Circo electorero

Concluyó ya el número electorero más procaz y costoso en el mundo. El resultado final es harto conocido para revisarlo. También concluyó hace una semana un proceso similar en nuestro vecino Nicaragua. Mereció mucha menos atención de la prensa internacional, su amarillismo y sus ruidos, pero también arroja elementos aleccionadores. Lo acontecido en ambas pistas, la gringa y la nica, nuestras vecinas y en las que se cuecen habas muy similares a las nuestras, nos invita a clavarle el diente a los procesos de casa, tan superficiales y enconosos como aquellos.

De Nicaragua se reporta alto abstencionismo, rondando 70%. El candidato ganador fue la fórmula compuesta por Daniel Ortega y su esposa. Daniel va a ocupar el puesto por cuarta vez, ya que la reelección de la máxima magistratura fue “legalizada” constitucionalmente allá. La oposición a lo que vaya quedando de sandinismo tremoló la bandera del abstencionismo. Invitó al público a no concurrir a depositar sufragios. Maneja los números de la abstención como señuelo victorioso. Poco va a conseguir de tal embate. El caso da para meter tijera. Nuestra memoria regional registra altos índices de abstención casi en todos los países de la zona en los que la emisión del voto no es obligatoria, como por ejemplo en Perú.

El plebiscito reciente vivido en Colombia para ratificar o rechazar el acuerdo que su gobierno firmó con las FARC, la guerrilla más antigua del mundo, arrojó números tan deplorables como los de Nicaragua. En Colombia tremolan los del NO su triunfo como una victoria épica. Fue pírrica, pero victoria al fin. El gobierno de Santos tuvo que sentarse a la mesa de las negociaciones para revisar el acuerdo de paz tanto con los guerrilleros como con sus opositores no armados, si es que desea que un acuerdo tan laborioso y positivo sea puesto de nuevo en el tapete de la decisión colectiva. Es curioso que sea su propio bando electorero opositor el que le haya venido a descomponer el rostro a un esfuerzo de pacificación, del que, a pesar de sus lunares, haya que decir que es laudable. No puede inferirse lo mismo del abstencionismo en Nicaragua.

Allá a mediados del siglo pasado, hubo entre nosotros grupos que promovían el ausentismo a las urnas con una dedicación digna de mejor causa. Al final de los procesos electivos enarbolaban el resultado como bandera de triunfo, tal cual quieren hacer ahora los opositores nicas, casi con calca en los discursos. El rechazo presencial –dicen– es la manifestación más contundente de la voluntad popular. Muchas voces autorizadas señalaron lo falaz de tales homilías.

No se mantiene estable la numeralia del abstencionismo en México. Salvo para la contienda sexenal, cuyos porcentajes de participación superan casi siempre 60%, en todas las justas intermedias o locales, los números se desploman. Hay ocasiones en que se sabe hasta de cifras que no superan 50% de los enlistados con derecho a voto. Un analista avezado a justas de esta naturaleza nos dirá que nuestras sociedades latinoamericanas no han encontrado la clave para estimular de manera masiva a sus votantes. La abstención es una nota condenatoria en todas nuestras elecciones. Pero a nadie se le ocurre izar tal bandera como señal de adhesión, o como índice confiable de feligresía, como lo quiere presentar el bloque opositor en Nicaragua.

La escasa participación en la contienda electoral a la hora de la emisión de los sufragios es un indicador, sí, del hartazgo que la población eleva, cuando los contendientes no llenan el acta mínima de atracción para los intereses generales. Es el caso de la contienda norteamericana recién concluida. Si ni la señora Clinton ni el pelirrojo Trump simpatizaban a sus electores, ni cubrían el libreto mínimo de calidad política para ocupar el puesto en disputa, la reacción esperada del electorado tenía que ser la de no acudir a las mesas de votantes y dejar pasar la oportunidad de elegir, al menos por esta vez.

El problema, tanto en la sociedad gringa como en las nuestras, radica en que la abstención ciudadana no está ponderada como variable para efectos vinculatorios. Si fuera el caso, 70% nicaragüense o 67% colombiano resultarían factor contundente para al menos repetir el proceso. Lo mismo habría que decir de todos nuestros resultados electoreros que rondan siempre la mitad de la tabla porcentual. Como en los viejos tabuladores escolares, la aprobación con 60% nunca era satisfactoria, pero superaba el panzazo. No gratifica, pero cubre el requisito. De tal tablita se agarran los que de ello medran.

No fuera grave esto de apenas llenar el mínimo exigido, si los que trepan a los puestos disputados se comportaran como ciudadanos caballerosos, que ya es mucho pedir. Eso de elegir políticos para puestos políticos es una deformación en sí misma, que habría que desechar. Pero también viene siendo una petición de principio. A quién se va a proponer para que ocupe la silla del Poder Ejecutivo: ¿A un payaso?, ¿a deportistas famosos?, ¿a faranduleros de nota?, ¿a maniquíes? Bueno. Lo inconcebible lo tenemos frente a nosotros. En Estados Unidos subió al tapanco un payaso fascista, deslenguado, abominable. No pudieron retirarle la estafeta a tiempo. ¿O no quisieron?

Aquí con nosotros nos pintaron de político a un producto mediático y lo hicieron ganar, por las buenas o a la fuerza. Si nos tomáramos la molestia de revisar los expedientes de quienes trepan al tapanco electorero nos llevaríamos duras sorpresas. Pero no lo hacemos. Es la lección grave de estas contiendas. Sus resultados vienen a ser luego tan desastrosos como los que trae el abstencionismo. Son taras por lidiar. Antes decíamos que teníamos que aprender a no repetir errores. Ahora decimos que, hasta habiendo aprendido a evitar errores, hemos de lidiar con estos perniciosos personajes.

Lo más cruel se presenta a la hora de que estos personajes denigrantes, propios de óperas bufas, ocupan las curules o puestos directivos en disputa. Empiezan a mandar y a disponer, como reyecitos sin freno. Es donde descubren su verdadera personalidad. Ya con la patente de corso en la mano, atracan, disponen, destruyen y ponen en estado de sitio a la población que sufragó por ellos. Abren las puertas de las arcas nacionales para que los avorazados y hampones, ya convenidos, saqueen a su antojo las riquezas públicas, como si les pertenecieran.

Luego legalizan despojos y saqueos con decretos a modo, con la bendición de los tribunales y hasta con el apoyo de los cuerpos armados y la fuerza misma del estado, que es lo que se disputa en los circos electoreros en turno, a sabiendas que el público afectado no volverá a cuestionar la validez o la suciedad de tales procesos electoreros, sino hasta que vuelvan a ser escenificados. De que la tienen ganada y de que mantienen embobado al público aplaudidor con lo escenificado en las pistas cirqueras, ¿quién lo duda? Pero ¿cuándo y cómo le pondremos el cascabel al gato? Nos falta mucho tramo por recorrer, no hay duda.