México. En la plática salió que tenía una hija estudiando periodismo. “Mándemela”, dijo don Julio, “a ver qué podemos hacer con ella”.
Un tanto mosqueada acudí a sus oficinas de Reforma 18, donde confluían entonces los máximos exponentes del periodismo nacional. Tras una breve charla, don Julio creyó ver potencial en mí, pero me dijo que todavía estaba “muy verde” y, además, que Excélsior era una cooperativa y él no podía determinar el ingreso de nadie. Pero me remitió a Revista de Revistas, el semanario del periódico dirigido por Vicente Leñero.
No conocí a Leñero en esos días. Siempre traté con Patricia Torres Maya, la jefa de Información. Acordamos que le presentaría proyectos y sobre eso se decidiría. Alcancé a publicar un reportaje y otro quedó en elaboración, cuando sobrevino el golpe del gobierno echeverrista contra Excélsior.
Desde fuera, poco pude hacer. Mi padre canceló su suscripción a Excélsior y también compró una de las acciones que circularon para intentar poner en marcha un nuevo proyecto periodístico. Yo partí a España, donde ya tenía previsto pasar una temporada. Allá me enteré, por una entrevista que la Televisión Española les hizo a Scherer García y a Miguel Ángel Granados Chapa, que había nacido Proceso. Nunca me imaginé que medio año después estaría trabajando ahí.
Pasé meses “fogueándome” en CISA antes de que me publicaran algo en Proceso. Una nota breve en la sección internacional, en la cual informe que el dictador en turno de Bolivia, Hugo Banzer, estaba promoviendo la inmigración de colonos alemanes para “mejorar la raza”.
Luego me asignaron mi primera fuente, el sector salud, que si bien no tenía mucho protagonismo noticioso, sí reflejaba nítidamente las contradicciones económicas y sociales del país. Ahondar en ellas era ahora mi responsabilidad informativa, pero implicaba también lidiar con el poder y su lógica de desinformación y corrupción.
La primera vez que cubrí la asamblea general del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), un acto mayor al que acudían el presidente y miembros de su gabinete, los reporteros de la fuente fuimos convocados a la oficina de prensa. Ahí, uno a uno nos llamaron a un cubículo. Cuando entré, una secretaria me entregó un sobre con mil pesos. “¿Y esto qué es?, pregunté en la novatez total. “Una gratificación para que hable bien de nosotros”, contestó ella, no sé si con candor o cinismo. Sentí cómo se me enrojecía la cara y, para su estupefacción, se lo devolví.
Cuando me dieron el sector comercio, viví algo similar. Un día que entré a la oficina del director de Comunicación Social, Alfredo Nolasco, me presentó con una persona que estaba ahí. Dijo que era de Proceso y empezó a elogiar la inteligencia y agudeza de don Julio. Pero sobre todo, afirmó: “Es honesto; no acepta ni un centavo y eso lo hace peligroso”. No me quedó muy claro que fuera un elogio.
No lo era. Esto se confirmó cuando José López Portillo suspendió la publicidad oficial a Proceso, argumentando que “no pago para que me peguen”. Como si comprar un espacio publicitario fuera también una “gratificación”. Para no entrar en conflicto con el gobierno, muchos anunciantes privados también se retiraron. La medida le pegó a las finanzas de la revista. Tanto, que se planteó un recorte de personal.
Un grupo de nosotros pensó que eso debía evitarse, para que nadie perdiera su trabajo y no darle ese gusto al gobierno. Propusimos bajar los sueldos a todos, mientras pasaba el vendaval. Pero muy pronto Heberto Castillo, líder del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) y colaborador en la sección de análisis, nos bajó a la realidad. “Proceso es una empresa –sostuvo–, y como tal tiene que actuar para sobrevivir”. Froylán López Narváez nos bautizó como “el decatlón piadoso”. Para él, nuestro gesto no era de solidaridad, sino de piedad.
Para entonces yo ya estaba en la sección internacional, a lo que contribuyeron los idiomas que hablaba y que facilitarían la interlocución con actores foráneos, y la interpretación de documentos y textos de toda índole. Ahí desarrollaría yo la mayor parte de mi trayectoria, primero bajo la jefatura de Enrique Maza y Anne Marie Mergier, y luego yo misma como coordinadora de la sección.
Aunque unida a los avatares de la revista, la dinámica periodística de la sección era distinta. Ahí no llegarían Reagan, Thatcher o Brezhnev a presionarnos o a tratar de corrompernos. Hubo, eso sí, quejas de algunos embajadores porque les dábamos espacio a los opositores de sus gobiernos. También dificultades para conseguir ciertas visas.
Eran los tiempos de la Guerra Fría y de las pugnas entre las potencias industrializadas del norte y las economías subdesarrolladas del sur. Los organismos financieros internacionales y las empresas trasnacionales buscaban imponerse a nivel mundial, mientras unos gobiernos se plegaban y otros se resistían. Cada quien defendía sus intereses y su ideología, muchas veces a sangre y fuego.
Fiel a la vocación de Proceso, la sección optó por los perseguidos y los oprimidos, sin importar su color. En esos años desfilaron por nuestra oficina exiliados y opositores políticos, representantes de movimientos sociales y de liberación, miembros de organizaciones revolucionarias y guerrilleras; luchadores, en fin, de todo el mundo, aunque sobre todo de América Latina, con la que México tenía una natural cercanía. Siempre supimos que la Secretaría de Gobernación nos vigilaba.
Quince años en la sección internacional no se resumen en un párrafo. Pero me tocó reportar algunos hechos relevantes, como la visita de Juan Pablo II al Haití de Baby Doc; la guerra entre sandinistas y contras, que me significó el acoso sexual del ministro del Interior, Tomás Borge; la muerte del exdictador filipino Ferdinand Marcos en su exilio dorado de Hawaii; pero, sobre todo, el antes, durante y después de la invasión de Estados Unidos a Panamá, con sendas entrevistas al defenestrado presidente Manuel Antonio Noriega y a Guillermo Endara, quien lo sustituyó.
Uno de mis últimos reportajes fue sobre el profundo descontento que reinaba en la Secretaría de Relaciones Exteriores ante la gestión de Fernando Solana Morales, un exsecretario de la UNAM que luego ocupó cargos en el gabinete salinista y en esas fechas era canciller. Los favoritismos políticos, el amiguismo y el nepotismo no sólo afectaban al personal diplomático de carrera, sino toda la política exterior.
El malestar era tal, que a la redacción empezaron a llegar anónimos denunciando la situación. Confirmadas las denuncias con fuentes de confianza de la cancillería, que tampoco quisieron dar sus nombres pero proporcionaron documentos probatorios, procedí a escribir la nota.
Al llegar el lunes a la revista, me encontré con una tira de fax de más de 10 metros, en la que los aludidos refutaban mis dichos, casi todos con las mismas palabras. Luego me enteré de que el mismo día en que se publicó el texto se convocó a una reunión urgente en la SRE, y se decidió dar una respuesta “concertada”. Nadie sin embargo pudo desmentir lo que se afirmaba. Poco después Solana salió de la secretaría.
En 1995 salí de Proceso. Motivos de salud y familiares me hicieron ver que ya no podría seguir cumpliendo con el demandante ritmo de la revista. Me despedí con tristeza, pero sin conflicto.
Dos años después me buscaron, porque necesitaban trabajar un texto en francés. Luego acordé con Homero Campa, mi sucesor en la coordinación, que haría traducciones cuando se requiriera y también escribiría un artículo mensual sobre acontecimientos internacionales para la página web. Si había materia, ocasionalmente también podría publicar en la versión impresa de Proceso. Y en esas sigo. Me fui, pero no me fui.








