Pasado apenas el 40 aniversario de la revista Proceso llegó como relámpago la noticia dolorosa: un infarto arrebató la vida de Rogelio Naranjo a última hora de la noche del viernes 11. Transcurrieron poco menos de dos años para que se cumpliese lo que en privado expresó, con dolor contenido, tras la muerte de Julio Scherer García, que había sucedido a la de Vicente Leñero entre fines de 2014 y principios de 2015: “Creo que yo sigo, ¿no?”.
De Julio Scherer es precisamente este texto con el que despedimos al gran artista que nos acompañó en los tiempos del antiguo Excélsior y durante las primeras cuatro décadas del semanario que fue su casa:
Rogelio Naranjo me hizo partícipe de enseñanzas que, a la hora de ajustar cuentas, no sabría cómo pagarle. Su trabajo me llevó a Palacio y ahí contemplé políticos despreciables. La dureza hasta el crimen de Díaz Ordaz no tuvo límite, ni la doblez de Echeverría ni la frivolidad de López Portillo. Tampoco la pretenciosa mediocridad de Miguel de la Madrid ni los descaros y el remate de la dignidad presidencial, gala de Salinas de Gortari, ni el liderazgo fantasmal de Ernesto Zedillo.
La introversión armó a Rogelio Naranjo, hombre de batallas en la soledad. Espíritu libre, caricaturista sorprendente, no se ha confundido en la tarea de tantos años. Ha errado el tiro, por supuesto, pero ha tenido la mira bien puesta a la hora de disparar contra personas llamadas a la responsabilidad más alta y ayunos del deber cumplido.
Hace tiempo lo vi en la televisión. Contaba su vida. Sufría en el recuerdo de su niñez, de su adolescencia, de la edad madura que tan excelentes frutos ha dado. ¿Por qué se atrevía?, me pregunté. La respuesta brotó casi instantáneamente: porque así es Rogelio, a prueba su fragilidad sin concesiones.
No hay muchos como él.








