Violadores sagrados

Pese a que la máxima autoridad de la Iglesia católica y casi todos los gobiernos han condenado los abusos sexuales de los sacerdotes contra menores, en Jalisco aún prevalece el tabú. Rocío Cázares, víctima de violación a manos de un sacerdote a los 14 años, relata cómo las autoridades religiosas y civiles se han cruzado de brazos ante su denuncia e incluso han tratado de silenciarla.

“El padre me violó. Fue en la parte de arriba del lugar llamado El Terciario o La Casa San Roque, en Zapopan, una finca marcada con el número 661, de la calle de Gómez Farías, atrás de un pequeño altar”, denuncia María del Rocío Cázares Tamayo.

Con el tiempo se ha documentado que en las décadas de los setenta y ochenta ocurrieron abusos sexuales en algunos de los templos de mayor renombre en el primer cuadro de Zapopan, como la Basílica y la parroquia de San Pedro, ubicadas por la avenida Hidalgo, a unos pocos metros de la Presidencia Municipal, así como en el templo Jesús de Nazaret, que se encuentra por la calle Allende, cerca de la sede del PRI municipal y del ayuntamiento.

Con el paso del tiempo, algunos de esos religiosos fueron señalados como depredadores sexuales y la devoción a la imagen de la Virgen de la Expectación, también conocida como La Generala o la Virgen de Zapopan, se veía empañada por su presencia.

La señora Cázares Tamayo acusa de violación al cura Francisco Narez Fernández y añade que además de ella agredió a su hermana y a su madre. La denunciante, académica jubilada de la Secretaría de Educación Jalisco, interpuso la demanda penal correspondiente el 23 de agosto de 2014, según consta en la averiguación previa 4421/2014.

Decidió hacer público el caso porque, si bien el sacerdote la atacó hace cuatro décadas, cuando ella tenía 14 años, considera que el delito es de lesa humanidad y no prescribe. Añade que además la sociedad tiene derecho a conocer esos hechos porque el religioso se mantiene en activo en Torreón, Coahuila, como investigó ella misma ante la nula respuesta de las autoridades estatales y eclesiásticas a su demanda.

Narez Fernández pertenecía a la congregación de los franciscanos, que resguarda la Basílica de Zapopan. Cázares Tamayo recuerda que la llevó de paseo a San Juan Cosalá, en la ribera de Chapala, y buscaba la forma de abusar de ella sin importarle la cercanía de otras personas:

“Cuando iban más personas con nosotros, el padre se metía al vestidor donde yo me ponía el traje de baño”, relató la afectada ante la fiscalía. Una vez ahí, le pedía que le hiciera diversas caricias sexuales.

La querella fue recibida por el agente del Ministerio Público José Luis González en agosto de 2014, pero a decir de la señora la fiscalía no ha querido darle cauce a la investigación con el argumento de que el delito ya prescribió.

Después de años de impotencia y silencio, dice la señora Cázares Tamayo, quiere denunciar públicamente a su victimario porque la pederastia, incluida la eclesiástica, debe ser discutida, analizada y sancionada donde sea que se cometa:

“Yo no sé si ese asunto de la pederastia sea más o menos fuerte entre integrantes del clero, o si implique o demuestre un sistema de operar de los religiosos en la Iglesia católica. Lo que digo es que la persona que a mí me afectó debe ser juzgada conforme a derecho.

“Yo me atrevo a denunciar públicamente porque quiero que se conozca el caso y se castigue a la persona que me dañó cuando era una adolescente de escasos 14 años. El sujeto abusó de su poder, de su representación y de su autoridad; además pasó por encima de la confianza que mi familia había depositado en él.”

Rememora que el sacerdote era bien recibido por su familia y que iba a su casa para platicar con su madre, quien casi siempre le ofrecía una bebida caliente porque él se decía nervioso y presionado.

Cuando Rocío dejó de verlo, su madre le comentó que eso era lo mejor porque ella no justificaba que un hombre de la Iglesia “anduviera besuqueando a mujeres”.

En cuanto a su hermana, dice Rocío Cázares, “en una ocasión mostré unas fotos de cierto paseo en el que ella había participado. Entonces vio la blusa que llevaba y dijo que nunca se la volvió a poner. Sospeché que algo grave había pasado y fue cuando reconoció que el padre también la había tocado”.

En efecto, ella le confirmó que esa vez, en medio de un juego, el sacerdote y ella iban corriendo cuando él “se cayó” sobre la chica y aprovechó para manosearle los senos.

El contacto con el padre Francisco inició en 1975 y se prolongó hasta 1977. La denunciante precisa que en ese lapso no sólo la violó sino que continuó abusando de ella y acosándola.

Indiferencia oficial

Licenciada en Filosofía por la Universidad de Guadalajara, Cázares Tamayo obtuvo la maestría y el doctorado en psicoterapia. Es una profesionista exitosa, pero reconoce que está marcada por la soledad a causa del abuso.

“Ahora que estoy jubilada –recapitula– decido poner mis cosas en paz. Siento que existe un gran pendiente y tiene que ver con la necesidad de denunciar a quien me hizo tanto daño.”

Sin embargo, las instancias oficiales a las que acudió para denunciar el delito del cura Narez Fernández guardan silencio y pretenden ocultar su caso. Esto sucedió incluso en la Procuraduría General de la República y la Comisión Estatal de Derechos Humanos. En cuanto a las instancias religiosas, fueron aún más contundentes:

“Fui a denunciar dicha violación al arzobispado y a la Basílica de Zapopan, y ahí el provincial de la congregación me pidió que no hiciera esos señalamientos en contra del padre Narez.

“Me comentaba que se trataba de un hombre mayor que ya se le debía dejar en paz. Yo le dije que cuando él me violó yo era una menor de edad que aún no despertaba a mi sexualidad y tenía toda la esperanza de éxito en mi vida, y que entonces nadie intercedió por mí. Le aclaré que sólo quiero que él responda por su agresión.”

Todo empezó cuando Narez Fernández, entonces de alrededor de 45 años, la invitó a impartir clases de gimnasia en un anexo que tenía a su disposición la congregación franciscana en la Basílica de Zapopan, en un lugar llamado El Terciario y actualmente conocido como la Casa de San Roque, donde se ofrecían cursos y talleres a la comunidad.

Prometió pagarle 200 pesos mensuales y ella aceptó porque su familia tenía escasos recursos. El resto lo describió en su declaración ante el Ministerio Público: “En una ocasión el cura me llevó a ese lugar, luego cerró con llave la puerta de la capilla, se me acercó, me desabrochó la blusa y me agarró los senos”.

Ahí comenzó a acariciarla sexualmente y consumó la violación. “Salimos de la capilla y él me dijo: ‘Debes confesarte, mi’jita, es por tu bien’. Me encaminó a la puerta (del Terciario) y yo me sentía desconcertada. Me fui sola caminando a casa a seis o siete cuadras”.

Después de la violación se sentía perdida. Sólo sabía que no podía contar lo sucedido a sus familiares. “Yo me imaginaba que toda la gente que veía me miraba y sabían lo que había ocurrido… Esa fue la primera vez que él abusó de mí”, dice en su denuncia ante el MP.

Agrega: “Al día siguiente me buscó muy temprano (en casa), como a las seis o siete de la mañana, y me dio unas pastillas y un jugo”. Considera que eran anticonceptivos. Reitera que fue el inicio de una serie de abusos que se prolongó cerca de tres años.

Recuerda que Narez Fernández se rodeaba de jóvenes a quienes se llevaba “de vacaciones” a la casa de los franciscanos en Tepic, Nayarit, y organizaba paseos a Puerto Vallarta y Manzanillo, a la playa de Santiago, donde solía inducir a Rocío a tomar cerveza y vodka hasta emborracharla para después abusar de ella.

En esa etapa la familia Cázares Tamayo apenas se había mudado a Zapopan, después de vivir en el primer cuadro de Guadalajara. Su madre era extremadamente religiosa y jamás se imaginó que el hombre en el que buscaba auxilio espiritual fuera capaz de abusar de su hija.

La denunciante, dispuesta a probar sus dichos, señala que un testigo clave de los hechos es Marco Antonio Guillén Chávez, a quien describe como amigo y “cómplice” del sacerdote Narez Fernández.

Abuso en el templo

En otra historia de abusos, una de las figuras principales del templo de Jesús de Nazaret, el padre David, era conocido en la Unidad República por toquetear y besar a las jovencitas del barrio. Una mujer que prefiere reservar su nombre relata:

“Tenía a su entera disposición un séquito de 20 niñas de entre nueve y 15 años, a quienes convirtió en sus monaguillas o acólitas, a las que les pagaba 10 pesos para que lo asistieran al oficiar la misa y asearan el templo.

“Yo apenas cumpliría nueve años. Atrás de la capilla del entonces pequeño templo de techos de lámina, el padre David quiso abusar de mí. El recuerdo me persiguió durante varios años y mi mente trató de negarlo… Cómo iba yo a creer que el padre me estuviera haciendo esto, si era tan bueno, tan caritativo, tan servicial, tan amable, tan grande e imponente. Yo pensaba que la que estaba mal era yo.”

El acercamiento fue similar: ofreció acercar a niñas y jóvenes a la religión y darles dinero.

“En 1978 –continúa el testimonio– me preparé para la primera comunión con mi hermana y decenas de niñas. Después de la ceremonia el padre nos invitó a todas a fungir como acólitas, servicio que comúnmente realizaban los niños.

“Se trataba de turnarnos de dos en dos, durante la semana, para apoyarlo cuando él ofrecía la misa de las 7:30 de la noche, pero hacia el fin de semana, los sábados por la mañana, acudíamos a arreglar el templo y el gran patio o corral que había a espaldas de la capilla. Nos pagaba hasta 10 pesos por hacer la limpieza, dinero que en aquellos tiempos valía mucho para una niña.”

Cuando ya se había establecido la rutina del grupo, el cura atacó.

“La mañana de un sábado, cuando ya todas se habían ido, quedábamos sólo una compañera y yo, porque nos formaba para pagarnos. Él estaba en su gran sillón alto, a espaldas del altar principal, en la capellanía. Cuando ya estaba sola con él, siguió sentado y en voz baja me dijo: ‘Ven, siéntate’, y me jaló hacia él, sentándome en una de sus piernas.

“Yo tenía apenas nueve años y él era un hombre alto y fornido de unos 42. Me abrazó fuerte, yo quise soltarme y me sujetó más fuerte. Me decía al oído que era muy bonita… yo sentía su respiración en mi oído, aún recuerdo el sonido. Me empezó a acariciar por diferentes partes y a besar, primero en la mejilla derecha, luego en la boca.”

Cuando él se levantó para continuar con el abuso, ella escapó:

“Corrí, corrí mucho y alcancé a salir porque el templo estaba abierto y la pequeña oficinita daba por los dos lados al templo y a la puerta principal. Posteriormente me enteré de que otra niña, una amiga mía del mismo grupo, también fue tocada por el padre David, pero logró huir.”

A decir de la entrevistada, este último ataque sucedió en la casa del padre David, que en ese entonces se construía a un lado de la capilla. Afirma que se conocen más víctimas de ese mismo religioso.