Durante 40 años Proceso ha abierto sus páginas a las izquierdas, que en esencia son portadoras de una crítica a lo establecido.
En la política mexicana los hechos cuentan más que las palabras. Mucho más. Las palabras pueden tener un sentido, su contrario o ninguno. Mientras que los hechos confirman o cambian la realidad. Proceso surgió un 6 de noviembre de 1976 como respuesta a un hecho, el ataque a la libertad de expresión de un presidente de México: Luis Echeverría. De acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos –adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas de la cual México era y es miembro–, emitida el 10 de diciembre de 1948, “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.
Para dejar claro que en México el poder puede más en materia de libertad de expresión que los derechos, y que el presidente decide por encima de cualquier ley, cuál es límite de la libertad de expresión, Echeverría expulsó del “diario de la nación” a don Julio Scherer García y sus colaboradores. Los presidentes han seguido repitiendo la ofensa, una y otra vez: Ernesto Zedillo con Ricardo Rocha, Vicente Fox con José Gutiérrez Vivó y más recientemente Enrique Peña Nieto con Carmen Aristegui. La democracia mexicana, como dijo José Revueltas, quien murió seis meses antes del nacimiento de Proceso, es “una democracia bárbara”, ayer, hoy y ¿mañana?… ¿Hasta cuándo?
Durante 40 años Proceso ha abierto sus páginas a las izquierdas que en esencia son portadoras de una crítica a lo establecido. Proceso ha puesto al servicio de esta parte de la nación su reportaje de investigación, sus editoriales y su tendencia congénita a “decir lo que el poder calla”. Como decía un obrero de la siderúrgica, de 23 años, que se maravillaba pero no creía en la duración de la valiente iniciativa: “Acabo de recibir el número 7 de su revista Proceso y considero que es una victoria haber logrado que siete números de una revista independiente hayan llegado a manos del pueblo. Lo felicito y le doy mi apoyo por esa nueva opción del periodismo mexicano… Servando Ortega Contreras, Ciudad Lázaro Cárdenas, Mich.”
El primer colaborador de Proceso que era a la vez un dirigente de una izquierda independiente fue Heberto Castillo, quien ya en el número 12 escribía: “Se dice que el gobierno anterior (el de Echeverría) fue de izquierda y éste (el de José López Portillo) va a la derecha; que se cumple la mentada ley pendular; que el gobierno de México es bonapartista como dicen algunos leídos y escribidos. Lo que pasa es que los gobiernos que pretenden conciliar a las clases en lucha, que se declaran coordinadores de una economía mixta, oscilan, buscan el equilibrio, el justo medio, moviéndose un día a la izquierda y otro a la derecha, a la izquierda con palabras, a la derecha con actos”.
En 1977, el gobierno de López Portillo y su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, lanzaron una iniciativa de reforma política que facilitaría el registro de partidos de izquierdas que aún no lo tenían. Una causa: en las elecciones del 76 López Portillo no tuvo contendiente legal, solamente se le opuso el dirigente comunista Valentín Campa, sin registro puesto que su partido era clandestino. Un candidato que hizo una campaña de sombras. ¿Qué podía ser más indicativo de la fragilidad del sistema electoral mexicano que la ausencia de todo opositor legal al Invencible?
A finales de ese año se aprobó la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (LOPPE). Proceso registró fielmente que: El Partido Comunista señalaba, en su XVIII Congreso Nacional, que “es impostergable” su registro electoral, afirmando que los derechos electorales del PCM “no serán producto de una dádiva, sino de la expresión concreta de su lucha y del esfuerzo de muchos mexicanos por terminar con el largo periodo del predominio de un sistema político despótico”. Además, se manifestó en favor del registro del Partido Mexicano de los Trabajadores, el Partido Socialista de los Trabajadores, el Partido Socialista Revolucionario y el Partido Popular Socialista Mayoritario.
Dos años después, en 1979, en las elecciones intermedias, por primera vez en su larga historia, el Partido Comunista Mexicano participó con registro en los sufragios obteniendo 5% de los votos. Seguirían otros registros de partidos de izquierdas que hicieron posible la ruptura de 1988.
En un artículo memorable, Salvador Corro, actual subdirector editorial, y Óscar Hinojosa, talentoso periodista prematuramente desaparecido, captaron –antes que los demás– el fenómeno mítico que determinó el inicio de la campaña por la Presidencia de Cuauhtémoc Cárdenas. Un prodigio que sólo puede suceder en el seno de un pueblo profundamente devoto y a la vez arraigado en la idea de justicia social.
“El general Lázaro Cárdenas –se decía en otros tiempos– es el único expresidente, junto con Juárez, que gobierna a México. Expulsado de Palacio el populismo nacionalista, Lázaro Cárdenas se ha convertido en el único expresidente en campaña. Ha recorrido ya gran parte del país, pero en La Laguna, la comarca del gran reparto agrario, su presencia inasible y desbordante empequeñeció a los candidatos del PRI, Carlos Salinas de Gortari, y del Frente Democrático Nacional, Cuauhtémoc Cárdenas.
“En La Laguna, el general es el importante, el que cuenta. Frente a él –figura mítica, providencial, añorada– Salinas y Cuauhtémoc son sólo lo que son: seres terrenales
“Por lo menos en La Laguna, Cárdenas ya votó. En la comarca que venera al general agrarista, el candidato priista Carlos Salinas de Gortari supo lo que significaba amar a Dios en tierra de gentiles. En sus propios mítines en esta región, Salinas soportó, casi cara a cara, rechiflas e insultos mezclados con vivas a Cuauhtémoc Cárdenas.”
Cuauhtémoc ya había iniciado su campaña, que no atraía en otros lugares demasiado público. Los dos candidatos de izquierda, Heberto Castillo y él, compartían auditorios. A partir de La Laguna todo cambió y Cárdenas se transformó en el candidato de las masas. El estado de ánimo de las mayorías que habían pasado las crisis de 1982 y 1986 y estaban profundamente encrespadas, se dejaron llevar por la revelación: Cárdenas había regresado a continuar lo comenzado en 1936 y 1938. Como el Cid Campeador, seguía ganando batallas después de muerto. Miles de activistas se lanzaron a las calles para impulsar la tardía campaña de Cuauhtémoc Cárdenas; Heberto Castillo declinó su candidatura en favor del hijo del general. Por primera vez en su historia las izquierdas iban a conocer un triunfo electoral en las presidenciales. Y quedar definitivamente como fuerza significativa en las lides electorales. Significativa en números pero no en la consciencia popular, porque una cosa son sus propuestas programáticas y otra, completamente diferente, sus gobiernos.
El levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994 sorprendió a todos, no sólo a los mexicanos, sino al mundo todo. Había varios expedientes sobre la guerrilla en Chiapas en los cajones del Centro de Investigación y Seguridad Nacional, pero es obvio que nunca entendieron lo que sabían. Muchos datos, poca comprensión. Un pequeño grupo guerrillero que logra formar un ejército de indígenas que estaban enfrentando el exterminio. No es la primera rebelión en Chiapas. Como parte del mundo maya, la resistencia a la conquista española fue larga y tomó muchas formas y luego durante el periodo independiente se repitieron los levantamientos de tzotziles, tojolabales, tzeltales y choles. 500 años de luchas, derrotas y nuevas luchas y nuevas derrotas hasta que vinieron los zapatistas y dejaron un mensaje original para el mundo de hoy, reinventando la idea de revolución para México y toda América Latina.
Scherer García, en una entrevista con el subcomandante Marcos, que hizo época, logró llegar al fondo de lo que es el zapatismo. Habla Marcos: “México tiene casi 200 años como nación independiente, y en todo momento los indígenas han aparecido como la parte fundamental, pero en ningún momento se ha reconocido tal cosa. No pueden apostar a desaparecernos, porque han fracasado ya. No se va a desaparecer al indígena por cualquier campaña, por cualquier bomba o con cualquier arma que usen, ya que, de una u otra forma, el movimiento indígena resiste y se protege. Fracasaron los españoles, los franceses, los estadunidenses y todos los regímenes liberales, desde Juárez hasta el actual. Entonces, ¿por qué no reconocer que los indígenas ahí están y que es preciso darles la oportunidad?… Si fracasamos, pues lo vamos a asumir, aunque no vamos a estar peor que como estábamos antes…
“El zapatismo es un movimiento social que, ante la posibilidad de la lucha armada, optó por el diálogo y la negociación, y hasta ahora ha fracasado. En el caso de los movimientos de rebelión, gana el que no muere, el que persiste, no el que gana. Y en el lado del gobierno, sólo puede ganar si aniquila al contrario.”
–¿Le preocupa la posibilidad de que los marginados se les unan? Le pregunta Scherer.
–Ojalá. No me asusta y lo deseo. Lo que no deseo es que se creen falsas expectativas sobre una persona o sobre un movimiento que no nace el 1 de enero de 94. Nosotros teníamos un trabajo previo de muchos años y de muchos sacrificios. No es fácil tener la cohesión, la homogeneidad, la unidad que tienen los zapatistas, que han resistido tantos embates, tantos ataques. Y de pronto, para los medios, parece que el EZLN nace el 1 de enero de 94. Esa puede ser una tentación: que un movimiento pueda empezar así, que el primer paso será la legitimidad, y no es cierto. Porque el primer paso de la legitimidad es el reconocimiento propio.
Las páginas abiertas de Proceso en todas sus secciones a las izquierdas, así como a otras tendencias de la sociedad mexicana. Las páginas de Proceso, un espejo en el cual se retrata el México de los últimos 40 años. Un México convulsionado, un Estado que prefiere la violencia a la hegemonía, un gobierno que habla de éxitos económicos cuando el principal índice del fracaso son los 60 millones de pobres; un México que en lugar de la transición a la democracia ha tenido una regresión brutal a la corrupción y el autoritarismo. Larga vida a ese canon imprescindible.








