El oficio de escribir para Proceso

El oficio de publicar en Proceso parte del compromiso de llamar a las cosas por su nombre. Descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla.

Proceso cumple 40 años y yo 16 de escribir allí. Años privilegiados, años aguerridos, años de formar parte de un equipo que sabe cuál es la misión del periodista y el escritor en cualquier sociedad democrática. “Decir la verdad y avergonzar al diablo”, como sugería Walter Lippman. Ser odiado por todos los bandos. Sentarse frente a la pantalla o ante la computadora y ser amigo de nadie. Desplegar la honestidad y el coraje para proteger a la sociedad del gansterismo, venga del gobierno o del sector privado. Ser censor del poder porque esa es la única manera de democratizar su ejercicio. Así es Proceso. Implacable. Independiente. Irreverente. Indispensable.
Porque lleva 40 años exhibiendo a ese Diablo que es la impunidad, la corrupción, la complicidad, la desidia. El país donde no pasa nada. Donde hay muchos escándalos pero muy pocas sanciones. Donde siempre hay corruptos señalados pero nunca corruptos encarcelados. Y donde todo esto es normal. Los errores, los escándalos y las fallas y las violaciones no son indicio de catástrofe, sino de continuidad. La pederastia protegida por un gobernador o la fortuna ilícita acumulada por un hermano incómodo o los bonos multimillonarios que se adjudican nuestros servidores públicos o el capitalismo de cuates no son síntoma de un cáncer a punto de metástasis, sino de una urticaria con la cual el país se ha acostumbrado a convivir. La permanencia en el poder público de quienes violan sus reglas más elementales es lo acostumbrado, tolerado, aceptado. Pero no en Proceso; al contrario.
Parte del oficio de colaborar en la revista es hacer tuya la premisa de que es precisamente la resignación, la complicidad, el silencio, y la impasibilidad de tantos lo que explica por qué un país tan majestuoso como México ha sido tan mal gobernado. El oficio de publicar en Proceso parte del compromiso de llamar a las cosas por su nombre. Descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla. Decirle a los corruptos que lo han sido. Decirle a los abusivos que deberían dejar de serlo. Decirle a quienes han expoliado al país que no tienen derecho a seguir haciéndolo; de mirar a México con la claridad que necesita.
Mostrar a través del periodismo independiente que somos mejor que nuestra clase política y no tenemos el gobierno que merecemos. Proceso vive anclado en la indignación permanente y así alza la vara de medición. Se vuelve autor de un lenguaje que intenta decirle la verdad al poder. Sus colaboradores entienden –como lo entendía Julio Scherer García– que la obligación intelectual mayor que tenemos es rendirle tributo al país a través de la investigación, la denuncia y la crítica.
Ahora bien, ser colaborador en Proceso no es una tarea fácil. Lleva con frecuencia a la sensación de desesperación ante el poder omnipresente de los medios tradicionales, la gerontocracia sindical, los empresarios resistentes al cambio, los empeñados en proteger sus privilegios, los que insisten en “matar al mensajero” en lugar de entender su mensaje semanal. Aun así me parece que hay un gran valor en el espíritu de oposición permanente y constructiva versus el acomodamiento fácil. Hay algo intelectual y moralmente poderoso en disentir del statu quo como lo hace cada persona que forma parte de la revista.
Quien escribe allí sabe que es imperativo criticar la corrupción, defender a los débiles, retar a la autoridad imperfecta u opresiva. Saben que es fundamental seguir denunciando la Casa Blanca y la “verdad histórica” y el escandaloso Partido Verde y los niños muertos de la guardería ABC y los oprobiosos casos de Ayotzinapa, Tlatlaya y Nochixtlán; la tortura y los 27 mil desparecidos y el país de fosas y cloacas. Cada reportero y cada analista de Proceso entiende que el suyo debe ser un papel puntiagudo, punzante, cuestionador. Sabe que le corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia, enfrentar el dogma. Sabe que debe asumirse como alguien cuya razón de ser es representar a las personas y a las causas que muchos preferirían ignorar. Sabe que todos los seres humanos tienen derecho a aspirar a ciertos estándares decentes de comportamiento de parte del gobierno. Y sabe que la violación de esos estándares debe ser detectada y denunciada: escribiendo, investigado, reporteando.
Ser un colaborador de Proceso es una vocación que requiere compromiso y osadía. Es retar de manera continua las medias verdades, la mediocridad, la corrección política, la mendacidad. Es resistir la cooptación. Es vivir produciendo pequeños shocks y terremotos y sacudidas. Vivir generando incomodidad. Vivir en alerta constante. Vivir sin bajar la guardia. Vivir alterando, milímetro tras milímetro, la percepción de la realidad para así cambiarla. Vivir diciéndoles a los demás lo que no quieren oír.
Quienes hacen suyo el oficio de estar en la revista viven en ese lugar habitado por quienes entienden que ningún poder es demasiado grande para ser criticado. Porque su oficio depende de una actitud enraizada en el escepticismo, en la investigación racional, en el juicio moral. Depende de la capacidad de combinar una independencia feroz con una visión social apasionada, con una gran capacidad para comunicar ideas de una manera sugerente. Y esto no necesariamente trae consigo privilegios ni reconocimiento, ni premios, ni honores. El colaborador de Proceso es el incómodo permanente y se ve obligado con frecuencia  asumir la vida de un exiliado; de un ser en los márgenes; de outsider permanente. Debe poseer una gran capacidad para resistir las imágenes convencionales, las narrativas oficiales, las justificaciones circuladas por televisoras poderosas o presidentes porristas. La tarea que le toca es la de desenmascarar versiones alternativas y desenterrar lo olvidado.
No es una tarea fácil porque implica estar parado siempre del lado de los que no tienen quién los represente en este México maltrecho. Y no por idealismo romántico, sino por el compromiso con formar parte del equipo de rescate de un país secuestrado por gobernadores venales y líderes sindicales corruptos y monopolistas rapaces. Vivir así, vivir en Proceso tiene una extraordinaria ventaja: la libertad. El enorme placer de pensar por uno mismo. Eso que te lleva a ver las cosas no simplemente como son, sino por qué llegaron a ser de esa manera.
Cuando asumes el pensamiento crítico de la revista, no percibes a la realidad como un hecho dado, inamovible, incambiable, sino como una situación contingente, resultado de decisiones humanas. La crisis del país se convierte en algo que es posible revertir, que es posible alterar mediante la acción decidida y el debate público intenso. La crítica se convierte en una forma de abastecer la esperanza en el país posible.
Escribir en Proceso entraña ser de los que ejercen a cabalidad el oficio del periodismo y el análisis independiente. Los que alzan un espejo para que un país pueda verse a sí mismo tal y como es. Los que dicen “no”. Los que resisten el uso arbitrario de la autoridad. Los que asumen el reto de la inteligencia libre. Los que piensan diferente. Los que se involucran en causas y en temas y en movimientos más grandes que sí mismos. Los que en tiempos de grandes disyuntivas éticas no permanecen neutrales. Los que se niegan a ser espectadores de la injusticia o la estupidez. Los que miran a México de manera crítica y honesta porque están cansados de aquello que Carlos Pellicer llamó “el esplendor ausente”. Los que tratan cotidianamente de avergonzar al diablo para así desterrarlo y Proceso lleva 40 años haciéndolo. Enhorabuena y bienvenidos 40 años más.