Eligió el 2 de octubre y Guadalajara para morir

El suicidio del escritor, periodista y exlíder estudiantil Luis González de Alba silenció una voz peculiar en el debate político mexicano, que pasó de la izquierda a la feroz crítica de la misma. En entrevista con Proceso Jalisco, una trabajadora de sus confianzas relata cómo preparó, en la intimidad, el que resultó ser su último acto de resonancia pública.

El estruendo de un disparo rompió la tranquilidad matinal el domingo 2, en el vecindario de la colonia Americana, en la Zona Rosa de Guadalajara. Por la metrópoli tradicionalista, conservadora y con rasgos homofóbicos, empezó a correr lentamente la noticia del suicidio de un hombre de 72 años.

Las autoridades municipales recibieron el reporte de una persona muerta de un balazo, encontrada en el número 2237 de la calle Vidrio, casi esquina con avenida Unión. Era el domicilio del escritor, divulgador de la ciencia y exdirigente del movimiento del 68, Luis González de Alba, que acababa de suicidarse.

La mañana del martes 4, dos días después del hecho, la trabajadora doméstica Guillermina Torres barre el patio que el periodista y narrador habitó durante más de dos décadas. Desde la casa se escucha apenas la música instrumental, cuando la señora Guille –como se le conoce en el entorno de González de Alba– recibe al reportero.

Recuerda que el sábado su patrón le había dado la instrucción de no ir a trabajar el domingo 2, a pesar de que ella solía ir a curarlo.

–¿Cuánto tiempo tenía usted trabajando con él? –se le pregunta.

–Estuve con él desde que llegó a Guadalajara, hace ya más de 20 años. Era una fina persona conmigo, buen patrón. Nada más que estaba enfermo de vértigo y me decía que se deprimía cuando estaba a punto de llegar el 2 de octubre. Y sí, se veía triste.

Comenta que ella le aplicaba las inyecciones prescritas por el médico para enfrentar el vértigo.

–¿Usted lo vio el día que murió?

–No. Se mató en domingo en la mañanita. Su hermana me dijo que todavía a las siete escribió algo en su Facebook. El sábado él me dijo que el domingo le hablara a ella (a su hermana también llamada Guillermina) como a las 10 y media de la mañana y si no contestaba que le insistiera para decirle que viniera a verlo.

“Le hablé a la hermana un poco más temprano y ella me regresó la llamada. Me dijo: ‘Ya le hablé y no contesta’. Yo seguí las instrucciones de don Luis: le dije que fuera a su casa y así lo hizo. Cuando llegó, abrió la puerta y lo halló con un balazo en su cuerpo.

–¿Entonces ya tenía todo bien planeado?

–Como tres veces me dijo lo que debía hacer. El 1 de octubre me dio indicaciones para el día siguiente. Me dijo: “Tú no vas a venir mañana”, porque yo venía los domingos a curarlo desde que se nos cayó de la escalera. Y estaba malo de sus ojos.

“A mí me tocaba atenderlo. Le hacía las curaciones o lo inyectaba. Y cuando le daba el vértigo o se ponía mal en su despacho, donde estudiaba, lo llevaba a descansar a su cama. La enfermedad lo fue minando poco a poco.

“Él estaba tranquilo el día 1, nada más que, me dijo, el 2 de octubre lo entristecía… ya ve que él era uno de los dirigentes del 68… Me comentaba que le dolía mucho ese recuerdo. Y me advirtió: ‘No me hagas caso porque en estos días me pongo muy mal’.”

–¿Quiénes acostumbraban visitarlo?

–Venían su hermana o su cuñada cada ocho días, comían con él. Y su mamá cuando vivía. También el señor Pedro, su hermano, y en ocasiones se juntaba toda su familia.

–¿Cómo estaba antes de ese fin de semana? ¿Algo indicaba que podía suicidarse?

–No, estaba tranquilo, se veía calmado y de repente feliz. Todavía el sábado nos reímos. Después me preguntó qué día era y yo le dije 1 de octubre. Insistió: “¿Mañana qué día va a ser?”. Él mismo respondió: “Mañana, 2 de octubre, día de la conmemoración de la matanza de Tlatelolco”. Lo dijo cuando ya me iba a mi casa.

“Al día siguiente le hablé a su hermana como a las nueve. Ella me comentó que le faltaban tres calles para llegar a la casa de don Luis y decía que no quería terminar el trayecto. Parece que presentía algo.”

–¿Qué pensó usted cuando le dieron la noticia de que había muerto?

–Como yo también estoy enferma, me le quedé viendo a mi esposo, que recibió la llamada, y dije: “Ya se murió mi patrón, ¿verdad?”. Sólo me respondió con señas y me pasó el teléfono. Entonces su hermana me dijo que lo había encontrado muerto, que era un asunto espantoso y que ya le había hablado al Servicio Médico Forense. Fue todo.

“Ahorita lo traigo en mi mente. Pienso mucho en don Luis, por eso escucho esa música que a él le gustaba y digo en mi cabeza: jefe, yo te pongo tu música, ya no estés triste, todo está bien.”

La muerte calculada

El primer reporte sobre el fallecimiento de González de Alba fue recibido al filo de las 12 del día por la Comisaría de Seguridad de Guadalajara. Se avisó que había una persona herida en una casa en el cruce de avenida Unión y Vidrio. Posteriormente, la policía llegó al lugar y dio fe de que se trataba de un hombre con un balazo en el abdomen.

En el comunicado que emitió el lunes 3, la Fiscalía General del Estado (FGE) describió la muerte de González de Alba como un suicidio:

“Al realizar la fijación de indicios, se dio fe que el cuerpo de esta persona estaba recostado sobre una cama y junto a su mano derecha se localizó un arma de fuego calibre .22, con tres cartuchos útiles. Debajo del cuerpo, los peritos aseguraron un casquillo del mismo calibre.”

Identificó el cuerpo José Arturo González de Alba, de 68 años, quien dijo desconocer los hechos en los que falleció su hermano. De acuerdo con el resultado de la autopsia, la causa de la muerte fue una herida de bala que penetró el tórax.

González de Alba fue uno de los fundadores del Consejo Nacional de Huelga en el movimiento estudiantil de 1968. Tras la represión del 2 de octubre fue encarcelado en el penal de Lecumberri, donde escribió su novela Los días y los años, donde relata los acontecimientos de aquella movilización estudiantil.

Fue también autor de El vino de los bravos, El sueño y la vigilia, Las mentiras de mis maestros, El burro de Sancho y El gato de Schrödinger, La ciencia, la calle y otras mentiras, entre otros libros. En 1997 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo por su labor en la divulgación de la ciencia.

Diego Petersen Farah, quien fuera directivo del diario Público y colaborador de El Informador, recordó que González de Alba fue uno de los pioneros en el periodismo de divulgación científica. Para él, su columna “La ciencia en la calle” era las más longeva y respetada en ese campo porque “Luis tenía algo que no abunda en el periodismo ni en las ciencias sociales: una inteligencia matemática”.

En la red social Facebook Adrián Cortés, quien se presenta como sobrino del escritor, reclamó: “¿Quién fue el acomedido que solicitó a Facebook convertir la cuenta de Luis González de Alba en cuenta conmemorativa por su fallecimiento? Yo soy su sobrino y quería dar un aviso público de parte de nuestra familia y ya me bloquearon el acceso a la cuenta con todo y que tengo las contraseñas”.

En entrevista, el doctor Alfonso Islas Rodríguez, catedrático de la Universidad de Guadalajara, señala que González de Alba será recordado como un gran divulgador de la ciencia, a quien le gustaba polemizar. Añadió que con frecuencia lo invitaban a impartir charlas a los alumnos de la maestría de Comunicación de la Ciencia y la Cultura en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente:

“Con su muerte se pierde, pero también se gana en cuanto al legado que nos deja. Yo ya estoy seleccionando algunas de sus columnas para reproducirlas en mi programa de radio y en mi muro de Facebook lo vamos a estar redisfrutando, y lo que sea de divulgación de la ciencia lo vamos a valorar cada vez más. Perdimos una voz clara, inteligente, que no acostumbraba ningún tipo de hipocresía en su persona, pero ganamos con su enseñanza.

“Aunque no fue jalisciense, porque nació en San Luis Potosí, se consideraba jalisciense. Es muy paradójico que sin ser de estas tierras haya querido tanto a este pueblo, pero fue parte importante en la lucha contra la visión conservadora que se tiene en esta parte del país. Eso fue ejemplar. Él siempre fue muy congruente, un defensor a ultranza de las libertades civiles y de los derechos humanos.

“Fue un crítico de la izquierda. Tuvo también sus críticas para la derecha. Puedo destacar su derecho a la libertad que siempre ejerció, al grado que eligió el momento de su muerte, en un día tan simbólico como el 2 de octubre. Es el disfrute extremo de su libertad, hasta al grado de lo salvaje, como lo apuntaron varios de sus más entrañables amigos.

“El caso de su preferencia homosexual habría que defenderla a capa y espada, y qué mejor hacerlo en un lugar tan conservador como Guadalajara. Nunca fue de clóset, sino un militante, un defensor de la libertad sexual. La enseñanza que deja es que decidió morir aquí, en esta ciudad tan conservadora: eligió defender la libertad.”

El psicoterapeuta Alejandro Rozado Morales, quien conoció a González de Alba durante el movimiento del 68, cuando el primero militaba en el Partido Comunista Mexicano, dice:

“Un mutismo inexplicable rodea a los medios y redes acerca del suicidio, predecible desde hace tiempo, de Luis González de Alba, destacadísimo dirigente juvenil del 68 y hombre de izquierda hasta que se topó con el neoliberalismo de los ochenta.”

Para Rozado, González de Alba fue un ejemplo del transformismo mexicano: fue reprimido ferozmente y, después, cooptado en las páginas del oficialista diario Milenio, señala. Le critica su recalcitrante voluntad de ser crítico contra la crítica, dejando a un lado el objeto mismo de la misma, y remata:

“González de Alba, ese joven que encaró el rostro violento de la historia, terminó por darle la espalda a la misma. Sus últimas fotos revelan la pérdida del brillo en su mirada y la agonía de un ser que quizás ya había muerto tiempo atrás. Como quiera que sea, descanse en paz.”

En las últimas semanas el escritor y periodista discutió los detalles de la cesión de derechos de dos libros a la editorial Cal y Arena: una revisión del movimiento de 1968 titulada Tlatelolco, aquella tarde, y una colección de artículos de divulgación científica.

Tras la muerte de su amigo y colega el escritor Héctor Aguilar Camín, escribió: “Su muerte ha sido el acto último de su salvaje libertad (…) Murió como vivió: como le dio la gana, ejerciendo sin límites su autonomía y su libertad”. Además, aclaró que González de Alba era seropositivo y por eso creó en los años ochenta la Fundación Mexicana Contra el Sida, a fin de ayudar a prevenir la enfermedad.