El miércoles 12 conmemoramos el noventaiún aniversario de la última edición de la universidad estatal, mejor conocida como Universidad de Guadalajara (UdeG). En 1925, José Guadalupe Zuno, gobernador de Jalisco, ordenó su reapertura. Los interesados reunieron la pedacera de institutos educativos dispersos que realizaban talacha cada uno por su cuenta. Volvieron a ponerse en la disposición de trabajar juntos, a partir de la consigna oficial. Se da el día 12 de octubre como fecha oficial de la reiniciación de la nueva etapa universitaria en el estado.
Bajando a detalles de hemeroteca, esta fecha se corresponde más bien con el penúltimo arranque. De 1933 a 1937 conoció la universidad su último cierre temporal. Había demasiadas tensiones y forcejeos por aquellos años, disturbios hasta cruentos para permitir que lo escolar se implementara y funcionara de manera eficiente. Mas ya vemos que, para fin de ordenar festejos y conmemoraciones, se hace a un lado este periodo, en que se mantuvo cerrada y a punto de volver a naufragar, y que se fija el de 1925 como fecha oficial para su reapertura en la era contemporánea.
Los administradores actuales hacen ruidos extraños. No atienden la precisión de estas historias concretas. En los infomerciales que difunden aparece como bicentenaria. Es un dato que por fuerza induce a la confusión. Cierto es que el buen obispo don Antonio Alcalde, en tiempos de la Colonia, promovió la erección de una universidad para esta zona, conocida en aquellos ayeres como Nueva Galicia. Él murió en 1792. No alcanzó a ver realizado el sueño de que, por autorización del rey, quedara instalada y en funciones la real y literaria UdeG.
Siguiendo la pista de esta fundación y de estos laureles antiguos le cuelgan el adjetivo de bicentenaria. Lo complicado viene de considerar dos puntos clave en tales precisiones. Uno, que lo que ahora llamamos México y que es el país que hollamos, tiene su inicio en 1821. Antes de esa fecha, administrativa, política y emocionalmente fuimos colonia española y todas las consecuencias que de tal pronunciamiento se deriven. La otra nota es más brava aún: esta vieja universidad colonial fue clausurada aquí en 1826 por nuestro primer gobernador constitucional don Prisciliano Sánchez. Por lo menos habría de señalarse que aquí hubo dos universidades, la colonial y la actual.
En los avatares de lo universitario hay que registrar una extraña danza de la que poco se habla. En el siglo XIX vivimos medio siglo de gobiernos llegados al poder mediante golpes de Estado. Lo arrebataban los conservadores y reabrían la universidad. Subían los liberales, cerraban la universidad y abrían su llamado instituto de ciencias. Eran las mismas instalaciones, los mismos profesores y los mismos alumnos, pero se les enjaretaba distinto nombre. Son las bellas cuentas de un surrealismo tan nuestro. Así alternaron etiquetas en 1826, 1834, 1847, 1853 y 1855. En 1860, don Pedro Ogazón la clausuró definitivamente.
No fue tan definitivo el cierre, pues medio siglo después la reabrió don Guadalupe Zuno, siendo gobernador culto y animoso por los asuntos de la cultura y la educación, no como los palurdos gobernantes que padecemos en las últimas décadas a los que sólo les retintinea en las orejas el ruido metálico de las monedas públicas para volverlas tesoro privado. Con esta multitud de fechas, es evidente que a los administrativos universitarios actuales tampoco se les clarifica el panorama histórico ni cultural. Lo triste empero viene siendo su ceguera atroz en lo propiamente educativo, que es el pretexto para su oficio. Es la coartada con la que llenan sus bolsas particulares de dinero “bien habido”. Así vemos su desparpajo para hablar unas veces de universidad bicentenaria, otras de un alma mater casi centenaria. Lo de “benemérita” lo echan de pilón, por aquello de buscar blasones, giros de abolengo y títulos nobiliarios.
La dinámica de ningunear a quienes apartan estos próceres de la nómina universitaria es costumbre que nunca desapareció en ninguna de sus ediciones. Ha sido su mecanismo más constante. Es una lección más que bien aprendida. Los liberales cerraban la universidad para dar de baja a los no adictos a su nuevo plan de favoritos de la algarada que se imponía. Los conservadores hacían lo mismo, si bien con banderas encontradas. Unos y otros se aplicaron siempre la misma receta amarga, en los días de Juárez, en los de la revolución y lo siguen haciendo hasta la fecha. Aprendieron a aplicar el mismo rasero selectivo.
Es la razón por la que en la década de los años treinta segregó a profesores y alumnos católicos, tildados de cristeros. Éstos terminaron por irse con su música a otra universidad y fundaron la que se conoció por muchos años como Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG). Era la misma universidad: tapatía, mocha, fanática del anticomunismo, proyanki, autoritaria y centavera. A partir de entonces tenemos dos versiones universitarias, la “tecolota” que es la autónoma, y la oficial, que entona las mismas rancheras. No se piden nada en lastres la una a la otra. La oficial tuvo su FEG, sus pistoleros, sus arbitrariedades, su dinámica impositiva y arbitraria, sus fórmulas de segregación y hasta su eliminación de “indeseables”.
Lo que las volvió enemigas irreductibles fue la disputa por la nómina oficial. Traían acendrado el mismo fervor. La que mostrara más comedimiento y genuflexión por el discurso, o como se dice ahora por la narrativa, del poder en turno, ésa amasaría los dineros que les llegara desde la esfera de la recaudación. La UdeG terminó ganándole la partida a su siamesa UAG. Ésta tenía padrinos de mucho peso, en el centro del país. Allá estuvieron en un tris de inclinarse a su favor y convertirla en la universidad oficial. Pero la UdeG se quedó con la estafeta para disponer de la nómina oficial de manera definitiva.
En la época de Miguel Alemán, con el señuelo UNAM, parecía que la decisión central favorecería a los tecos. El gobierno local buscó plegarse a esta línea. Por tales flujos y reflujos, fundaron aquí el Instituto Tecnológico y la vocacional. Con ellos iban a suplir a la universidad y a su añeja preparatoria. Repetían a la calca la alternancia de liberales y conservadores. La cercanía de González Gallo con el gobierno federal estuvo a punto de cuajar ese proyecto. Pero con López Mateos se definió el modelo de las IES tal como lo conocimos a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI.
Ahora vivimos el embate Peña-Nuño en contra de la estructura educativa nacional. Sus embates están dirigidos a la educación básica. Luego irían por la educación de nivel superior. Pero los maestros del nivel elemental les pusieron demasiadas piedras en el camino y los mantienen entrampados. No se ve cómo puedan salirse de ese laberinto. Les queda muy poco tiempo ya para imponerlo. La gente del rubro educativo elemental suele ser demasiado empecinada. Se necesitan más que relumbrones para hacerla seguir un cencerro. La lección de abyección que conocemos de la UdeG no aplica del todo con el resto de los mentores. Más bien hay que verla como una excepción a la regla.








