Marca semirregistrada, región 4

Las autoridades de los nueve municipios que oficialmente conforman la zona metropolitana de Guadalajara, así como las del gobierno de Jalisco, con su titular Aristóteles Sandoval a la cabeza, discurrieron comenzar el mes de agosto con un anuncio que, como diría un conocido clásico bufo de los setenta (¿fue acaso usted, licenciado Echeverría?), “es algo que ni nos beneficia ni nos perjudica, sino todo lo contrario”: unir los esfuerzos de la sociedad civil y del gobierno de la comarca para promover a la capital jalisciense ante propios y sobre todo ante foráneos, con la creación de una dizque “marca ciudad”, cuyo eslogan será “Guadalajara, Guadalajara”, en evidente alusión al primer verso de la popular canción del tapatío Pepe Guízar.

Según el dicho de los funcionarios firmantes, el propósito de esta iniciativa es resaltar los “atributos que brindan identidad a la Perla Tapatía” (El Informador, 2 de agosto) para que, echando mano de esos “valores propios” (reales e imaginarios), así como de otros presuntos signos de identidad de la dispersa y ahora dilatadísima urbe intermunicipal –que se extiende desde Ixtlahuacán de los Membrillos, en el sureste, hasta San Cristóbal de la Barranca, en el noroeste de lo que habrá de ser la buscada o rebuscada nueva megalópolis–, la imagen de ésta (se sobreentiende que una buena imagen) no sólo pueda ser “proyectada internacionalmente”, sino que se convierta en un imán para “incrementar la afluencia turística y continuar atrayendo inversiones extranjeras” (ídem).

En sí mismo, el propósito no es malo, a pesar tanto de sus evidentes excesos y ligerezas como de la muina de más de un editorialista de la comarca, de esos a los que, ¿quién lo dijera?, incluso la llegada de “capitales foráneos” les parece una desgracia, pues no obstante reconocen la creación de nuevos empleos, dictaminan que es muy alto el costo que se paga por ello, por las “consecuencias sociales, ambientales y políticas devastadoras para el país” (El Informador, 6 de agosto). ¡Órale! ¿O sea que, en aras de evitar esas presuntas “consecuencias devastadoras” para la patria (se entiende que lo mismo para la grande que para la chica), habría que optar por hacerle el “fuchi” a la inversiones foráneas? Que se sepa, no existe nación en el mundo que haga esto, así se llame China, Rusia, Cuba, Corea del Norte o Irán…

Los peros a la “marca Guadalajara” tampoco habría que ponérselos a los recursos públicos que habrán de requerirse para su operación, pues si se usan de manera inteligente no será dinero ni esfuerzo perdidos. No, esos peros serían en todo caso para el optimismo huero e ingenuo de algunos de sus promotores (incluidos los funcionarios de marras y más de un chico o adulto de la prensa), que parecen confundir la Guadalajara mítica –creada particularmente por el cancionero popular y por el cine de la llamada “época de oro” de nuestro país– con la ciudad real, que urbanísticamente en repetidas ocasiones ha llegado a la autoinmolación, en aras de una mal entendida modernidad, la cual paradójicamente ha traído aparejada una degradación o decadencia para muchas de sus demarcaciones, comenzando por el primer cuadro tapatío y siguiendo con barrios como San Juan de Dios, el Santuario y, entre otros, Analco, en especial la zona de “la vieja” Central Camionera.

¿Qué va a hacer la “marca Guadalajara” para que la plaza Tapatía deje de ser el espacio desafortunado y ramplón que ha sido desde que se creó, a principio de los ochenta? ¿Cómo va a conseguir repoblar el centro tapatío, evitando o al menos desacelerando el creciente abandono de muchas de las fincas de la zona que, para colmo de males, se han ido diezmando durante cada temporal de lluvias por el colapso de varias de ellas? ¿De qué manera serán “relanzados” (término que no se les cae de la boca a nuestras autoridades) los alrededores del Agua Azul, particularmente la sórdida demarcación de la vieja Central Camionera, con el feúcho pegote de la Unidad Administrativa Reforma, y corredores tan deprimentes como la calle de los Ángeles y sobre todo la de 5 de Febrero, que se ha ganado el apodo de “5 del Ratero”? ¿Podrá curar la necrosis urbana que se ha ido extendiendo por San Juan de Dios, por el parque Morelos y por todo el centro de la ciudad, a pesar de que este último sea el espacio más “emblemático” (otra palabrita cara a funcionarios de toda laya) de Guadalajara, una amplia zona que se vuelve el escenario ideal para el crimen perfecto después de las nueve de la noche, hora en que literalmente queda desolada?

Alguien podría decir, y no le faltaría razón, que no hay que pedirle peras al olmo, en el entendido de que la cacareada “marca Guadalajara” no está concebida para resolver los problemas del municipio tapatío ni los de Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá ni demás municipalidades aledañas, sino como una iniciativa para “posicionar” a la segunda área metropolitana más poblada de México, mediante una campaña publicitaria que puede ser más o menos exitosa y que, para fines prácticos, estará orientada sobre todo a la atracción turística y a la promoción económica. Y que con ese fin es válido echar mano de la construcción mítica de la ciudad y la región, así haya sido creada por el folclor (“Jalisco nunca pierde y cuando pierde arrebata”), la canción popular (“¡Ay, Jalisco, Jalisco, Jalisco,/ tú tienes tu novia que es Guadalajara”), el cine (Guadalajara, pues; Guadalajara en verano; Así se quiere en Jalisco; Jalisco canta en Sevilla…), o abiertamente por la publicidad y la propaganda oficiales (“Jalisco es México”).

Sin embargo, a la larga no habría que hacerse demasiadas ilusiones y esperar copiosos dividendos –y menos de manera permanente –como consecuencia de la “marca Guadalajara”, si antes no se vuelven reales los “atributos” ofrecidos y si no se mejoran sustancialmente las condiciones de seguridad, transporte, aseo público y demás servicios ídem de los ¡9 municipios 9!, de la nueva ZMG. Y ello por una razón muy simple: porque sin buena catadura no puede haber buena “marca”, por más persuasiva que ésta sea en el papel.

En cuanto a las presuntas señas de identidad de la tapatiez, que tendría que ser difundida urbi et orbi por la “marca Guadalajara”, no dejan de ser significativos el fácil entusiasmo y sobre todo las descarriadas preferencias de algunos columnistas de la comarca. Ninguno de esos norteados editorialistas habla de las Chivas ni del birote (con b grande, por favor) ni del Huapango de Moncayo ni de las tortas ahogadas ni de los sones jaliscienses ni del tejuino, sino del doméstico “Festival Internacional de Cine”, organizado por la UdeG, no obstante que no figura entre los 50 certámenes más relevantes de su tipo en el orbe; del “Centro Cultural en Zapopan”, que ni siquiera existe fuera de la imaginación de conocido exrector udegeísta (¿eres tú, Raúl); de “la birria”, que no es un platillo originario de Guadalajara; de “la danza de Isaac Hernández y las películas de Guillermo del Toro”, que en cuestión de identidad son tan tapatías como las hamburguesas.

Ya sea en serio o en burlas veras, la Guadalajara de Acá…mbaro, Jalisco, no puede ser cabalmente una “marca” y menos registrada, porque da la casualidad que existe otra ciudad con el mismo nombre, la cual es mucho más antigua: la Guadalajara de Castilla, en España. Y como dicen los abogados: quien es primero en tiempo es primero en derecho. Algo semejante le sucedió a Jorge Vergara (alguien que es signo de identidad, guste o no, del nuevo empresariado tapatío) cuando quiso registrar al equipo de futbol Guadalajara y topó con piedra cuando instituciones de arbitraje internacional que regulan y salvaguardan lo relativo a derechos de autor, propiedad intelectual y ajos por el estilo, le dijeron que su petición era improcedente porque ya existía una añeja y conocida destilería escocesa que había registrado a su bebestible con el nombre de Chivas, aun cuando lo apellidara Regal.

Así que, por lo pronto, a lo máximo que podría aspirar la “marca Guadalajara” es a ser una marca semirregistrada y región 4.