El viernes 11, poco antes de la medianoche, murió el querido Rogelio Naranjo, el punzante e infatigable caricaturista que retrató al poder en todas sus formas durante medio siglo. Sus trabajos quedaron plasmados en las páginas de Proceso y en otros diarios y revistas. En sus finos trazos el artista michoacano oriundo de Peribán supo capturar la muerte en múltiples ocasiones y nunca se amilanó ante ella. Sabía que, al final, ésta lo vencería, Y así pasó el viernes 11, cuando simplemente se fue. Un largo adiós a Rogelio Naranjo.
Rogelio Naranjo nació el 3 de diciembre de 1937 en Peribán, un pueblo michoacano cercano al volcán Paricutín. Fue hijo de una mujer muy religiosa que lo educó en el catolicismo, religión que luego él abandonaría. Su padre fue un hombre que ejercía múltiples oficios y al que el mismo Naranjo recordaba de la siguiente manera: “Lo mismo era tendero que panadero, y cuando se necesitaba decorar la iglesia él se encargaba desde la pintura hasta los modelados en yeso dorados con hoja de oro”.
Y heredó precisamente este talento de su padre para el dibujo, pues desde chico, ya viviendo en Morelia, lo único que le interesaba era dibujar. Naranjo relató a Proceso esta etapa de su vida:
“En Morelia fui un pésimo estudiante durante primaria y secundaria. Lo único que me interesaba era dibujar. La caricatura la hacía desde muy niño y la practiqué siempre”.
Después decidió estudiar pintura en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Michoacana. Pero nunca se dedicó a la pintura, sino a la caricatura. Él mismo comentó el porqué:
“Nunca pensé que iba a ser caricaturista cuando empecé, porque estaba estudiando artes plásticas. Pero me fue jalando la caricatura más y más y me olvidé de las artes plásticas. Dije, no, esto no sirve para nada. Una caricatura la ven a diario, si publicaba en un periódico, miles y miles de personas con las que yo me estoy comunicando. Además me pagan por eso. ¡Puedo vivir de eso! Me pareció muy bonito dedicarme a la caricatura”.
Al concluir sus estudios en la Universidad Michoacana, Naranjo viajó a Veracruz, donde dio clases de artes plásticas en la universidad. Pero en 1967 los alumnos se sublevaron e intentaron destituirlo. Presentó su renuncia y viajó a la Ciudad de México.
“Empezando el 68 me vine a México, a trabajar en una revista especializada en pesca, con Rodrigo Moya, el fotógrafo. Continué haciendo dibujos con aplicación a la pesca y a la navegación; también trabajé en el Museo Nacional de Antropología de Chapultepec, incluso hice una exposición”.
Por esas fechas el suplemento cultural del periódico El Día le publicó por primera vez un dibujo a media plana. Era una alegoría de los festivales de cine en la que dibujaba a actrices, actores y maquilladoras.
“Entonces se vino el movimiento del 68. Primero participé en las marchas en solidaridad con los estudiantes y luego fui a la UNAM. Me presenté con algunas gentes del Comité de Huelga y les ofrecí mi trabajo. Todos estaban atareados con mil responsabilidades y me dijeron: ´Todo lo que puedas hacer es bienvenido, pero no esperes dinero ni que organicemos la impresión porque estamos muy ocupados´.
“Comencé con unos carteles que se utilizaron en la marcha del silencio (del 13 de septiembre de ese año). Para mí fue muy emocionante ver que cuando pedían la libertad de los presos políticos levantaban un dibujo que hice de Vallejo en la marcha del silencio. Todos llevaban el retrato en pancartas pequeñas. Era muy bonito ver a toda la gente marchando en silencio y con mis dibujos.
“Después de la masacre, con todo el desastre que hubo, nos juntamos Rius, Helio Flores, Emilio Abdalá y yo, e hicimos el primer intento de la revista La Garrapata. Le tirábamos mucho al gobierno por lo del 68, lo que le valió a Rius muchos ataques”.
De su etapa en La Garrapata aprendió mucho, sobre todo a realizar un dibujo diariamente. Después empezó a incursionar en la caricatura política en distintos periódicos. Primero en Cine Mundial, donde estuvo pocos meses, después en El Universal y El Gráfico.
Sus primeras incursiones
Y a principios de los setenta el escritor Carlos Monsiváis lo invitó a trabajar en el suplemento cultural “La Cultura en México”, de la revista Siempre!. Ahí sus dibujos empezaron a distinguirse por la pulcritud de sus trazos, con los cuales captaba el gesto preciso de escritores, pintores, poetas, músicos y artistas. Sus caricaturas –muy similares a las que hacía David Levine sobre autores estadunidenses y europeos para The New York Review of Books– pronto se volvieron famosas.
Después pasó a colaborar en el periódico Excélsior de Julio Scherer García. Naranjo contó como llegó a ese diario:
“Me invitó Abel Quezada, que estaba un poco cansado del cartón diario y me propuso con Julio Scherer García para que nos alternáramos. Ya dentro de Excélsior comencé a hacer los dibujos para la portada y para algunos interiores del suplemento Diorama de la Cultura”.
En 1976 se da el golpe contra Excélsior, orquestado por el presidente Luis Echeverría, del que surgió la revista Proceso, dirigida por Scherer García, quien invita a Naranjo a colaborar en la nueva publicación. Naranjo comentó cómo vivió este cambio: “Al llegar a Proceso pensé: ‘¡Vaya!, es nuestra revista. Ahora sí ya no habrá cartones prohibidos; se acabó la censura’.”
Desde entonces –un lapso de 40 años– Naranjo fue cartonista de este semanario. En 2002 recibió la medalla Roque Dalton por estas colaboraciones. Y el diploma que acompañó a la medalla dejó asentado: “A Rogelio Naranjo Ureña, caricaturista del semanario político Proceso, de México, por su aguda labor de crítica a los vicios del sistema político mexicano, ocasionando la ira envilecedora de los poderosos”.
Gracias a la intermediación de Scherer García, el 21 de enero de 2011 Naranjo donó a la UNAM más de 10 mil dibujos suyos que realizó a lo largo de 45 años de ininterrumpida labor como cartonista.
Ese día, en la ceremonia de entrega de su acervo, Naranjo dijo generoso: “Fue mucho el tiempo esperando este momento. Dentro de mi corazón siento que el material que les entrego queda en las mejores manos que podía estar. No puedo pedir un trato más grande para mí, para mi trabajo”.
José Narro Robles, el entonces rector de la UNAM, le contestó agradecido: “La vida de los seres humanos se hace día a día, cada hora. La vida de un profesional también es así. Hoy aquí están los registros del trabajo de un ser humano auténtico, de una gente decidida, clara, y de un gran profesional del periodismo del que nos nutrimos de su aguda inteligencia y de su extraordinaria calidad para, en un trazo, en una figura elaborada, con una enorme calidad, paciencia, trabajo, transmitirnos los asuntos del país”.
Scherer García, por su lado, pronunció estas palabras: “Entre ustedes, en un acto tan sencillo y a la vez tan elocuente como éste, yo hurgo en mis sentimientos. Me son claros dos: el profundo orgullo que siento por haber participado en un acto que considero trascendente, y una inmensa alegría que nos depara tu generosidad –dijo a Naranjo– y el entusiasmo de usted (rector) por divulgar tanto como se pueda la obra de Rogelio, que es una obra singular porque a través de los cartones de Rogelio vamos conociendo lo que es el país en su entraña.
“Rogelio tiene una virtud entre muchas: no engaña, no simula, no pretende quedar bien, tampoco quiere erigirse como un hombre fuera de serie. La sencillez de Rogelio está en su trabajo, en su personalidad. Rogelio no nos dona el fruto de su vida, nos dona el árbol de su vida”.
Naranjo –quien ya se veía a sí mismo “viejo y disminuido en mi capacidad de humor” –pretendía seguir donando sus dibujos a la UNAM. Decía:
“Yo seguiré entregando material a la Universidad, cada seis meses o cada año, lo que se vaya acumulando, hasta que desaparezca”.
… Y desapareció la noche del viernes 11, poco antes de la medianoche.
Nota importante:
Debido al precario estado de salud en el que se encontraba Naranjo, el caricaturista ya no pudo entregar su colaboración para el presente número, así que el cartonista Hernández realizó un trabajo para suplir la ausencia. En la página 41 aparece el aviso a los lectores de que Naranjo “volverá a ocupar su espacio habitual próximamente”; la razón de ello es que esa y otras páginas ya habían sido impresas por la tarde del viernes 11, horas antes del deceso.








