La decisión de la Academia Sueca por Robert Allen Zimmerman (Bob Dylan), tomó desprevenido al mundo literario, como cuando se otorgó el galardón al actor-dramaturgo Darío Fo en 1997. La muerte de éste, paradójicamente, sucedió el jueves 13, mismo día del anuncio del Nobel para el “El Poeta de Minnesota”, cuyos momentos centrales son recogidos en el siguiente repaso, mientras que en encuesta adjunta una veintena de músicos y poetas dan la bienvenida o cuestionan la decisión.
Más allá de si la estrella de folk rock Bob Dylan merecía o no el Premio Nobel de Literatura 2016, las letras de sus canciones y escritos poéticos a lo largo de su carrera artística fueron motivo de elogios desde que se dio a conocer en los sesenta del “amor y paz”, reflejo de su misteriosa y elusiva personalidad.
Sin embargo, su música no siempre corrió con la misma suerte cuando quiso pasar de cancionero acústico a rockero eléctrico: El 25 julio de 1965 tocó en vivo con guitarra eléctrica con Paul Butterfield, intérprete de la armónica, y fue abucheado por un público que le gritó “¡vendido!” en el Festival Folk de Newport. Dylan se retiró con lagrimeos.
“No lloré, solamente me sentí desconcertado y probablemente estaba un poco borracho… Yo no entendía esas críticas… yo rompí esquemas metiendo nuevas imágenes y actitudes en el folk, utilicé frases y metáforas que evolucionaron para convertirse en algo que jamás se había escuchado.”
El 28 de agosto de ese mismo año, acompañado de The Band en el estadio de tenis de Forest Hills, California, algunos le espetaron los 90 minutos del concierto:
“¡Judas, traidor! ¿Por qué no trajiste a Ringo? ¡Toca música folk! ¡Basura! ¿Dónde dejaste a Dylan?”.
Se quejó con el baterista Levon Helm:
“¡Pinches beatniks! ¡Ojalá me hubiera chiflado todo el estadio lleno! Pero es buena publicidad y vamos a vender más boletos en la gira. ¡Que ladren todo lo que gusten!”
“El Poeta de Minnesota”
A partir de 1997, el poeta cantor Bob Dylan fue candidateado gracias a su colega de la generación Beat, Allen Ginsberg, quien tres meses antes de morir propuso su nombre a la Academia Sueca, vía del profesor de inglés y bellas artes Gordon Bell, del Instituto Militar de Virginia, el cual para comienzos de 1999 oficialmente lo postuló con apoyo de catedráticos afines.
Bell evocó que en 1923 dicho galardón lo habían dado los jueces Nobel al poeta irlandés W. B. Yeats, debido al “grandioso elemento de cantos que son comunes en la poesía norteamericana moderna”. ¿Acaso no el propio Yeats había declarado que el bengalí Rabinadrath Tagore, Nobel de Literatura 1913, “fue tan grandioso en la música como lo es en la poesía”?
Bell les recordó que dos años antes habían reconocido a un artista italiano cuyo trabajo “depende de ser escenificado para su completa realización”, el dramaturgo Darío Fo, fallecido este mismo 13 de octubre en que se anunció ganador a Dylan “por haber creado nuevas expresiones poéticas en el marco de la gran tradición musical americana”.
Al comenzar el siglo XX, el llamado Poeta de Minnesota (nacido el 24 de mayo de 1941 en la ciudad de Dulut), decidió bajar del Olimpo y se puso a redactar su tercer libro, Bob Dylan Chronicles, biografía de casi 300 páginas que salió el 12 de octubre de 2004 y cuyo primer tiraje de 250 mil ejemplares lo calificó la editora Simon & Schuster como “una obra extraordinaria, reveladora, novedosa y hermosamente escrita”. En ese volumen renegó de ser abanderado de la juventud en los sesenta, justificó su distanciamiento por acoso de los fans, al tiempo que manifestaba cómo la fama arruinó su creatividad, confirmando una verdad que su amiga, “madre y hermana protectora”, la activista Joan Baez, intuía en sus memorias And a Voice to Sing With:
“Bob, a veces pienso que perdiste contacto con la realidad durante aquella gira británica de la primavera de 1965…”
Veinte años después fue proclamado el primer artista estadunidense en conquistar el premio Príncipe de Asturias 2007 en el rubro de las Letras. Sus viejos fans lo coronaron de nueva cuenta con un halo sacrosanto que eludía al artista real, acusado por algunos de Dios machista e inalcanzable. Las razones del acta difundida por el jurado de 20 expertos hispanos otorgó el lauro a “Robert Allen Zimmerman, mito viviente en la historia de la música popular y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar al mundo. Austero en las formas y profundo en los mensajes, Dylan conjuga canción y poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de millones de personas”.
Robert Allen se volvió Bob Dylan, en honor al poeta galés Dylan Thomas.
Ritmo de los santos
Se le puede hoy imaginar en 1960 por las carreteras del río Mississippi vestido con ropa deshilachada, su guitarra a cuestas, la mirada azul que sueña un aventón hacia Nueva Jersey para visitar a su ídolo enfermo: el cantautor campirano de rolas políticas Woody Guthrie.
Parece un Sal Paradise del On the Road de Kerouac, pero adolescente, escribe poesía y vaga en la tradición romántica de los poetas Beat, “según la leyenda”, en recuerdos del crítico londinense Nick Cohn (AwopBopaLooBopAlopBamBoom, 1969):
“Provenía de una familia judía muy conservadora del Este Medio, se había escapado siete veces de su hogar y de la secundaria y la prepa… Era extraño. Técnicamente no era hábil, rasgueaba mal la guitarra y soplaba mal la armónica, apenas cantaba entonado, y tenía una fea voz que salía de su nariz a gemidos. Empero, era misteriosamente magnética y se te revolvía en la cabeza. Aunque no te gustase, te hería.”
A su vez, el periodista alemán Rolf-Ulrich Kaiser (El mundo de la música pop, 1972) lo vio así:
“Resulta difícil establecer una biografía de Dylan, debido a su interés por presentarse como una persona sin pasado. La mayoría de detalles que ha dado sobre su vida son evidentes mentiras…”
Escribió Dylan en su primera canción, “Talking in New York”:
Y luego de semanas y semanas de errabundo,/ Finalmente hallé trabajo en la ciudad de Nueva York,/ En un lugar más grande, con mejor salario,/ Hasta entré al sindicato y pagué mis deudas.
Para 1961, a los 20 años de edad, lo hallamos en la Gran Manzana, donde en el Gerde’s Folk City de Greenwich Village conocerá a la mujer destinada a hacerlo triunfar en los Estados Unidos, Joan Baez (una divina Tristessa de sangre mexicana, como la amante de Jack Kerouac en otra de sus novelas), cuenta:
“Nada de él impresionaba, sobre todo tenía un aire provinciano, con sus cabellos cortos alrededor de las orejas y rizos en la nuca; con un pie saltando encima del otro, lucía apachurrado por su guitarra. Llevaba chamarra de cuero viejo dos tallas más chicas para él… Pero poseía una sonrisa irresistible…
“Al tiempo que la guerra de Vietnam inició, me dispuse a luchar contra ella como millones de estadunidenses… El nombre de Bob Dylan quedaría asociado a los movimientos revolucionarios de esa década como el jefe de la revuelta para el cambio social, aunque a mi modo de ver a él no le interesaba… Su forma de involucrarse se limitaba solamente a escribir canciones… Nuestros caminos se apartaron. Al preguntarle porqué éramos tan diferentes me contestó que era sencillo: yo creía en el cambio social y él sabía que era imposible. Su respuesta me dejó helada. Quizás él iba a convertirse en el Rey del Folk Rock y yo en la Reina de la Paz.”
Cuando invitó a Dylan a sus giras, le inspiró las grandes canciones contra las injusticias y el racismo. Su tema “Blowin’ in the Wind” se escuchó en el mundo entero en los sesenta, por la versión de Peter, Paul & Mary.
¿Cuántas veredas debe un hombre recorrer antes de que se le considere hombre?/ ¿Cuántos mares debe una blanca gaviota sobrevolar antes de que en la arena repose?/ Sí, y ¿cuántas veces las balas de cañón necesitan elevarse antes de ser proscritas para la eternidad?/ La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento…
Canta y no llores
La canción emblema del jefe Dylan se gestó en épocas optimistas, cuando “El Papa bueno” Juan XXIII anunciaba la renovación de la Iglesia católica y el presidente John F. Kennedy prometía acabar con la guerra de Vietnam.
Durante el movimiento estudiantil del 68, varios cánticos de parodias y crítica política se popularizaron en México por el conjunto Los Nakos, fundados por Ismael Colmenares, Maylo:
“Los rocanroleros jipitecas tuvieron gran influencia de la música de protesta general, de Pete Seeger a Dylan, en tanto que Los Nakos profundizamos más en la balada, rock y blues. Teníamos influencia beatlesca. Con mi grupo de rock, el Sindicato del Mole Poblano, llegué a cantar en español cosas de Dylan, como ‘La respuesta está en el viento’ y ‘We Shall overcome’, de Joan Baez…”
En 1983, el rocanrolero tijuanense Javier Bátiz grabaría “The Answer is Blowin’ in the Wind” con Rockdrigo González (El profeta del Nopal y también “El Bob Dylan mexicano”) en la armónica, para su disco LP Radio Complacencias (Fotón https://www.youtube.com/watch?v=NqEnViDQnwk).
Además, Bob Dylan le dedicó a México dos canciones: “Romance in Durango” (del álbum Desirée) y “Goin’ to Acapulco”, que grabó con los músicos canadienses y norteamericanos de The Band en Woodstock hacia 1967 –cuando se recuperaba ahí de un accidente en moto– y se editó en 1976 para el disco doble The Basement Tapes. Asimismo, se cuenta que estuvo en Guadalajara de incógnito y era amigo de Tony Vierling (la voz inconfundible del conjunto tapatío Los Spiders), tras grabar la banda sonora del filme Pat Garrett & Billy The Kid, un western de Sam Pekinpah (Perros de paja, La huída) en la Ciudad de México, el 20 de enero de 1973.
No llores, mi querida/ Dios nos vigila/ Soon the horse will take us to Durango/ Agárrame, mi vida…
Como durante la primera década del nuevo siglo Dylan sonaba invariablemente en la prensa como uno de los favoritos al Premio Nobel, en 2011 el secretario permanente de la Academia Sueca, Peter Egelund, se vio obligado a equipararlo con “un ovni literario”. Para marzo de 2013, fue elegido miembro honorario de la Academia Americana de Artes y Letras.
“Bob Dylan es un artista multitalentoso cuyo trabajo abarca muchas disciplinas que desafían el encasillamiento”, dijo Virginia Dajani, la directora.
En el otoño de 1966, cuando la editora The MacMillan Company iba a publicar Tarántula, otras editoriales expresaron su envidia: “¡Eso va a vender un chorro –comentaban–, mira cuánto vendió el libro de Lennon! Tratándose de Dylan va a vender el doble, no importa lo que escriba”.
Tarántula fue un fiasco. Acudieron en su auxilio los amigos Beats, y en la gira de 1974, Michael McClure lo comparó en su alabanza “Poeta de poetas” con William Blake:
“Leerlo por vez primera me emocionó tanto como Jack Kerouac –apuntó–… Bob Dylan es un poeta. Ya sea que traiga querubines en su pelo y alas de hada, o pies de lodo, es un poeta.”
Para el periodista neoyorquino Robert Rosen (Nowhere Man. The Final Days of John Lennon, 2006), “es irrefutable que a Bob Dylan se le otorgó el Nobel por ser un poeta grandioso e inspirador de Lennon, Paul Simon o todo aquel que sea letrista de canciones”.
Sin embargo, otros críticos han optado por un análisis menos apasionado, hallando rasgos machistas en las letras de Dylan, como en su canción “Just Like a Woman”. Uno de ellos es el profesor Richard Goldstein, quien para acercarse al verdadero Dylan redactó el 15 de mayo de 2006 en su artículo “Satellite Dylan” (The Nation):
“Sus canciones abundan en la sumisión femenina, en la balada ‘Infieles’ (1983) dice: ¿Qué hace un bombón como tú en este lupanar?/ Bien sabes que deberías de encerrarte en casa,/ ahí es el sitio donde perteneces para cuidar al que te ama de verdad y nunca te hará daño…
“¿Qué pensaría una mujer de esta porquería? No podemos saberlo, ya que en el rock impera el dominio masculino, pero es fácil responder cuando vemos que su público está diseminado en un espectro donde se exalta el poder sexual masculino… Tomemos su proverbial manera de escapar y eludir las cosas: el yo está enmascarado; nada se nos revela. Este disfraz es reflejo de un machismo que permea la cultura norteamericana… Dylan es protagonista de sagas así. Es quien preserva la flama del patriarcado.”
Sus conclusiones estallan en duro golpe para los fabricantes de leyendas como en el caso de los fans de Dylan, los hagiógrafos (“estudiosos de la vida de los santos”). Es una crítica honesta y, sin embargo, brutal, demoledora al convertir al Poeta de Minnesota en lo contrario de aquello por lo cual alguna vez peleó y que, al presente, equivale casi a una reliquia sin sustancia. Tiene seguidores guardianes de su verdad y salvación contenida en sus palabras (una especie de “La Biblia según Dylan”), y “la religión que pregonan es la Dylanología”, en términos del estudio Dylan’s Visions of Sin, “Visiones del pecado”, del estudioso Christopher Ricks.
Aunque no habrá conclusión definitiva, toda vez que para el catedrático de Literatura Inglesa de la UNAM y narrador Hernán Lara Zavala, el Nobel de Literatura 2016 “nos proporciona una gran felicidad a quienes gustamos tanto de sus rolas, pero en lo personal yo no consideré a Dylan de mayor altura poética que T. S. Eliot o Auden”.
El segundo libro de Robert Zimmerman se llamó Bob Dylan. Writings and Drawings (The Chaucer Press, 1972). Reproducía las letras de sus discos entonces publicados, poemas inéditos… y dibujos suyos.
Porque Dylan, el poeta cantor, también pinta.








