Aunque en los últimos años se ha incrementado el número de mujeres que ingresan en las fuerzas de seguridad pública, no se notan avances en el respeto a sus derechos ni mejoran sus oportunidades de desarrollo profesional, como se aprecia en el testimonio de una agente de Zapopan. Al respecto, la especialista María Eugenia Suárez indica que lo grave es que no se trata sólo de discriminación, pues en las corporaciones policiacas del país predominan la opacidad y la falta de conciencia sobre los derechos de las personas.
Marisela Castro Fernández es policía desde hace 27 años. Cuando llegó a la corporación, las mujeres se contaban con los dedos de las manos; ahora hay cientos, pero ella se queja de la falta de apoyo institucional y la urgencia de un enfoque de género.
Marisela Castro Fernández ha trabajado en Guadalajara y Tlaquepaque. Ahora está en la Comisaría de Seguridad Pública de Zapopan, integrada por mil 900 elementos operativos, de los cuales entre 15 y 17% son mujeres.
Recuerda que ingresó a los 14 años a la policía tapatía, le pidieron que se presentara “sexy”, con prendas de olanes y ropa de moda, que su mamá le proporcionó porque era costurera. Ella trabajaba como “apoyo” y contestaba el teléfono. Le pagaban quincenalmente, pero entró en la nómina hasta los 17 años.
Durante su carrera en las corporaciones mencionadas, Castro Fernández ha denunciado a 16 de sus compañeros por hostigarla y presionarla para que ceda a sus exigencias sexuales. Reconoce que es una situación difícil, pero la enfrenta sin temor:
“Yo no lo acepto. No me quedo callada aunque me castiguen y me vaya mal (…) He vivido un calvario. Respeto a mis compañeras, las que aceptan y les ha ido bien, y a las que también aguantan, porque no es fácil.”
Sin embargo, vive con temor por su integridad y no es a causa de su labor policiaca, sino por ser mujer. No quiere formar parte de las estadísticas de mujeres que son halladas sin vida y salen en los noticiarios.
Admite que los medios de comunicación y autoridades le dan bastante importancia a la violencia de género y los feminicidios, pero dice que eso no la hace sentir menos sola y desamparada ante el acoso. De hecho, enfatiza, el hecho de ser policía ha sido una desventaja porque tiene problemas con su expareja sentimental, que también forma parte de la corporación de Zapopan, y los jefes lo han favorecido. Por eso ella sostiene que hay machismo y favoritismo en ese sector del servicio público.
Relata que desde muy joven recibió la advertencia de un teniente: “Me dijo: ‘Mira, niña, si le vas a dar las nalgas a un sargento se las vas a dar a todos, y si no se las das a nadie, a nadie, pero no te la vas a acabar’. Yo lloraba. Me hacían muchas cosas. El secretario que me metió a trabajar, que era compadre de mi mamá, me dijo que así era la policía. Él también me acosaba, pero sí entendía si le decías que no; otros no lo entienden”.
A juicio de Castro Fernández el precio que paga la mujer policía para obtener un grado en alguna corporación policiaca es sacrificar su cuerpo.
Relata que ella es de las primeras mujeres que empezaron a patrullar la zona metropolitana, en 1993. En ese tiempo le pusieron al policía Artemio Ramírez Luna como pareja de trabajo. “Primero me mostró apoyo y afecto”, recuerda. Como tenía que soportar el acoso y al término del turno los varones la obligaban a tomar cervezas con ellos, explica, “Artemio me ofreció decirles que era su vieja, para que no me molestaran”.
Ella se sintió obligada a aceptar el trato, porque incluía ayuda económica de su compañero. Con el tiempo se enamoró.
La relación no funcionó. Castro Fernández muestra la copia de un oficio dirigido a Aldo Méndez Salgado, encargado de la Dirección Operativa de Zapopan y fechado el 22 de noviembre de 2010. En ese documento la agente le comunica a su superior que Ramírez Luna, adscrito al sector uno, es agresivo, la golpea y amenaza con matarla “con el arma con la que desarrolla su servicio”. Por tal motivo solicita que se le exhorte a modificar su conducta y se le cambie de turno o de sector para no tener contacto con él.
La respuesta a su petición fue contraproducente: a ella la asignaron a vigilar una gasolinera en conflicto por falta de licencia de construcción en la colonia Tabachines, mientras que a Ramírez Luna lo dejaron en la patrulla. Así, él pasaba diariamente por la estación de servicio para molestarla. “Lo beneficiaron a él, siguió igual, y a mí me fue mal porque en la gasolinera no había ni a dónde ir al baño”.
En la denuncia penal que presentó el 2 de diciembre de 2015 en la Agencia Especializada en la Investigación de Delitos Cometidos en Contra de las Mujeres (averiguación previa 3186/2015 CJM), la afectada expone que el 20 de noviembre de ese año Ramírez Luna entró a su casa, la golpeó con el puño cerrado en la cara y después en el cuerpo. También hurtó un celular, dinero y su auto.
Agrega que pidió apoyo a la policía, que nunca llegó, y llamó directamente a su comandante, Carlos Sánchez Aguilar, quien solamente le recomendó presentar su denuncia penal, por lo que tramitó el parte de lesiones.
El 4 de diciembre de 2015, Castro Fernández le informó de esa situación, que la hace temer por su vida, al comisario Roberto Alarcón Estrada. Remitió copias al comisario en jefe y al titular de Asuntos Internos.
Ya pasaron ocho meses y no hay avances. “Mientras, yo creo que puedo ser otra muerta más. Sólo pido que Artemio Ramírez deje de molestarme y se le extienda una orden de restricción”.
Refundación necesaria
Hasta hoy no ha existido voluntad para generar políticas públicas en las instituciones policiacas donde la perspectiva y enfoque de género ayuden a modernizarlas, indica María Eugenia Suárez, investigadora del Departamento de Estudios de la Educación de la Universidad de Guadalajara (UdeG).
Lo anterior implica aplicar medidas para detener el acoso contra mujeres y hombres, sostiene la académica, quien ha dedicado 21 años de su vida a la investigación del mundo policial. Hasta ahora, enfatiza, al no rendir cuentas ni transparentar sus acciones, la policía le abrió paso a la opacidad y arbitrariedad.
La policía ha sido históricamente una institución muy masculina, pero cada vez ingresan más mujeres, ahora con funciones más valoradas que las inicialmente asignadas en los años sesenta y setenta del siglo pasado.
Una alumna de licenciatura de la investigadora se tituló con una tesis sobre las mujeres policías de Ciudad Nezahualcóyotl, en el Estado de México: “Su hipótesis es que las mujeres desarrollan estrategias de ‘acomodación’. Por ejemplo, hacen el aseo de una oficina para mantenerse seguras y de bajo perfil. Cada vez hay más presencia de mujeres que reúnen otras habilidades. No digo que estén superdotadas, sino que desarrollan otro perfil, otras cualidades que el hombre no tiene.
“Con Macedonio Tamez Guajardo (jefe de la policía de Guadalajara en el periodo del panista Alfonso Petersen Farah) había una comandante importante de la Zona 6 (entonces era la 3). El de las mujeres es un liderazgo muy intuitivo porque han sido jefas de hogar, han sacado adelante a sus hijos o se les han rebelado a los jefes, o bien porque la han pasado mal con sus hijos también. Son mujeres que la han pasado mal y trascienden el mito de que no tienen las mismas capacidades físicas. Hay muchas que, siendo comandantes, siguen creyendo que los fuertes son los hombres y ellas no. Hay de todo”, explica la académica de la UdeG.
Explica que uno de los mandatos de la policía es el uso de la fuerza, que en nuestra cultura está asociado a los hombres. Los policías suelen afirmar “que Derechos Humanos defiende a delincuentes”. Para Suárez, “se trata de un discurso conservador, derivado de la manera en que piensan los poderes fácticos de este país: los empresarios y los medios de comunicación”.
Además, señala, “el policía, sea mujer u hombre, está estructuralmente incapacitado para cumplir el mandato que se les ha dado, porque no puede defender el derecho de los otros si no entiende el valor de sus propios derechos, es decir, si no se concibe como sujeto de derecho. Y en este país los policías no se conciben así”.
–¿Cuáles son los cambios más significativos desde que las mujeres se incorporaron a las fuerzas policiacas?
–Por lo menos dos importantes. Muchas mujeres han ido abriendo brecha, no con plena conciencia de la importancia de la solidaridad en el proceso policial, pero se han formado por su propia iniciativa y han descubierto su potencial de liderazgo. Esto no quiere decir que vaya a estar bien encauzado, pero hay expresiones importantes de liderazgo.
“¿Por qué digo que a veces no está bien encauzado? Cuando llega el momento de decidir no es tan sencillo porque todavía eso que llaman el techo de cristal tienen sus impactos en el mundo de la policía. Llegan y las boicotean, las dejan castigadas un tiempo. Como es el caso de la jefa de la policía de Tijuana, que para mí es un referente hacia dónde deben caminar las policías en la carrera policiaca.
–¿Y sobre las policías de Guadalajara?
–No es un asunto de ellas y ellos, sino también de quienes dirigen las instituciones. Leí declaraciones de Salvador Caro Cabrera (comisario de Seguridad Pública de Guadalajara), de que habla de que casi ha reinventado la policía. Yo les digo: no mientan, porque el proceso de selección de los jefes ha sido el dedazo y hay puros hombres.
–¿En Guadalajara hay mujeres con la trayectoria?
–Claro, y las he conocido. El último trabajo de campo que hice con la policía de Guadalajara fue hace dos años, en Santa Cecilia, Lomas del Paraíso, El Sauz y la colonia Echeverría. Pero en México hay vocación de asfixia, no dejamos respirar nada. Por ejemplo, queremos mejorar la policía, pero los jefes no tienen ni un año en el cargo y dicen que ya cambiaron todo.
“Lo que podría ir creciendo y respirando paulatinamente para madurar, lo asfixias con esta sobre expectativa o porque cambia la administración y nadie se acordó de que montaste un esquema de (vigilancia). No podemos ni siquiera impulsar procesos de monitoreo y evaluación de lo que hacemos, de manera que al paso de cinco años pudiéramos sustentar que la policía de Guadalajara ha cambiado.
–¿Terminan siendo ocurrencias?
–Sí, cuando pintan las patrullas cada que cambia la administración. En el marco de una cultura así, las mujeres la tienen difícil, pero no significa que no tengan capacidad de agencia, que es decidir acomodarte de acuerdo a las reglas y condiciones de la institución.
–¿Operan los canales de la institución para resolver los problemas de acoso y abusos?
–La policía es una institución muy endogámica, cerrada, recelosa del escrutinio público. Es parte de su esencia pero no significa que no puedan cambiar. No son de puertas abiertas ni transparentes ni rinden cuentas. Aunque hay avances muy importantes en desarrollo institucional, le han aportado mucho a la academia y han invertido.
“Pero tienen vicios, como en todos lados. El acoso puede empezar con la orden de dar la mordida todos los días (a su superior) so pena de dejarlo franco, o tiene que lavarle el carro, limpiarle las botas o ir por los cafés. Yo conozco muchos policías que empezaron trayendo el periódico, y estoy hablando de policías federales.
“Por eso, cuando Caro Cabrera dice que ya no se trabaja de la forma tradicional, no le creo. El día que públicamente den a conocer que eligieron a jefes policiales producto de la instalación de un servicio civil de carrera y de un concurso de promoción, voy a creer. Al final te preguntas por qué hay puros jefes hombres, si es porque no hay personal femenino o qué han hecho con ese personal.
“Ellas la pasan mal, pero también ellos. Eso te habla de una institución muy olvidada. Nos hemos planteado la necesidad de refundarla porque no es democrática, y en tanto no lo es, resulta muy difícil que cumpla con las expectativas que tenemos de ella”.








