“Inventario” es el tenaz espacio donde alguien dibuja sobre la arena, sabiendo que los signos serán borrados por el agua. Todo dura demasiado poco.
Del 5 de agosto de 1973 al 4 de julio de 1976, José Emilio Pacheco publicó “Inventario” en el suplemento Diorama de la Cultura, del Excélsior dirigido por Julio Scherer García. Luego del golpe orquestado por el presidente Luis Echeverría el 8 de julio de 1976, continuó publicando en Proceso, de noviembre de ese año hasta su fallecimiento, en enero de 2014. Los resistentes 40 años que hoy cumple este semanario deben su lustre, entre otras cosas, a la infatigable tarea de Pacheco, que entendió el periodismo como el sitio donde la erudición pacta con los favores de la claridad.
Nadie colabora en un medio si otro no abre la puerta. El repetido milagro de “Inventario” fue posible gracias a que Scherer García dio la bienvenida a colaboradores de las más diversas procedencias cuando estuvo al frente de Excélsior. El periódico renovó el “periodismo de autor”; a tal grado, que esa tendencia influyó en las zonas menos “intelectuales” del oficio. Ramón Márquez urdió impecables piezas de box y Manuel Seyde demostró que las notas de futbol podían ser una variante del lirismo o la diatriba, dependiendo del desempeño de los “ratoncitos verdes” de la selección nacional.
La realidad del periodismo no está en los hechos sino en la manera de contarlos. Esta certeza definió la calidad de aquel Excélsior. El afán de trasformar una exclusiva en buena prosa venía de lejos, según recordó Pacheco en su “Inventario” dedicado a José Joaquín Fernández de Lizardi, cuyas colaboraciones en la prensa de principios del siglo XIX fueron “literatura de emergencia”. De 1968 a 1976, en el Excélsior, esa emergencia se volvió costumbre.
La afrenta de Luis Echeverría a la libertad de expresión fue narrada con pulso maestro por Vicente Leñero en su novela sin ficción Los periodistas, que otorgó valor épico a la sala de redacción donde se fragua el destino que se leerá mañana.
Mientras los colaboradores de la prensa adquirían progresiva importancia, Pacheco se presentaba como un testigo omnipresente que rehuía el primer plano. Firmaba con sus iniciales y dosificaba sus opiniones para realzar las de los otros. Un narrador peculiar, a medio camino entre el cronista y el ensayista, con un temperamento que podría parecer contradictorio: un proselitista discreto. Sin exhibirse a sí mismo, exhibía sus convicciones; se borraba como autor para fortalecerse como narrador.
No quiso recopilar en vida su “Inventario”, aunque recibió infinidad de solicitudes al respecto. Hasta la fecha, la mayoría de esos trabajos sólo se encuentran en las remotas salas de las hemerotecas y básicamente dependen de nuestros recuerdos. Durante cuatro décadas hemos practicado la lectura legendaria –mezcla de memoria y fantasía– de una obra mayúscula que escapa a cualquier antecedente en la literatura en lengua española.
Editorial Era prepara una antología en tres tomos del caudaloso “Inventario”. He podido consultar las 724 páginas del primero de ellos. Mis reflexiones se basan en ese acceso parcial a la enciclopédica contribución de Pacheco.
En 2003, Marco Antonio Campos reunió en un magnífico volumen, La lumbre inmóvil, las colaboraciones de Pacheco sobre el poeta Ramón López Velarde. Siguiendo ese ejemplo, del oleaje de “Inventario” se podrían extraer libros enteros sobre el modernismo, el Siglo de Oro, el grupo Contemporáneos, los liberales del siglo XIX (“la mejor generación que ha dado este país”) o el annus mirabilis de 1922, que produjo las obras maestras de Joyce, Eliot, Vallejo y Rilke.
Sin embargo, Pacheco no quiso ordenar su “Inventario” en libros temáticos. Con todo y sus 724 páginas, el primer tomo, que aparecerá en 2017, brinda una muestra suficientemente selecta para no pecar de reiterativa (las colaboraciones semanales son, en sí mismas, una forma de la obsesión) y suficientemente amplia para reflejar las eclécticas pasiones de quien se ocupó con idéntico esmero del hundimiento del Titanic, la invención de la máquina de escribir, la poesía de José Santos Chocano o el cruel destino de Benito Mussolini.
Pacheco era célebre por su modestia, contradicción que se reforzaba con otra ambivalencia: no concedía entrevistas pero dialogaba durante horas con quienes asistían a sus tumultuosas conferencias. En su espléndida semblanza de Chesterton, del 2 de junio de 1974, hizo un retrato indirecto de sí mismo. Maestro de las paradojas, el autor de El hombre que fue jueves dejó esta frase sobre la inutilidad de las noticias: “El periodismo consiste esencialmente en decir ‘lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que lord Jones estaba vivo”. Después de desacreditar la importancia del género, lo ejerció con pasión. Pacheco dice de él: “con la más sincera modestia se definía como a jolly journalist”; el periódico le parecía “una escuela de trabajo y humildad (…) la mayor obra publicada anónimamente desde que se erigieron las grandes catedrales cristianas”. Como Pacheco, Chesterton era un tremendista que disfrutaba la cultura y los placeres: “Puso su oído sobre la hierba y escuchó el rumor de las catástrofes que se aproximaban. Su optimismo es una respuesta al caos que nos amenaza por todas partes”. Pero la mayor similitud entre ambos es el respeto por quien se encuentra al otro lado de la página, el ignorado testigo que lee: “Lo que más aprecio del hombre: el viejo bebedor de cerveza, forjador de credos, frágil, sensual, respetable”.
En principio, parecería extraño asociar a Pacheco con el católico e irónico Chesterton, caso insólito de un conservador liberal. Sin embargo, ambos entienden el periodismo como una tarea necesariamente colectiva y anónima, redactan con la sutileza de quien incorpora su voz al coro sin pretender cambiar la melodía, conciben la Historia como un teatro del desastre pero profesan un amor mundi que les permite celebrar la naturaleza, ciertas calles, algún atardecer, y disfrutar la literatura. Por último, se dirigen a un lector marcado por una nobleza vulnerable, el ser común que bebe cerveza.
Desde su título, “Inventario” se presenta como un recuento de activos que no pertenecen al autor, quien, al modo de un notario (oficio que, por cierto, ejerció su padre), da fe de acontecimientos y méritos ajenos. Cuando se refería a sí mismo, se describía someramente como el “redactor de esta columna”.
Pero este repliegue a un segundo plano no estuvo libre de malicia. Diversas fotografías lo muestran en medio de una vorágine de libros y hacen pensar en un ermitaño que rara vez abandona su biblioteca. No es equivocado verlo como un bibliófilo, pero también fue un atento testigo del acontecer. Su universidad fueron las redacciones. En 1957, a los 18 años, se hizo cargo de la sección “Ramas nuevas”, dedicada a los jóvenes escritores en la revista Estaciones, que dirigía y pagaba con generosidad el poeta Elías Nandino. Desde entonces colaboró en numerosos medios. No fue un alquimista refugiado en su santuario y combinó la frecuentación de clásicos con la cultura popular. Baste mencionar el papel que la lucha libre juega en la novela breve El principio del placer, el “Inventario” dedicado a Agustín Lara o la importancia que en Las batallas en el desierto tienen las fotos tímidamente eróticas de la revista Vea, consultadas en recoleto espacio de una peluquería.
Entendió la originalidad como una informada discrepancia con la tradición: “La única ruptura válida es el rompimiento con lo aprendido y dominado, no la que sirve para disfrazar la torpeza, la indolencia o la ineptitud”, escribió en un temprano “Inventario” (enero de 1974). Las vanguardias le interesaron como ensayista sin influirlo como poeta. Para decirlo con Borges, no se apropió del “diccionario amotinado” de los estridentistas, pero en su calidad de historiador literario no dejó de registrar sus novedades. Como creador, su gesto más rupturista fue la novela Morirás lejos, influida por la nouveau roman. En julio de 1981 precisó: “La vanguardia es, tiene que ser, un momento, no un modus vivendi”. Lo nuevo que triunfa como sorpresa corre el albur de diluirse demasiado pronto.
Su apego a la literatura no le impidió interesarse en subgéneros como el cómic o el folletín y en alguna ocasión dedicó su columna al autor de bestsellers Harold Robbins, que había vendido más libros que todos los autores mexicanos juntos. Consciente del carácter mundano e histórico de la escritura, se interesó en la recepción de la obra literaria y la fama pública de los autores (“escritor famoso es aquel a quien negamos apasionadamente sin habernos tomado nunca la molestia de leer un párrafo suyo”). Su renuencia a aparecer en televisión o dar entrevistas no fue un gesto de misantropía; tenía que ver con su genuina timidez, pero también con la elección de una estrategia basada en la certeza de que los discursos significativos encuentran un camino propio. Aquilató el valor del silencio y el secreto: la fuerza magnética de un documento inencontrable sólo se ve disminuida por su hallazgo. Al posponer la publicación de su muy solicitado “Inventario”, le otorgó el interés de lo que debe ser aguardado. En medio del frenesí de lo instantáneo apostó por otro tiempo para la lectura, menos ansioso, más perdurable. Pero la dilación también conllevaba un riesgo. El periodismo cultural vive de la circunstancia. Al paso de los años las columnas semanales pueden parecer extemporáneas o incluso incomprensibles. La demorada tardanza en publicar “Inventario” como libro aumenta la expectativa, pero también pone a prueba la resistencia de los textos que, ya ajenos a la oportunidad periodística, tendrán que sobrevivir como literatura.
La arena errante
El enciclopédico Pacheco asumió el desafío de ser Diderot una vez a la semana. Antes de internet, y al igual que Monsiváis, se convirtió en un “motor de búsqueda” que articulaba datos dispersos y referencias que jamás se habían cruzado. La sostenida aparición de sus columnas hizo que esa peculiaridad pareciera “natural”.
Armando Ponce ha relatado el tino con que el autor de “Inventario” reaccionaba ante la concesión del Premio Nobel. Los galardonados que sorprendían a otros comentaristas, eran abordados por Pacheco con la seguridad de quien lleva años esperando la noticia. Esto permite hacer algunas conjeturas sobre la forma en que leía. En la página encontraba un punto de llegada y la anticipación de un tema futuro. Coleccionista de datos curiosos en la marea de la información, aguardaba el momento propicio para conectarlos. En el laberinto de los libros y los cables noticiosos encontraba una opción profética, oracular, la cantera de lo que, tarde o temprano, adquiriría utilidad con el acontecer. Pacheco ejercía una lectura potencial, desentrañando el sentido de un texto en espera de un sentido posterior, dictado por la circunstancia.
Por razones diferentes, el escritor satírico y el enciclopedista ejercen una pedagogía moral. El primero edifica por medio del defecto, señalando los vicios que deben evitarse; el segundo, preserva la civilización en medio de las ruinas y establece un sistema de alarma para evitar daños mayores. Como Voltaire o Rousseau, Pacheco pertenece al segundo orden; acopia el saber y critica la decadencia de la cultura, la civilidad en riesgo, la destrucción de la naturaleza. Cuando no tiene un blanco a la vista –así esté hablando de otra cosa–, arremete contra la devastación de la Ciudad de México. “Inventario” es, simultáneamente, un archivo y una ventanilla de quejas, el muestrario de lo que merece ser conservado y los impedimentos para que eso suceda.
Pero también estamos ante un formidable caso de hedonismo. Pacheco no fue un biógrafo, ni un historiador, ni un novelista de aventuras, ni un analista de estrategias militares; sin embargo, en forma vicaria incorpora esas facetas a su periodismo cultural. Ante la necesidad de informar, suplanta a la autoridad que no ha llegado al tema. A propósito de Antonio López de Santa Anna, 11 veces presidente de México, comenta: “Hay buenos libros acerca de Santa Anna pero aún nos falta la gran biografía, el estudio del hombre, época y sociedad que ya puede emprenderse con base en los trabajos monográficos de años recientes. Mientras llega esa obra, conviene repasar en forma mínima lo que aprendimos y olvidamos en la escuela”. En forma típica, finge apoyarse en sus recuerdos escolares para trazar un complejo retrato del ditirámbico guía de hombres que celebró un funeral de Estado para su propia pierna.
De manera emblemática, este texto se publica el 27 de junio de 1976, 11 días antes del golpe a Excélsior. Se trata de la penúltima colaboración de Pacheco con el diario dirigido por Scherer. Al retratar los delirios del poder en otra época, retrata el clima en que escribe. En la cultura, el sentido de la actualidad depende de los distintos tiempos que ahí se intersectan. “Inventario” confirma la novedad del pasado.
En octubre de 1980, en su cuarta colaboración sobre Quevedo, exclama: “¡Otro artículo sobre Quevedo! Es antiperiodístico. Es evasivo. Realmente no vale la pena. Qué tiene que ver con México. ‘¿Usted cree que a un campesino de Chiapas le interesa Quevedo, puede entenderlo?”. En este caso, la autocrítica tiene un sentido paródico. Obviamente, la literatura del Siglo de Oro no es prioritaria para un campesino de Chiapas, pero tampoco lo son los demás temas de “Inventario”. El redactor parece haber exagerado al escribir un ensayo en cuatro entregas; sin embargo, su idea del periodismo depende de ese tipo de excursiones intelectuales; escribe convencido de que la cultura clásica española forma parte de nuestra tradición, de que no hay asunto suficientemente complejo para que no lo trate el periodismo y de que las monedas antiguas tienen valor de cambio en el presente.
Después de abrir su texto sobre el autor de El Buscón con una arenga contra los excesos “antiperiodísticos”, los pone venturosamente en práctica, encontrando en el propio Quevedo su razón de ser como cronista: “No se ha dicho que él es el primer periodista español”.
Al escribir de los piratas de América, señala que los corsarios y los bucaneros corren el riesgo de ser vistos más como convenciones narrativas que como realidades que amedrentaron las costas del mundo. Los novelistas contribuyeron a un “proceso irrealizador” de figuras auténticas. Pacheco advierte el peligro de mitificar a los personajes históricos a través de la ficción. Acaso por ello renuncia a escribir novelas sobre dos temas que le apasionaban y que suelen llegar juntos: los acontecimientos históricos y las batallas. “Inventario” es una demostración del espléndido novelista de peripecias que Pacheco no quiso ser. El efecto secundario de esa vocación cancelada son indelebles crónicas sobre personajes de la Independencia, la Reforma o la Revolución, y sugerentes descripciones de batallas. Varias veces se refirió al primer Porfirio Díaz, el general que recuperó la Ciudad de México durante la intervención francesa, apoyándose en una tropa muerta de hambre: los chinacos. Su entrada a la capital produjo más susto que alivio, no por lo que esos andrajosos batallones pudieran hacer ahí, sino por el estado en que se encontraban. Hombres enjutos, famélicos, almas en pena que sin embargo habían derrotado a uno de los ejércitos más poderosos sobre la Tierra. En otro pasaje, Pacheco describe la toma de Puebla por parte de Díaz, con precisa logística militar: “Cuando supo que Márquez se aproximaba, decidió jugarse el todo por el todo y lanzarse al asalto general. Tres columnas atacaron el convento del Carmen a fin de distraer a los imperialistas mientras otras 14 columnas esperaban la señal para la gran ofensiva: un enorme lienzo que ardería en la iglesia de San Juan” (27 de octubre de 1980).
¿Resisten las empresas literarias? ¿Es posible edificar entre ruinas? Una y otra vez Pacheco alude a la condición perecedera de la cultura. Es pesimista respecto al número de lectores, la calidad de la educación, la importancia actual de valores que alguna vez fueron esenciales. Y, sin embargo, insiste. “Inventario” es el tenaz espacio donde alguien dibuja sobre la arena, sabiendo que los signos serán borrados por el agua. Todo dura demasiado poco. Después de revisar la titánica tarea de Vasconcelos concluye que en 1982 se vive el “fugaz minuto de su posteridad”. Más temprano que tarde, cae el crepúsculo y los dioses relegan al olvido a quienes un día fueron sus favoritos.
Sin embargo, en el fondo, Pacheco no comparte una amarga certeza sino una advertencia. Señala que la cultura se desvanece y escribe con denuedo para defenderla. “Somos nuestras contradicciones”, comenta hacia el final de su columna dedicada a Vasconcelos.
A lo largo de más de 40 años, José Emilio Pacheco alertó sobre la devastación y dejó un valioso instrumento para combatirla: “Inventario”.








