Soy poco optimista sobre el futuro inmediato. Sin embargo, mantengo la confianza en el esfuerzo de Proceso para seguir informando con profesionalismo, veracidad y compromiso político.
El encuentro
Mi relación con Proceso se inició a finales de los setenta, cuando tuve la oportunidad de acercarme de manera más personal a don Julio Scherer García. A él le interesaban algunas ideas que había trabajado en un libro sobre México y la Revolución Cubana, así como mis reacciones al proyecto de un Plan Mundial de Energía que promovía el presidente López Portillo.
Él fue quien me invitó a escribir sobre el mencionado Plan, lo cual acepté iniciándose con ello una amistad que duraría muchos años. Tuvimos largas conversaciones en las que pude admirar su capacidad para detectar la información valiosa, el comentario acertado para la nota periodística y, sobre todo, su compromiso inamovible con la libertad para denunciar el autoritarismo con que se conducía al país. Hablamos sobre la posibilidad de una colaboración más firme con Proceso.
Por circunstancias diversas mi vida tomó otros rumbos. En 1983, el entonces secretario de Relaciones Exteriores, Bernardo Sepúlveda, me invitó a unirme a las filas del Servicio Exterior Mexicano; permanecí en él por cerca de 18 años. Para don Julio, ese giro en mi vida profesional fue motivo de desilusión. El proyecto de colaborar con Proceso se desvaneció y, aunque el afecto se mantuvo, ciertos nubarrones se interponían entre nosotros mientras tuve un puesto oficial.
Varios años después, cuando ya había abandonado el Servicio Exterior y reiniciado mi vida académica, el director Rafael Rodríguez Castañeda me invitó a colaborar regularmente en Proceso en la sección de Análisis. Todavía recuerdo vivamente la calidez de la llamada telefónica de don Julio, felicitándome por haber aceptado la invitación. Eso ocurrió hace cerca de 10 años.
Desde entonces, Proceso ha formado parte de mi trabajo y vida cotidiana. El artículo se debe enviar cada 15 días, a más tardar los jueves por la tarde. El domingo comienzo a preocuparme sobre el tema que voy a tratar, la información que debo obtener, la manera en que la voy a sistematizar y la posición personal que voy a adoptar. Escribir en Proceso no significa solamente transmitir información. Significa también tomar partido ante las alternativas que se ofrecen para la conducción o solución de los problemas que se comentan. Es una revista de crítica y confrontación con el poder; hay motivos en sus orígenes y la trayectoria de sus fundadores para que sea así. En lo personal, mi confrontación con el poder no es inevitable. Estoy dispuesta a dar reconocimientos si considero que son merecidos; desafortunadamente, cada vez encuentro menos motivos para hacerlo.
Con algunas excepciones, en las que escribo sobre cuestiones puramente internas, mi ámbito de interés son problemas de la política internacional y política exterior de México. Mi preferencia por esos temas no sólo se deriva de mi experiencia profesional. Me inquieta profundamente el desfase entre la vulnerabilidad del país a los acontecimientos externos y la escasa atención que le prestan al lo que ocurre allende las fronteras tanto las élites políticas del país como los medios de comunicación escritos.
No es exagerado afirmar que México –por su situación geopolítica, apertura de la economía, integración con Estados Unidos y problemas de seguridad relacionados con el narcotráfico y crimen organizado– es uno de los países en el mundo cuyo destino es más vulnerable a lo que ocurre en el exterior. Sin embargo, el gobierno se comporta como si fuese suficiente lograr acuerdos políticos internos y aprobar leyes en el Congreso para decidir los rumbos que siga la vida nacional.
Hay diversas circunstancias que demuestran que no es así. La caída en los precios del petróleo que echó por tierra gran parte de las expectativas creadas en torno a la reforma energética de 2013 o las amenazas de una seria disminución de exportaciones a Estados Unidos, en caso de cumplirse los propósitos que se han expresado en la campaña electoral en Estados Unidos, son ejemplos de lo mucho que México se ve afectado por lo que ocurre en el exterior.
Sin embargo, al referirse al futuro que nos espera, el gobierno casi nunca menciona el contexto internacional en que opera y las sorpresas, no siempre agradables, provenientes de allí. Cuando lo hace es en forma muy errática que pone en evidencia la poca costumbre de vincular con seriedad lo interno con lo externo. El anuncio por parte del secretario de Hacienda de un recorte presupuestal atribuido a las consecuencias de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, al día siguiente de que ésta ocurriera, fue un caso casi grotesco de información poco profesional.
Por lo que toca a los medios de comunicación, la lectura de los principales diarios y revistas semanales de México desconcierta por la limitada o nula información que proporciona sobre asuntos internacionales. Éstos son reportados con base en información proveniente de agencias de prensa, que no necesariamente transmiten los aspectos relevantes para los intereses de México.
En ese panorama de omisiones es necesario hacer notar la excepcionalidad de Proceso. Es el único semanario con una sección internacional fija coordinada por un internacionalista como es Homero Campa. La sección descansa en la información obtenida por corresponsales de Proceso en Washington, París y Madrid, así como en buen número de colaboradores regulares en América Latina. Recuerdo como ejemplo de una información muy profesional la portada y el magnífico reportaje sobre los atentados terroristas en París en noviembre de 2015, aparecidos al día siguiente de los trágicos acontecimientos.
A diferencia de algunos diarios, la información internacional de Proceso no está acotada a temas preestablecidos por cuestiones ideológicas. Aunque da seguimiento a los viejos cuadros de la izquierda latinoamericana, no vacila en otorgar prioridad a la información que provenga de su corresponsal en Washington por considerar que son asuntos de gran prioridad para la vida de México.
Un mundo que nos conduce
al inevitable pesimismo
Han pasado casi 10 años de mis envíos quincenales a Proceso. A lo largo de tales envíos se pueden trazar grandes cambios ocurridos en la política internacional y la política exterior de México. Con efectos negativos sobre mi ánimo, que tiende a ser pesimista, dichos cambios no han sido positivos. Basta recordar brevemente algunos de ellos: los difíciles momentos que atraviesa la política de México hacia Estados Unidos, el retroceso en materia de compromisos con las agencias internacionales encargadas de la defensa y promoción de los derechos humanos o la política hacia una región neurálgica como es la frontera sur.
Es redundante insistir en que lo que ocurre en Estados Unidos es de importancia para México. Sin embargo, en el transcurso de los últimos tiempos las relaciones gubernamentales entre los dos países se han debilitado; basta comparar la fuerte relación institucional a nivel de gobiernos que existía en los años siguientes a la firma del Trata de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y el bajo nivel y pobreza de la agenda gubernamental que se conduce en la actualidad.
Lo cierto es que, a pesar de la relación México-Estados Unidos tan intensa, no hay cuadros en el país que den seguimiento a la política interna de Estados Unidos, a los espacios de riesgo para la relación con México o a la diversidad de sectores en aquel país que influyen en la política hacia nuestro país y con quienes tendría que haber mayor acercamiento.
En tales circunstancias, la gran sacudida producida por la campaña del candidato republicano, Donald Trump, personalidad enfermiza e impredecible, empeñado en construir un muro que separe a los dos países, amenazando con la expulsión de trabajadores mexicanos, llamando para la denuncia del TLCAN Norte, han encontrado respuestas apresuradas y erráticas.
Repentinamente, a través de la enorme red consular que tenemos en Estados Unidos, se cree posible transformar a los mexicanos en Estados Unidos en un grupo de cabildeo tan fuerte como el de los judíos o los cubanos. Asimismo, se intenta modificar su imagen y destacar la contribución positiva a la economía estadunidense.
No hay duda que lo último son objetivos positivos, pero requieren trabajo de largo plazo. Perseguirlos en plena campaña electoral, cuando la imagen de México en Estados Unidos se encuentra en un punto muy bajo, no augura buenos resultados. Lo urgente sería integrar el grupo de asesores para la estrategia integral para la relación con ese país, la cual contemple diversos escenarios, según quien ocupe la Casa Blanca. Sin embargo, las formas de trabajar del gobierno de Peña Nieto, caracterizadas por la opacidad y el amiguismo, no permiten albergar esperanzas. Hacia el futuro se pueden prever momentos de gran incertidumbre, políticas titubeantes, declaraciones contradictorias y situaciones difíciles en la relación con el vecino del norte. Los costos económicos y políticos de un diálogo improvisado y sin claridad de miras podrían ser enormes.
El otro campo de la política exterior donde la situación se ha deteriorado es el de los derechos humanos. La relación del gobierno con los organismos internacionales encargados de la defensa y promoción de los derechos humanos fue cercana desde que ocurrió la alternancia de partidos en el poder el año 2000. Se ratificaron entonces Convenciones y Protocolos adicionales que estaban pendientes, se abrió la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos en México, se invitó a múltiples relatores especiales a visitar el país a fin de conocer e informar sobre diversos aspectos de la situación de los derechos humanos. Ese acercamiento no fue puramente formal.
La mirada externa fue considerada un factor positivo para apuntalar la naciente democracia y para contribuir a la toma de conciencia entre la ciudadanía de la importancia de los derechos humanos. A la sombra de las acciones de Naciones Unidas se consolidaron diversas organizaciones de la sociedad civil destinada a difundir, promover y defender tales derechos.
La campaña mediática contra el relator sobre la tortura de la ONU a comienzos de 2015 puso fin a las formas diplomáticas conciliatorias que venía manejando la Secretaría de Relaciones al tratar con los representantes de organismos internacionales en materia de derechos humanos. Fue el antecedente para la relación tan tensa que se mantuvo con el Grupo Interamericano de Expertos Independientes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para el caso Iguala. Su salida intempestiva de México en abril de este año es un hecho que ha profundizado el descontento ciudadano con la falta de resultados respecto a los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Desacuerdos posteriores relativos al financiamiento de la CIDH y los enfrentamientos con su presidente saliente, el mexicano Emilio Álvarez Icaza, confirman que la época de confianza y acercamiento con representantes externos que colaboren con México en asuntos de derechos humanos está llegando a su fin.
El tema de los derechos humanos está presente, aunque no es el único, en la conducción de la política hacia los problemas provenientes de la frontera sur. Dichos problemas adquirieron mayores dimensiones en los últimos años por diversas razones. Entre ellas se encuentra el deterioro de la situación política de la región, en particular los países que forman parte del llamado Triángulo del Norte: Guatemala, Honduras y El Salvador. La violencia proveniente de pandillas y narcotraficantes, así como la presencia allí del crimen organizado proveniente de México han convertido esa región en una de las más peligrosas del mundo.
Ahora bien, lo que obligó a una posición más comprometida de México, con los problemas de la frontera sur fue la elevación inusitada del número de niños, principalmente centroamericanos, que atravesó la frontera mexicana para ir a Estados Unidos en el verano de 2014, provocando una crisis humanitaria en aquel país que prendió la alarma en diversos sectores de los estados fronterizos con México. El presidente Obama convocó entonces a los presidentes de los tres países de origen de los migrantes infantiles, al mismo tiempo que telefónicamente solicitaba ayuda urgente del presidente mexicano para el control de la frontera sur. Tal fue el origen del llamado programa Frontera Sur que, en realidad, nunca se materializó formalmente dentro del gobierno mexicano. Lo que se puso en pie fue una coordinación para la regulación y el paso ordenado de los flujos migratorios, programa carente de los recursos indispensables para alcanzar semejantes objetivos.
Lo que permanece actualmente es un esfuerzo desordenado y contradictorio que oscila entre posiciones de apertura hacia los migrantes y dureza para impedir su presencia en el país. Dentro de las pocas medidas firmes que se han tomado se encuentra obstaculizar la utilización del tren conocido como La Bestia, lo cual ha obligado a los migrantes a buscar otras rutas. Los activistas de derechos humanos se empeñan en destacar las violaciones crecientes de sus derechos humanos. Otros observadores hacen ver la llegada dentro de los grupos de migrantes centroamericanos de sicarios listos para enlistarse en las filas del crimen organizado mexicano. La información oficial brilla por su ausencia. Mientras, aumenta la presencia estadunidense en la zona, pero sin compromisos significativos para brindar apoyo a una colaboración entre México, Estados Unidos y Centroamérica que ayudase a superar los problemas de la región.
En el ámbito de la política internacional la situación ha sido muy desalentadora. Pocas veces habían coincidido tantas circunstancias que han destruido los elementos tradicionales de lo que se conocía como “orden internacional” y lo han sustituido por situaciones caóticas en las que es imposible identificar las instituciones que pueden restablecer la paz, los liderazgos que las pueden encabezar y los principios conductores que se desearía imponer.
Tres hechos, a los que me he referido en Proceso, pueden ilustrar la complejidad de los problemas existentes. En primer lugar, el terrorismo proveniente del llamado Estado Islámico (EI), un territorio ocupado por musulmanes radicales producto, en gran medida, de la guerra de Irak. Su peligro se ve acrecentado por la influencia desconcertante que ha adquirido sobre jóvenes musulmanes nacidos y educados en países occidentales, en particular Francia y Bélgica. El EI ha contribuido, no poco, a anudar el conflicto de Siria cuya solución tan elusiva y hasta ahora casi imposible de encontrar ha dado lugar a un movimiento sin parangón de refugiados buscando la salvación en los países europeos. Esa ola de refugiados ha golpeado duramente valores e instituciones que se creían sólidamente establecidos en esa región del mundo.
La Unión Europea era vista como el proyecto de integración más ambicioso y prometedor construido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La Europa sin fronteras, fuertemente comprometida con los derechos humanos y la defensa de la democracia, empeñada en consolidar instituciones comunitarias que tomarían medidas supranacionales para avanzar en una integración solidaria, se ha esfumado. Cierto que hubo avances irreversibles. El proceso de integración contribuyó a hacer imposible la repetición de las grandes guerras que en dos ocasiones ensombrecieron el panorama europeo en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, hoy se ha desatado otro tipo de guerra: la guerra contra los migrantes y refugiados.
Cientos de miles de ahogados al intentar cruzar el Mediterráneo para llegar a Europa. Cientos de miles estacionados frente a las vallas erigidas para detenerlos en Austria, Hungría, el Canal de la Mancha. El aspecto más doloroso es que, según ha declarado el Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU, dos tercios de esos migrantes son mujeres y niños. Su presencia, lejos de levantar solidaridad, despierta rechazo por parte de grupos de extrema derecha que con ello ganan popularidad. La situación de los migrantes ha estado en el origen de uno de los acontecimientos más preocupantes para el futuro de la Unión Europea, la salida del Reino Unido de esa organización, el famoso Brexit cuyas consecuencias para el futuro mismo de Gran Bretaña, para Europa y para la economía mundial son todavía impredecibles.
Por último, por tratarse de la región que nos es más cercana, vale referirnos a los problemas de América Latina. La región atraviesa momentos muy difíciles. Se encuentra carente de liderazgos políticos respetables, desilusionada de una democracia frecuentemente inacabada, sin avances sustantivos en la lucha contra la pobreza, sin capacidades endógenas en materia de ciencia y tecnología, ahogada en la corrupción y la violencia. Desde que los años de bienestar económico alentado por los precios altos de las materias primas llegaron a su fin en 2013, tales son los rasgos predominantes en la mayoría de los países del área.
Entre los muchos comentarios sobre lo que ocurre en la región se encuentran los que diagnostican un movimiento pendular a la derecha que pondría fin a varios de los problemas existentes. La verdad, se necesita mucho más que un cambio en la cúpula para resolver la presencia de instituciones políticas débiles y corruptas, situaciones estructurales que se remontan a viejas historias de dependencia y vulnerabilidad, liderazgos sin visión de largo plazo y muchas otras circunstancias. Por lo pronto, se pronostica crecimiento económico lento o regresivo, un ambiente internacional inestable, una vida política llena de sobresaltos.
Proceso ha sido el espacio desde el cual he podido dar seguimiento, reflexionar y tratar de entender ese complicado laberinto por el que circulan los asuntos mundiales y la política exterior de México. Como advertía, soy poco optimista sobre el futuro inmediato. Sin embargo, mantengo la confianza en el esfuerzo de Proceso para seguir informando con profesionalismo, veracidad y compromiso político. Tal es uno de los puntos de partida indispensables para buscar y quizás encontrar caminos más prometedores.








