Vivir entre baches

El dato –dato oficial, vale decirlo– es como para quitarle el hipo hasta al más flemático de los tapatíos: la tercera parte de las calles de la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG) está en malas condiciones… Para reparar esas vialidades gravemente dañadas y hacerlo de un modo eficaz y duradero se requiere de una inversión que rondaría los 15 mil millones de pesos, aparte de que ello demoraría al menos tres administraciones municipales, siempre y cuando éstas no cejaran en el empeño.

Por lo pronto, los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan acaban de anunciar un programa conjunto de repavimentación para los próximos dos años (los mismos que les restan a ambas administraciones), con una inversión de 3 mil 141 millones de pesos (El Informador, 30 de septiembre). Buen comienzo, aunque éste no pase de ser sólo eso: el inicio de una tarea de romanos que, de poderse sostener durante los siguientes trienios, vendría a enmendar lo que sucesivos gobiernos metropolitanos dejaron de hacer a los largo de los últimos 25 años.

Pero aun así no dejaría de ser un proyecto incompleto, pues se requeriría también que los ayuntamientos de Tlaquepaque, Tonalá, Tlajomulco y el resto de la ZMG se sumaran igualmente a esta suerte de cruzada contra baches, hoyancos y vialidades en mal estado, el cual acaban de poner en marcha el alcalde tapatío Enrique Alfaro y el zapopano Pablo Lemus en sus respectivos municipios. De no cumplirse, este programa de repavimentación habrá de ser fatalmente incompleto para desgracia de quienes transitan por esta parte del mundo.

En honor a la verdad, se debe decir que la incesante proliferación de hoyancos en las calles y avenidas en toda el área metropolitana no es un problema reciente, sino un achaque bastante añejo, el cual se recrudece con cada nuevo temporal de lluvias, pues se trata de algo que se ha venido agravando desde fines de los ochenta y hasta ahora no ha podido resolver ninguna de las administraciones de los municipios metropolitanos que han desfilado desde entonces, administraciones que en algunos casos –muy pocos, por cierto– han aplicado pequeños paliativos, pero que no han podido dar con el remedio de fondo.

Dicho de otra manera, la proliferación de baches y el deterioro de la tercera parte de la superficie de ¡toda la ZMG!, no es algo que haya comenzado con el presente temporal de lluvias ni tampoco que sea enteramente achacable en funciones como algunos desafectos de Alfaro, Lemus, Limón y compañía han pretendido hacerlo con más arrebato que buen juicio.

Hace veintitantos años, cuando la capital tapatía era gobernada por el priista Gabriel Covarrubias Ibarra, éste también tuvo que capotear los airados reclamos que le hicieron los automovilistas de entonces, quienes igualmente se quejaban por la proliferación de baches. Más allá de una simpática ocurrencia de don Gabriel, quien paladinamente dijo que él no había mandado traer las lluvias que estropeaban las calles de su municipio, el funcionario de marras no pudo resolver ese problema; tampoco pudo hacerlo su sucesor Alberto Mora López, quien llegó a suplir a Enrique Dau Flores, luego de que éste fuera encarcelado a los pocos días de haber asumido el cargo, cuando  quisieron hacerlo responsable de las explosiones del 22 de abril de 1992.

Tampoco pudo con los baches la seguidilla de los seis alcaldes panistas, más los tres interinos del mismo partido, que durante ¡18 años 18!, despacharon en el Palacio Municipal de Guadalajara: César Coll Carabias, Francisco Ramírez Acuña, Héctor Pérez Plazola, Fernando Garza Martínez, Emilio González Márquez, Ernesto Espinoza Guarro, Alfonso Petersen Farah y Juan Pablo de la Torre. Como tampoco lo pudieron hacer los priistas que llegaron a suceder a los anteriores, entre 2009 y 2015: Aristóteles Sandoval Díaz, su interino Francisco Ayón López y, en seguida de éste, Ramiro Hernández García.

Tal vez el ejemplo más desastroso de esa impotencia municipal y mala planeación ídem haya que buscarlo en la administración del alcalde Sandoval Díaz y Ayón López, cuando se contrató un crédito multimillonario para obras de pavimentación. Y lo único que consiguieron fue repavimentar con concreto hidráulico dos pares de avenidas; una de ellas (Ávila Camacho), por cierto, sería abierta meses después, con la consecuente destrucción de su flamante concreto de última generación, por las obras de la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano.

Por su parte, la administración municipal pasada, la que encabezó Hernández García, emprendió, con recursos federales, un programa de pavimentación y bacheo, sobre todo en el oriente de Guadalajara, pero sólo fue un paliativo, un paliativo parcial y transitorio, pero no lo que se requería y se sigue requiriendo: una solución duradera y extensiva.

Y la desgracia de muchas calles y avenidas de Guadalajara (la tercera parte, según se acaba de reconocer oficialmente) la comparten también, en mayor o menor medida, las rúas de Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá, Tlajomulco, El Salto, San Cristóbal de la Barranca y demás municipios que conforman la ZMG. La explicación de ello es bastante sencilla. Hace 25 años, cuando el alcalde tapatío era el ya mencionado Gabriel Covarrubias Ibarra, circulaba por las calles de Guadalajara y municipios aledaños menos de la tercera parte de los automóviles que lo hacen en la actualidad. La ecuación es bastante sencilla: a más coches, más baches y mayor desgaste en el pavimento de calles, avenidas y vías de acceso a la ciudad, sobre todo si, como es el caso de Guadalajara, dicho pavimento es predominantemente de un deleznable asfalto y no de concreto hidráulico.

Ante este panorama, no se necesita ser profeta para predecir que como se han venido haciendo las cosas hasta ahora –y mientras siga aumentando el número de automotores que circulan por calles y avenidas de la ciudad– la cantidad y la gravedad de los baches, lejos de disminuir, seguirá en aumento con cada nuevo temporal de lluvias. Y no es que el problema no tenga solución.

Por supuesto que la hay, aun cuando sería a mediano plazo y, como ya quedó apuntado, en un periodo que iría más allá de los tres años de una rala administración municipal y con un plan que comprometa tanto a los ayuntamientos metropolitanos como al gobierno de Jalisco, un plan en el que implicaría un aumento considerable en el presupuesto para pavimentación, a fin de ir sustituyendo el asfalto de las rúas con tráfico más o menos intenso –para empezar, el Periférico– por concreto hidráulico y de preferencia de última generación, no sólo por su mayor durabilidad, sino por permitir la infiltración del agua pluvial para la recarga de los sobrexplotados mantos freáticos del valle de Atemajac.

No de otro modo se podrá ir resolviendo el agravado problema de las ruinosas calles, avenidas, vías de acceso y demás vialidades de esta parte del mundo. De lo contrario, programas como el que conjuntamente acaban de emprender los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan, aun cuando siempre o casi siempre sean bien venidos y bien vistos –y también podrán servir para engordar las cifras de los informe anuales de gobierno– en la realidad de todos los días y de todas las noches no pasan de ser pequeños paliativos. Y así, por más dinero que de esa manera se siga desembolsando para obras de reparación de calles, el destino de los habitantes de la capital jalisciense será el de seguir viviendo entre baches.