Aunque la felicidad no llegue, la esperanza persiste”: La cita de Rousseau funciona como lema en la crisis existencial de Nathalie (Isabelle Huppert), causada por la debacle de su matrimonio y el desmoronamiento profesional como profesora de filosofía dedicada, idealmente, a enseñar a los jóvenes a pensar por sí mismos.
A lo largo de esta cinta de Mia Hansen-Love, El porvenir (L’avenir; Francia, 2016), se plantea una disertación filosófica sobre la visión del futuro; Nathalie se enfrenta a la evidencia implacable de que sus certezas, la seguridad de un matrimonio de 25 años y la plataforma de la filosofía en un mundo sometido a la mercadotecnia, se han hecho añicos. La salida sería la reinvención de sí misma. ¿Puede hacerlo una mujer de más de cincuenta años que siempre se ha regido por la lógica de sus ideas?
La respuesta fácil sería que sí, que ahora tiene que aprovechar su libertad; pero ni Nathalie estaba preparada para el momento, ni la sociedad se lo facilita. Con una buena dosis de ironía, Mia Hansen-Love denuncia la trampa en la que ha caído la mujer liberada; el machismo taimado de un marido, encantado con Kant, que deja a su mujer por una mucho más joven, y que acapara los mejores libros durante la repartición de la biblioteca común; más la biología inclemente del tiempo. Hija de profesores de filosofía, Mia Hansen-Love conoce el discurso sobre el porvenir de la mujer y los juegos tramposos de la burguesía intelectual.
La situación de Nathalie corresponde a la de la mujer rota, en el sentido expuesto por Simone de Beauvoir de aquella que cumplió con los requisitos de la convención social; sólo que Nathalie sí se halla entrenada para pensar y no puede ni dejar de notar la injusticia de su posición, ni caer en la autocompasión; a cada paso tiene que defenderse de un lugar común. Esperaba que el matrimonio y el amor de su esposo serían para siempre; pero ella misma se corrige cuando comenta lo tonta que fue al creerlo. O cuando se carcajea en el autobús porque se sorprende llorando cuando ve a su marido caminando feliz con una mujer joven.
Tampoco puede permitirse ni la sordidez de un encuentro casual en un cine, ni un flirteo abierto con Fabien (Roman Kolinka), el exalumno del que es mentora; lo peor es que éste no se siente suficientemente atraído hacía ella. Nathalie no encuentra cómo o dónde acomodarse, la comuna anarquista de Fabien no la inspira lo suficiente, ya pasó esa etapa; y menos puede resistir los embistes intelectuales de estos jóvenes sabiondos. Aún menos el modelo de la mujer que vivió de su imagen y de llamar la atención, como la parodia en la que se convirtió su madre (adorable Edith Scob), quien arma escándalo tras escándalo para llamar a los bomberos y que se ocupen de ella.
Pandora, el nombre de la gata que hereda de esta madre, funciona un tanto como clave de las diferentes tesis que confronta la película. La situación de Nathalie es la de la mujer actual que abrió la caja de todas la ideas que se escapan en desbandada pero que no puede evitar esperar para que llegue el amor y el reconocimiento.








