El medio de en medio

No hay forma de ser prensa libre en México más que incomodar. La irritación que mortifica a los más –“¿qué vamos a hacer para cambiar todo esto?”–, fastidia a los menos que viven en un inmerecido hulespuma.

Desde el inicio, la revista es el territorio de la sorpresa indignada. Se comenta con un “¿viste lo que sacó Proceso?”. Se le atribuyen capacidades de verdad infinitas en contraste con el silencio turbio de los medios oficiales –todos, hasta la aparición de unomásuno y, cuando éste termina en intercambios de maletines con dinero, La Jornada.
El lugar que ocupa la revista no es sólo el del prestigio de don Julio Scherer García –aunque le debe mucho– que pocos periodistas ostentan: sobrevivir al despido y a la censura. Mucho tiempo después, sólo Carmen Aristegui podrá recoger los frutos simbólicos de sufrir la injusticia y nunca sucumbir. Este imaginario del periodista que encarna la dignidad –la fortaleza ante al abuso– si bien se traspasa a la esfera de la revista, convive con otro: el de la verdad silenciada. El México de Proceso será el otro que contrasta con los discursos oficiales, las autocelebraciones, las estatuas del régimen del Partido Único.
Cada semana –dicen sus críticos– el país se derrumba para este grupo de periodistas: transas con el erario, masacres, desapariciones, exhibiciones impúdicas de intereses y prácticas indecibles de nuestros hombres y mujeres públicos. A esto se le agrega desde el inicio el cartón político –ese golpe de vista de la fetidez ambiental–, con Rius, con Naranjo, Efrén y, más tarde, Hernández, Helguera y Rocha. Y aún con Boogie, El Aceitoso, de Fontanarrosa que es lo único que de chico leo cuando aparece la revista en mi casa. La revista se guarda, se colecciona, como en atención a su carácter único: la documentación escrupulosa del horror nacional. No es sólo que la forma del dominio del Partido sea la decadencia perpetua –de instituciones, pero también de la moral de sus representantes–, sino que ahí, entre las páginas de la revista, residen los datos, los nombres, las fechas. En un país en el que los medios elogian en abstracto a los poderosos e insultan a la oposición sin pruebas más allá de la retórica del chayote, Proceso guarda las claves, los seguimientos de casos, las fotografías. Por eso se almacena en las casas, al lado de los libros: es la comprobación de que la indignación tiene razones, que no depende de la amargura individual o de la predisposición a ser “negativo”.
¿Muestra Proceso un país perpetuamente al borde del abismo? El lugar social en el que se ubica la revista –a diferencia del resto de los medios que sólo son voceros del oficialismo– es entre la sociedad civil y los gobernantes. Proceso inaugura un tipo de “esfera pública” mexicana cuyos estándares son políticos y culturales: la denuncia y decencia. A lo largo de las décadas, Proceso consolida el poder cultural de los signos compartidos que, paradójicamente, confirman la autonomía de cada lector. Lo hace porque lo que pone en juego no es su poder sino su razón.
La verdad sobre la podredumbre de los poderosos, sobre su estulticia y –más tarde– su puerilidad, funciona como un engrandecimiento del ciudadano informado. Lo que señala también distingue. La esgrime con una estandarización precisa del lenguaje que ambiciona que las prácticas sociales y del poder contengan alguna verdad moral. Y si no, recordar dónde fallaron, se torcieron, cayeron en el abismo de la corrupción masiva. Para ello, las portadas de Proceso son carteles que anuncian la denuncia.
Una vez que entré como trabajador del teclado a las oficinas de la revista descubrí otra dimensión de la ética laboral de sus integrantes –muchos de ellos desde el golpe a Excélsior de 1976; otros, provenientes de censuras en los demás medios impresos– que me sorprendió: su orgullo por incomodar. En una burbuja de periodistas comprados –y vendidos por planas de publicidad oficial– los reporteros y trabajadores de Proceso se miran como agujas que pinchan la ilusión del país “que ahí va mejorando”.
En México no existe el debate que se ordena con diversos medios que sustentan opiniones. Simplemente el debate no existe. En cambio, lo “incómodo” estriba en rasgar la apariencia de trivialidad vendida y comprada. ¿Qué les permite esto? Un arreglo siempre cambiante de la esfera propiamente “procesiana”: sin depender económicamente del poder que espera a cambio obediencia y separado de la frivolidad de tratar de agradar al país del superávit. En medio queda una esfera pública –de izquierda o católica, o las dos, o simplemente deseosa de distinguirse por sus lecturas–.
Un ejemplo reciente me ayudó a entender ese lugar mediado. Hace unos años, queriendo atenuar el espíritu incómodo de la revista, se planteó un número especial sobre los niños. La propuesta era lo más ñoña posible: los niños están de vacaciones y habría que hacer un número que sirviera de guía a sus oprimidos padres. Entregué una entrevista con Chabelo que –pensé– sería lo más fuerte: había llorado porque su vida se había hecho de fingir ser un niño-abuelo y no de lo que realmente deseaba: ser deportista olímpico. Cuando recibí el número sólo pude sonreír a la persistencia de lo “incómodo”: un reportaje sobre la explotación infantil que revelaba que los jitomates-cereza eran pizcados con las pequeñas manos de niños sinaloenses.
–Es Proceso –fue la crítica de quienes esperaban una guía de restoranes con trampolines de hulespuma.
No hay forma de ser prensa libre en México más que incomodar. La irritación que mortifica a los más –“¿qué vamos a hacer para cambiar todo esto?”–, fastidia a los menos que viven en un inmerecido hulespuma.
El resultado es una idea del país que contrapesa cualquier optimismo ramplón –el que cree que se elimina la parte que le incomoda con sólo voltear la vista –con otro ensuciado de realidad, de los lodos de lo cotidiano –por eso no hay en sus páginas escritores “exquisitos” o “trascendentes”– y la sangre de sus víctimas. Aquí han estado Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Vicente Leñero, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, mostrando sus manos entintadas, jamás de la ilusión purista de no escribir “para nadie”. En ellos, aún la erudición se llenó aquí de divulgación y sentido común.
El país de Proceso no es, por ello –como dicen sus críticos –el que se desmorona cada semana, sino otro muy distinto: el que se concibe como un lugar de conflicto, de enfrentamiento, de la verdad con sus disimulos. “Agradar” en la prensa mexicana es evadir con temas que no significan conflictos o entresacar de esa evasión los rasgos de una cordialidad asintomática: “No pasa nada” o “Todo es igual”. “Incomodar” es la regla de un tipo de distancia crítica que es, por ello mismo, profundamente ética y llama a la acción. Fue por los artículos de Heberto Castillo y Juan José Hinojosa que mis parientes decidieron apoyar las reuniones por el sufragio, aquellas en el Hotel de México, a inicios de los años ochenta y, después, militar a favor de la izquierda cardenista. Esos son los lectores de Proceso y esos constituyen el país que, lejos de desmoronarse cada semana, se construye interminablemente.