Constructor del escenario artístico

Espectador apasionado del arte mexicano, el maestro Jorge Alberto Manrique fue mucho más que un académico, funcionario y crítico. Su enorme capacidad de vivir el arte como una estructura que necesita diferentes columnas para existir y sostenerse, le permitió expandir el estudio del arte, apoyar la innovación creativa, actualizar la difusión museística, y defender el uso y permanencia del patrimonio artístico mexicano.
Protagonista relevante en la construcción del escenario artístico mexicano durante las décadas de los años setenta y ochenta, Jorge Alberto Manrique fue un humanista que se caracterizó por su amplia, incluyente, transdisciplinaria y transgeneracional comprensión del arte.
Generoso como maestro, no se limitaba a enseñar el manierismo o el arte colonial sorprendiendo a sus alumnos con lecturas de poesía; también los apoyaba institucionalmente promoviendo su incorporación como becarios al Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ávido de crear conocimiento, en sus facetas de investigador y funcionario académico impulsó nuevos campos de estudio que incluyeron disciplinas diferentes a las artes visuales, desarrolló  estrategias confrontantes de comunicación académica y fomentó el desarrollo de sugerentes metodologías que vinculaban diversas plataformas teóricas.
Durante su gestión al frente del IIE, de 1974 a 1980, se iniciaron las investigaciones sobre cine con Aurelio de los Reyes y sobre danza con Alberto Dallal, se inauguraron los Coloquios Internacionales de Historia del Arte que  colocaron al Instituto en la escena académico-internacional –con énfasis en Latinoamérica–, y se exploraron modelos de interpretación para el arte actual que fusionaron biografía, entorno social y entrevista –Teresa del Conde: “El pintor Echeverría y su tiempo” (publicado en 1979) y Rita Eder: “Alberto Gironella” (publicado en 1981).
Ubicado siempre entre la audacia académica y la innovación artística, en 1977, además de colaborar con el grupo de apoyo teórico que participó en el diseño del importante proyecto universitario de arte público-paisajístico del Espacio Escultórico, Manrique fue el responsable de la decisión de invitar a escultores de estéticas  geométricas: “Primero se pensó en poner esculturas como las de San Carlos. Les dije qué no, que se pusieran modernas. Y se pensó en modernos que estaban en la UNAM: Felguérez, Helen (Escobedo), Goeritz, Sebastián, Hersúa” (entrevista realizada el pasado 2 de mayo, con motivo de la construcción del edificio H de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales enfrente de la imponente obra de Land Art, Proceso 2063).
Una característica fascinante del maestro Jorge Alberto Manrique era su visión panorámica que recorría con toda libertad distintos tiempos y espacios del arte. Comprendido como una unidad de múltiples diferencias, el arte, en sus escritos y proyectos editoriales, se percibía como un territorio único. En 1982-1983 fue el coordinador general de la espléndida Historia del Arte Mexicano publicada por la Secretaría de Educación Pública y la editorial Salvat. Realizada por numerosos investigadores de primer orden, incluyendo a Manrique, la publicación abarca todas las épocas del arte mexicano, desde las expresiones prehispánicas y el arte popular hasta la creación de los años ochenta del siglo XX. Comercializada en su primera versión como fascículos semanales de bajo costo que se adquirían en puestos de periódico y posteriormente en 16 tomos que contenían los mismos fascículos, la obra es una excelente síntesis con atractivas ilustraciones del arte de nuestro país. Desde entonces, no se ha publicado un trabajo similar.
El auge que tuvieron los concursos institucionales de arte en los ochenta convirtió a Manrique en un asiduo jurado y, por lo mismo, en un  reconocido constructor legitimatorio del arte emergente. Asumido ya no sólo como historiador y académico sino también como crítico de arte, el maestro desarrolló un pensamiento y escritura crítica que, publicados en catálogos, revistas y durante varios años en el periódico La Jornada, develan sus valores artísticos.  De José Clemente Orozco admiraba su proceso de renovación, de la pintura de Rufino Tamayo pensaba que se imponía de manera directa a nuestra percepción. Sus críticas no se basaban en juicios subjetivos sino en argumentos multidisciplinarios que transformaban las opiniones en argumentos:
“Entiendo el quehacer de un crítico como casi nada más que el de un espectador que se manifiesta en un discurso estructurado”,  comentó en el discurso de ingreso a la Academia de las Artes en 1996.
La importancia del crítico en el proceso de construcción del arte era muy clara para Manrique: “el artista hace la historia del arte con sus obras y el crítico les da presencia al exponer por escrito sus reflexiones al respecto” (México: Su apuesta por la cultura. El siglo XX. Testimonios desde el presente –Proceso/Grijalbo/UNAM, 2003. p.68).
Como funcionario cultural, Jorge Alberto Manrique fue un profesional atípico. Coherente con su ética personal, denunció y criticó tanto prácticas sindicales como  imposiciones de políticos y presidentes. Fundador y primer director del Museo Nacional de Arte (Munal), su gestión no duró más de un año  al igual que su desempeño como director del Museo de Arte Moderno (1987-1988), ambos en la Ciudad de México. En entrevista con Proceso, en junio de 1983 (No. 345), Manrique dio a conocer que “algunos cuadros que debían ir al acervo inicial de Munal se encontraban en la residencia oficial de Los Pinos”–durante la presidencia de José López Portillo–  y que, sin poder conseguirlos para el museo, “hasta el momento en que yo salí la gran mayoría no había regresado, principalmente paisajes de Romano Guillaumín”.
Con respecto a la administración entrante del presidente Miguel de la Madrid, informó que había tenido un conflicto en enero-febrero de 1982 al negarse a entregar al subsecretario de Cultura, Juan José Bremer, “una serie de cuadros”  para Los Pinos. Si bien el académico estaba de acuerdo en que la residencia presidencial debía “tener muy buenos cuadros”, también consideraba que “ciertas obras capitales deben estar, antes, en un museo”. A raíz de este evento, Manrique lanzó una propuesta que nunca prosperó: crear una Colección de Los Pinos dependiente de Bellas Artes  “con su propio curador, como pasa en todo el mundo”.
La defensa del patrimonio continuó en paralelo a severas denuncias sobre la gestión gubernamental de la cultura. Después de hacer público su rechazo a las excavaciones que hizo el gobierno de López Portillo (1976-1982) en el Templo Mayor, de alertar sobre los daños que podrían ocasionar en los edificios coloniales las excavaciones del Metro y de afirmar que el pasado prehispánico no era más valioso que el colonial (Proceso, 369), en 1988 constató el deterioro administrativo del INBA al mencionar que existían “anomalías en las designaciones de directores de áreas, burocratismo, gigantismo y problemas sindicales” (Proceso, 589).
En 1988, en el contexto de las campañas políticas para elección presidencial, la defensa de la libertad de expresión artística frente a la violencia de grupos sinarquistas y de Pro-Vida, A.C., dirigida por Jorge Serrano Limón, le costó la dirección del MAM: “diversas personalidades oficiales consideraban inconveniente mi permanencia al frente” del museo (Proceso, 591). La crónica del suceso fue escrita por Susana Cato en el citado volumen México: Su apuesta por la cultura (“Fervoroso escándalo en el Museo de Arte Moderno”):
“El director del MAM, Jorge Alberto Manrique, fue obligado a renunciar. La prensa se dividió entre la defensa a la libertad de expresión enarbolada por Raquel Tibol, Miguel Angel Granados Chapa, Heberto Castillo y José Antonio Alcaraz ante el alud de posturas de linchamiento público. Otros, como el crítico Bruce Swansey, decían sentir repulsa por las acciones fanáticas, pero más aún, ‘piedad’ por la obra.”
En los últimos años su salud le impidió mantener el dinámico ritmo de sus actividades, y el pasado 2 de noviembre murió casi repentinamente.