Durante años, el investigador Arno Burkholder descubrió y analizó expedientes de Excélsior, entrevistó a varios de sus protagonistas y leyó los testimonios de otros tantos para hacer un retrato completo de los primeros 60 años del llamado “periódico de la vida nacional”. Los resultados de su investigación quedaron plasmados en el libro La red de los espejos. Una historia del diario “Excélsior” (1916-1976), publicado recientemente por el Fondo de Cultura Económica, del cual ofrecemos una reseña en la que se pone el acento en los 14 “años de inestabilidad”, como los llama el autor, parte del periodo en el que el diario fue dirigido por don Julio Scherer García.
En el segundo trimestre de 2010, cuando el historiador Arno Burkholder publicó su ensayo “El Olimpo fracturado. La dirección de Julio Scherer García en Excélsior (1968-1976)” en la revista Historia Mexicana, vol. LIX, núm. 4, apenas tuvo repercusiones.
Una reacción similar ocurrió en agosto pasado, cuando el Fondo de Cultura Económica (FCE) lanzó el libro La red de los espejos. Una historia del diario “Excélsior” 1916-1976, del mismo autor. Sólo una comedida presentación semanas después en la librería Rosario Castellanos de la misma casa editora, algunas notas alusivas al volumen de 187 páginas divididas en cinco capítulos y ahí quedó todo.
Es sorprendente la escasa atención prestada al acucioso trabajo del doctor Burkholder, uno de los pocos investigadores del periodismo mexicano del siglo XX, del cual el casi centenario Excélsior es uno de los diarios más emblemáticos; lamentable también el estruendoso silencio de las universidades donde se forman los reporteros; qué decir del propio gremio en estos tiempos en los cuales las redes sociales desdibujan las fronteras y la historia en aras de proyectar noticias instantáneas.
Burkholder lleva lustros indagando con pasión desmedida la historia del “periódico de la vida nacional”. Su tesis de maestría Prensa, Estado y empresarios: el boicot empresarial a “Excélsior” en 1972 fue escrita en 2004; la de doctorado es precisamente La red de los espejos, que se convirtió en su primer libro, publicado ahora por el FCE. En él, “El Olimpo fracturado” –escrito en 2010– se convierte en el capítulo cuatro. Los otros son: “El periódico que llegó a la vida nacional (1916-1932)”, “Los años de la ‘familia feliz’ (1932-1963)”, “Problemas en el paraíso (1962-1968)” y, como colofón: “La memoria, el olvido y el futuro”.
Tejiendo la red
Burkholder conoce a Clío y la respeta. Por eso busca documentos, los consulta para sacarles la verdad, entrevista a protagonistas y testigos, resuelve incógnitas, llena los huecos y estructura su riguroso discurso. En la introducción, por ejemplo, condensa en dos párrafos el objeto de su estudio:
Excélsior es un reflejo del México que le tocó vivir: por fuera era una cooperativa donde todos los trabajadores opinaban sobre los asuntos de la empresa, una democracia empresarial, por así decirlo. Pero por dentro, lo que opinaban los socios no importaba. Las decisiones finales eran tomadas por sólo dos personas: el director del diario entre los años 1930 y 1960. Rodrigo de Llano, y el gerente general Gilberto Figueroa. Ellos contaron con el respaldo del gobierno y se mantuvieron al frente del periódico durante tres décadas. Sólo la muerte pudo quitarles Excélsior. Pero cuando eso ocurrió empezó una gran crisis entre quienes querían dirigirlo. Un periódico con una gran inestabilidad que duró 14 años, hasta que llegó otro director que pudo controlar la empresa por 25 años más, aunque ese cuarto de siglo tuviera el estigma de ser el periodo de Regino Díaz Redondo.
Este libro es una historia del periódico Excélsior entre 1916 y 1976, pero enfocada en su funcionamiento. El lector encontrará aquí a personajes para el periodismo mexicano del siglo XX, como Rafael Alducin, José de Jesús Núñez y Domínguez, Rodrigo de Llano, Gilberto Figueroa, Manuel Becerra Acosta (padre e hijo), Julio Scherer y Regino Díaz Redondo. También sabrá cómo fue su asombrosa expansión y cómo estuvo a punto de desaparecer luego de que la acusaron de defender a los asesinos de Álvaro Obregón en 1928.
También define su metodología, para evitar equívocos:
Aunque la línea editorial y los periodistas son parte fundamental de este libro, el objetivo está en entender a los que yo considero los tres personajes más importantes: la empresa Excélsior (privada y después cooperativa; el periódico Excélsior (y otros que también editaba), y el Estado. Entre la empresa y el periódico siempre hubo un gran conflicto, ya que no fue sencillo decidir a qué darle más importancia: el beneficio de los trabajadores o el de los lectores. De llano y Figueroa pudieron equilibrar esos dos poderes, pero a Manuel Becerra Acosta padre y a Julio Scherer les fue casi imposible.
Sesenta años de periodismo e historia
Burkholder descubrió en el Archivo General de Nación documentos de la historia casi olvidada de las primeras décadas del diario Excélsior y los utilizó para reconstruir los sueños y vicisitudes de sus fundadores y primeros directivos, de sus veleidades frente a los gobiernos posrevolucionarios, de la forma en que la simbiosis prensa-poder formó periodistas inefables –los más– y críticos –los menos–, quienes nunca se doblegaron ante esa “bestia magnífica”.
Prolijo en detalles, algunos anecdóticos, en los tres primeros capítulos el autor de La red de los espejos traza los avatares de los viejos directivos empresarios de Excélsior, su tendencia conservadora, hasta llegar a los 14 años de la “gran inestabilidad” –de 1962 a 1976–, que paradójicamente, fueron “los más felices para la mayoría de los cooperativistas”, quienes “gozaron de muchos recursos económicos en un periódico respetado no sólo en México, sino también en Latinoamérica y en otras partes del mundo”, como escribe Burkholder.
Esos 14 “años de inestabilidad” se terminaron abruptamente el 8 de julio de 1976, cuando un grupo de cooperativistas expulsó a Scherer García y a sus seguidores en un golpe urdido desde Los Pinos por el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez. A partir de entonces Regino Díaz Redondo se entronizó en el periódico durante 25 años.
Es precisamente éste el punto nodal de Excélsior, pues ha generado innumerables conjeturas sobre la supuesta irresponsabilidad de Scherer García en la conducción del diario, de la división que provocó en las diversas áreas de la cooperativa, de los malos manejos administrativos, de la forma polémica como él y su grupo desplazaron a los viejos incordios –Carlos Denegri es un ejemplo paradigmático– y se hicieron de la dirección.
Todo eso lo reconstruye Burkholder apoyado en expedientes de la cooperativa y en los testimonios escritos por algunos de los defenestrados: Miguel Ángel Granados Chapa, Regino Díaz Redondo, Héctor Minués Moreno, Manuel Becerra Acosta hijo, Vicente Leñero y del propio don Julio. Pero también reconoce los aportes de Scherer García a Excélsior y al periodismo mexicano moderno:
Julio Scherer era el primer director en la historia de Excélsior que no conoció a Rafael Alducin ni vivió las difíciles primeras etapas en la vida del diario. Continuó la labor que inició desde 1965, cuando Manuel Becerra Acosta (padre) lo convirtió en subdirector y le ordenó que renovara la página editorial del diario con los intelectuales más talentosos de su tiempo…
La página editorial de Excélsior se transformó desde finales de los años sesenta y pasó del anticomunismo propio de la época de De Llano a un enfoque más comprensivo de las causas que orillaban a la manifestación a veces violenta de aquellos grupos relegados por la Revolución mexicana. Scherer abrió las puertas a jóvenes reporteros…
Nuevos comienzos
Todos esos cambios se dieron en un contexto histórico crítico: el año que Scherer García asumió como director, ocurrió la matanza estudiantil del 2 de octubre el Tlatelolco –durante la gestión presidencial de Gustavo Díaz Ordaz–, luego vino el “Jueves de Corpus” de 1971 y el boicot publicitario de los empresarios en 1972 –ambos en el sexenio de Luis Echeverría.
Así “funcionaba” Excélsior. Eso no lo perdonó el gobierno. Y vino el golpe del 8 de julio de 1976. Meses después Scherer y su grupo fundaron el semanario Proceso –que el domingo 6 cumplió 40 años–; otros se fueron con Manuel Becerra Acosta hijo, quien fundó al año siguiente el diario unomásuno cuyo primer número salió el 14 de noviembre de 1977.
El 19 de septiembre de 1984 comenzó a circular La Jornada, formada por un grupo de reporteros que se separó del unomásuno. Años después, Becerra Acosta padeció también la furia del presidente Carlos Salinas de Gortari, quien lo obligó a salir del país. Luego el diario naufragó y ahora está en manos de un empresario mexiquense, Naim Libien Kaui, de dudosa reputación.
Sólo el semanario Proceso, fundado y dirigido por don Julio durante sus primeros 20 años continúa. Hoy lo dirige Rafael Rodríguez Castañeda, quien se inició en el polémico Excélsior cuando don Julio estaba al frente del diario.
Sobre la decisión de Scherer García de Excélsior hay varias versiones; algunos no le perdonaron la forma en que abandonó la asamblea de cooperativistas aquel 8 de julio de 1976 y le criticaron su afán de convertirse en víctima.
En el quinto capítulo Burkholder hace un repaso de la literatura sobre ese polémico tema. No es concluyente –su rigor metodológico se lo impide–, sólo muestra las opiniones de varios de los protagonistas. Alude a un texto clave para la historia de Excélsior y el periodismo en general escrito por Vicente Leñero hace una década, con motivo del trigésimo aniversario del golpe del 8 de julio de 1976. Vale la pena reproducirlo in extenso:
Así como en Excélsior, en 2006 hubo otros intentos de recuperar la historia del conflicto ocurrido tres décadas atrás –expone Burkholder–. En su número del mes de julio de ese año, la revista Chilango publicó un “final alternativo” de la expulsión de Excélsior escrito por Vicente Leñero, uno de los participantes en esa historia. En Chilango, Leñero imaginó qué habría pasado si Scherer y su grupo no hubieran abandonado Excélsior el 8 de julio de 1976: la asamblea general de ese día termina en un violento enfrentamiento entre los cooperativistas y muchos de ellos quedan gravemente heridos. Scherer es detenido por agentes de la Procuraduría General de la República, quienes lo acusan de tener en su oficina armas para el uso exclusivo del Ejército. Luego de pasar varios años en la cárcel, Scherer reúne a sus viejos colaboradores para proponerles que hagan una revista de política. Sus amigos aceptan al principio pero el proyecto se aplaza cada vez más y nunca se realiza. Es cierto que la historia no se hace con “hubieras”, pero este texto nos ayuda a entender cómo uno de los participantes en el conflicto recuerda lo ocurrido en 1976. Parece como si gracias a una pérdida (Excélsior) se pudo tener un nuevo medio (Proceso), en el que se realizó una labor que en el periódico era imposible.
Lo cierto es que el periodismo impulsado por don Julio, pese a sus críticos, se sigue ejerciendo en Proceso. La memoria es terca, escribió el mismo fundador del semanario. La historia plasma los hechos, la memoria los sublima, cuando expone razones.
Y estas razones nos llevan a celebrar la aparición del libro La red de espejos. Una historia del diario “Excélsior”, 1968-1976, de imprescindible lectura, escrito por este discreto historiador llamado Arno Burkholder; más loable aún, que comience a circular en estos días en que Proceso festeja sus 40 años de ejercicio periodístico.








