Los integrantes de la sección cultural de este semanario publicaron en 2003 el volumen México: Su apuesta por la cultura (Proceso/Grijalbo/UNAM, 2003), para dar cuenta de los sucesos creativos de nuestro país en el ámbito cultural del siglo XX. Para esa obra, Jorge Alberto Manrique escribió especialmente el texto que se reproduce a continuación.
El arte y la crítica de arte han tenido siempre una relación muy estrecha, aunque la relación en sí ha variado. Durante mucho tiempo, desde el Renacimiento y hasta nuestro siglo, los críticos de arte fueron los encargados de ofrecer al público un juicio de valor acerca de cada obra de arte y su autor. En nuestro país, desde el siglo XVI y el XVII, la calidad de las obras realizadas por encargo para conventos, iglesias e instituciones públicas eran juzgadas por personas consideradas cultas y bien informadas en el mundo del arte, como don Carlos de Sigüenza y Góngora. Evidentemente, cuanto más estrictas eran las normas convencionales instauradas para el arte, más rigurosos resultaban los juicios críticos.
Durante las primeras décadas del siglo XX, después de la Revolución, el Estado impulsó y apoyó un arte que debía ser público, popular, y que reflejara la historia y la identidad mexicanas. Para ello, ofreció a los artistas diversos locales oficiales y amplias paredes para la realización de murales, así como la instalación del Taller de la Gráfica Popular y la Galería de Arte Mexicano para las obras de pequeño formato. La escuela mexicana era un bloque con límites bien definidos en temas y formas, de modo que los criterios de la crítica de arte reflejaban los mismos límites.
A mediados del siglo y, sobre todo a partir de 1960, los artistas empezaron a revelar sus nuevos gustos y la apertura hacia nuevas tendencias influidas por el arte europeo y el estadunidense. Asimismo, algunos críticos que habían analizado las obras de la escuela mexicana –sobre todo Justino Fernández, Paul Westheim, Margarita Nelken, Luis Cardoza y Aragón y Jorge Juan de la Serna– empezaron a valorar y estudiar los nuevos caminos del arte. Entre los nuevos críticos aparece Raquel Tibol quien, con su ánimo siempre revolucionario, da la bienvenida a los cambios artísticos, y poco después empezamos a escribir Juan García Ponce y yo.
Así como cambiaron las fuentes de los artistas, cambiaron también las de quienes los aprecian. Inés Amor, después de exhibir la obra de caballete de los artistas de la escuela mexicana, a partir de los años cincuenta empezó a comprar y exponer la obra de los nuevos artistas. Las galerías Prisse y Proteo hicieron lo mismo, así como poco después las galerías Antonio Souza, Misrachi, Juan Martín y Pecanins. Es importante señalar que el mismo Instituto Nacional de Bellas Artes también modificó sus criterios, ante todo con los murales de Tamayo en 1950, el primer innovador notable de la pintura mexicana, y luego con la Exposición Solar en 1967. Los artistas jóvenes, sin embargo, prefirieron no participar en un acto oficial y, en 1968, se unieron para organizar el Salón Independiente, donde se expusieron obras de nuevas tendencias: surrealismo, arte abstracto, geometrismo, entre otras, que sincretizan varias culturas, técnicas y conceptos del arte. Cabe señalar que los nuevos artistas y los nuevos espacios de exposición artística provocaron también cambios notables en la museografía.
Si bien, como ya dije, la función del crítico de arte era emitir un juicio de valor sobre la obra, a partir de las innovaciones en la pintura, alrededor de 1960, adquiere mucho mayor importancia que el crítico (como excepción y más informado) presente un testimonio de la obra de arte. Es cierto que en cualquier forma de expresión hay un juicio subjetivo implícito; sin embargo, no es éste el aspecto importante del quehacer del crítico. Más bien se trata de que realice una especie de radiografía de la obra presentada y la exprese por escrito, de manera que el espectador común pueda seguir la ruta sugerida por el crítico de cómo entender la obra.
Un juicio de valor podrá encontrar muchas coincidencias entre los espectadores de cada obra, puesto que en gran parte está determinado por el contexto temporal, espacial y de criterios estéticos. Sin embargo, el cambio de contexto puede provocar un cambio también en el juicio de valor. Por eso, lo más importante en el quehacer de un crítico de arte es el testimonio y la reflexión acerca de la obra, su impacto y las tendencias que marca o en las que se enmarca. Podría decirse, pues, que la crítica de arte es un testimonio sin adjetivos. El artista hace la historia del arte con cada una de sus obras; el crítico les da presencia al dar a conocer por escrito sus reflexiones al respecto. Al plasmar por escrito y reconocer la existencia de una obra, el crítico ha logrado cambiar algunos criterios sobre el arte, al incluir algunas formas de arquitectura y artesanía como formas artísticas.
El mercado comercial del arte, que absorbe todo lo que le rodea, incluyendo a los artistas y a los críticos de arte, tuvo en este siglo un crecimiento estratosférico. Esto provocó, sobre todo a partir de la década de 1970, que los artistas manifestaran su hartazgo frente al culto a la obra artística y los altos precios que esto causaba. Iniciaron entonces una intensa búsqueda de otros caminos para sustituir la función del objeto de arte convencional y, a la vez, expresar la intención artística. Se llevaron a cabo diversos experimentos y se abrieron múltiples nuevas opciones: el arte-objeto, instalaciones, ambientaciones, performances, videos, fotografía, combinaciones diversas llamadas “multimedia” y otras formas efímeras o no, con algunos resultados muy logrados. Sin embargo, la finalidad de desafiar y evadir el mercado no se logró porque éste especula de todos modos con todas las formas y todas las opciones.
El mercado utiliza igualmente a los críticos. Si bien éstos tienen la información y el conocimiento para autentificar obras del pasado, en relación con el arte actual los escritos del crítico de arte, sin ninguna intención, sirven para validar y valorar una obra y a un artista con fines mercantiles. El crítico realiza su quehacer de manera ingenua y es ajeno, en teoría, al funcionamiento del mercado; pero en la práctica es siempre utilizado para la especulación. Una vez que una obra se exhibe en un museo o galería de importancia y que se publica un libro o catálogo sobre esta obra, de inmediato se reevalúa con fines especulativos en el mercado. Este dilema no podría resolverse sino con el silencio.
La crítica existe en función de las obras artísticas, desde luego, pero también los artistas se nutren de las reflexiones y el punto de vista del testimonio crítico. Es una relación estrecha dentro de un mundo de sensibilidades diversas.








