Apasionada defensa del patrimonio

“Podremos protestar en periódicos, escribir cartas y hasta manifestarnos desnudos en el Zócalo, pero la verdad es que al patrimonio cultural lo podremos defender, siempre, gracias a coyunturas políticas.”
Estas palabras del maestro Jorge Alberto Manrique, con las que concluyó una larga discusión sobre la problemática por el rescate de la Catedral de México –en el seno del Seminario del Patrimonio Artístico del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM–, son las que me vienen a la memoria cada vez que enfrentamos un nuevo reto de conservación patrimonial.
Historiador en general, e historiador del arte y la arquitectura, certero y puntual crítico de los movimientos artísticos moderno y contemporáneos, académico  de la historia, miembro fundador del ICOMOS mexicano y, sobre todo, con una gran capacidad “para crear discípulos”, se formó en París en el seminario de Victor-Lucien Tapié, en Roma en la cátedra de Giulio Carlo Argan y Maurizio Bonicatti, y en México bajo la “renovación en la disciplina y en la teoría de la historia” de Edmundo O´Gorman.
Su interés por el arte novohispano lo heredó de los cursos de Manuel Toussaint en El Colegio Nacional y por el arte contemporáneo de Justino Fernández en “aquella Facultad de los años cincuenta que rompía lanzas”. Pero quien más lo influyó y a quien reconoció como su “más directo maestro en lo que se refiere al arte novohispano”, a quien sucedió en la cátedra, fue Francisco de la Maza, de quien también heredó la pasión por la defensa del patrimonio cultural.
En 2001, coordinada la edición por Martha Fernández y Edgardo Granados, el Instituto del que fue director publicó Una visión del arte y la historia en cinco tomos, reuniendo un buen número de sus textos históricos y críticos. Sin embargo faltó un tomo que recopilara una mínima parte de sus textos de investigación y periodísticos, dedicados a la defensa del patrimonio monumental.
El maestro Manrique no quiso que se recopilaran sus colaboraciones en diarios; sin embargo, es donde encontramos al intelectual comprometido plenamente, de una sin igual coherencia teórica y conceptual ante la “crisis” permanente que vive el patrimonio, puesto que “no tenemos derecho a cancelar el futuro de un legado que hemos recibido”.
Nunca dejó de cuestionar “honesta y seriamente si nuestro país ha dado los suficientes pasos consistentes en relación con ese compromiso”. Y desafortunadamente, nunca pudo encontrar “un equilibrio aceptable”, pues “se abren nuevos frentes de batalla (es decir, nuevas amenazas) todos los días”.
Sus renovadas teorías artísticas y patrimoniales, aplicadas a los temas que le eran de interés, representaron siempre ejercicios reflexivos para tratar de definir, comprender y explicar las problemáticas y los “factores destructores básicos”, relacionándolos con otros ámbitos de la cultura y así poder concebir soluciones. Para él la necesidad de conservar pasaba “por diversos caminos, y todos deben recorrerse simultáneamente”.
Sus ideas y propuestas de acción las presentó y discutió públicamente en reuniones nacionales e internacionales, siempre bajo la premisa de que toda acción en favor de la conservación patrimonial “resulta superficial mientras no se atienda a las causas profundas de estructuración social y se determinen acciones globales”.
En sus innumerables colaboraciones periodísticas, lo mismo reflexionó sobre si es “antimoderna” la conservación de las ciudades históricas, que criticó duramente a las autoridades que “no les importa un comino la ley”.  Pidió para los museos “recursos y autonomía, respeto a su función de servicio” y abogó por considerar a los árboles y los jardines como monumentos “que llevan cientos de años defendiéndose de las agresiones de la ciudad y que son parte de su historia”.
Su tenaz defensa lo llevó inclusive a sufrir, en 1994, un intento de secuestro por los textos publicados sobre San Miguel de Allende en contra del edil en turno, que en lugar de conservar las calles empedradas colocó adoquín “o lajas irregulares, absurdas”.
Del gran humanista que fue Jorge Alberto Manrique quedan –como él mismo lo escribió sobre De la Maza– “las mil y un batallas, las intensas polémicas, su sabiduría” y su permanente generosidad. En cada lucha por proteger al patrimonio cultural se sentirán siempre “su eco”, su invaluable y necesaria presencia.
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* Miembro de ICOMOS.