Sacerdotes al acecho de sexoservidores

Los jóvenes que ejercen la prostitución en la zona aledaña a la Catedral de Guadalajara tienen entre sus clientes a varios religiosos de la diócesis local y a otros que ofician en otras entidades, según explican a Proceso Jalisco dos sexoservidores. Los padrecitos pederastas prefieren a los chavitos de 15 o 16 años, dicen, porque van empezando y les pagan con un plato de comida o les dan 20 o 30 pesos.

Sacerdotes locales, así como otros procedentes de la Ciudad de México y Sinaloa llegan al centro de Guadalajara para contratar a jóvenes sexoservidores y llevarlos a hoteles o incluso a las mismas iglesias en las que ejercen sus oficios eclesiales.

Los “padrecitos” son clientes frecuentes de la zona aledaña a la Catedral de Guadalajara, donde pulula una treintena de menores y adolescentes que se prostituyen. “La mayoría buscan a los de 15 o 16 años –los chavitos que van empezando–; como uno ya es grande, ellos saben que ya ha trabajado más rato”, comenta un joven de 20 años, que pide a la reportera llamarlo simplemente Carlos.

A diferencia de los sexoservidores de más edad, quienes cobran entre 250 y 350 pesos la hora, los sacerdotes se aprovechan de los menores, pues como “los ven necesitados”, sólo les ofrecen un plato de comida o 20 o 30 pesos a cambio de mantener relaciones sexuales, dice el entrevistado.

E insiste: ellos prefieren a “los que ven más niños. Son los que tienen menos colmillo y los que menos han trabajado. Para ganarse un peso, se van (con los sacerdotes)”, secunda Chuy, otro joven de 28 años que pide se le identifique sólo con ese nombre.

Ambos entrevistados sostienen que cada día al menos un cura llega a contratar los servicios de alguno de los cerca de 30 varones que discretamente ejercen la prostitución en una de las zonas cercanas a la Catedral de Guadalajara. Suelen acudir los fines de semana o los martes y miércoles alrededor del mediodía o por la tarde; vienen de parroquias cercanas al centro o incluso de fuera de la ciudad.

Uno de sus compañeros, dice Carlos, tenía como cliente a un obispo que venía de la Ciudad de México. Era muy viejo, cuenta. En una ocasión acudió sin sotana a buscar a su amigo. “Venía ‘torcidito’, como se dice. Se veía que era gay… En este trabajo uno aprende a identificar a la gente”, afirma.

La entrevista con Chuy y Carlos fue un viernes por la tarde, “un día bueno” por la cantidad de clientes que se acercan. Minutos antes de iniciar la conversación se acercó al lugar un adulto de camisa naranja y pantalón negro.

Chuy, quien lleva 10 años en el oficio, comenta a la reportera: “Tú no te diste cuenta pero es sacerdote. Uno que tiene tiempo aquí ya sabe quién es cliente. Los curas se llevan a uno, a otro y a otro, pero sólo quieren disimular. A final de cuentas ya todos sabemos lo que hace”.

Dice que ha estado con curas provenientes de parroquias de las que sólo conoce su ubicación, más no su nombre exacto. Sobre los nombres de los religiosos, prefiere no identificarlos, “por discreción”, dice.

“Una de estas parroquias está por la colonia El Retiro. Es muy bonita, bien gótica (Nuestra Señora del Rosario); otra está por El Refugio, por federalismo, como tres cuadras por Garibaldi, ahí hay un mercado (la Parroquia de Jesús), y una más está por La Normal, por Circunvalación, antes de Federalismo (La Guadalupana)”, relata.

Según él, los curas llevan a los sexoservidores a los lugares donde viven y los introducen siempre por alguna puerta escondida o por accesos donde nadie los vea.

Muchos llegan a la zona en buenos coches y camionetas del año. Ellos pueden tener vehículos de ese tipo, aunque muchas veces se nieguen a respetar lo pactado o bien pagan los servicios a los jóvenes con morralla. “Yo me imagino que es la limosna que damos en el templo”, menciona Chuy.

Por lo general, los sacerdotes hacen el sexo sin protección y les advierten a los menores que no cuenten a nadie de esos encuentros, porque pueden tener problemas; ellos cuidan mucho la apariencia, el qué dirá la gente. “A veces uno no dice nada por el miedo a que hagan algo”, confiesa.

–¿Por qué crees que los sacerdotes se acerquen a ustedes? –pregunta la reportera a Chuy.

–Juventud, divino tesoro…

También lo atribuye a “la represión”, pues, dice, “todos tienen necesidades físicas. Tú sabes que un sacerdote no puede tener esposa, estar casado o tener relaciones (sexuales)”.

Carlos sostiene: “Yo creo que ellos sienten que ayudan a la gente con darle 500 pesos, a pesar de que se trate de un chavito de 15 o 16 años, pero también buscan satisfacción: algunos se llevan a los chavos, y no precisamente para que éstos les hagan sexo oral, sino son ellos quienes lo practican con los chavitos”.

–¿Y ustedes no hacen nada por evitarlo? ¿No lo han denunciado? –pregunta la reportera a Carlos.

–Lo que pasa es que para muchos chavos son sus clientes y no les conviene que se vayan.

Pederastia tolerada

Una parte de la sociedad justifica la pederastia cometida por curas católicos bajo el argumento de que la parte humana está separada de la divina y de lo que representa su investidura, afirma David Coronado, sociólogo de la Universidad de Guadalajara.

“El hecho de que un sacerdote se acerque a un niño y abuse de él, implica que lo divino, lo sagrado, está más allá del contacto con la carne”. Sin embargo, ellos hacen uso precisamente de esta divinidad para acercarse a los menores, explica Coronado.

El especialista coordinó un estudio sobre este tema que pronto será publicado en un libro llamado Experiencias y cultura de la pederastia eclesiástica en el occidente de México. En él analiza casos de pederastia clerical en Guadalajara, León y Aguascalientes. Además de entrevistar a algunas víctimas, conversó con miembros de la comunidad religiosa a la que pertenecían los menores.

Con este acercamiento y documentos pudo identificar que los sacerdotes pederastas tienen un modus operandi más o menos definido.

Explica que el cura llega a la comunidad siendo un buen sacerdote para ganar la confianza de las familias. El mecanismo es detectar cuáles son los niños y niñas vulnerables, es decir, que se quedan solos cuando sus padres se van a trabajar, o quedan al cuidado de la abuela o salen a jugar por la tarde a los parques aledaños a su casa.

Una vez ganada la confianza de la familia, invitan a esos niños a estar bajo su cuidado. Por lo general “la familia está encantada de que un sacerdote los cuide, los oriente o les ayude a hacer la tarea, para ellos tiene muchas ventajas”, puntualiza Coronado.

Y añade: es en ese momento cuando aparece el acecho sexual y cuando hace regalos “para quebrarle la voluntad al niño. Estos pueden ser cosas que le gusten al menor u objetos incitantes, como una revista pornográfica o un cigarro, para ganar su complicidad.

“Ese nivel de connivencia gana la confianza del niño, pero también su culpabilidad y eso no se va a romper a pesar de cualquier tipo de abuso que ocurra.”

Los casos de abuso sexual por parte de sacerdotes son “un secreto a voces” entre los miembros de la comunidad que compone cada iglesia. Basta con que alguien pregunte por un caso específico de abuso, para que las personas cuenten las historias, refiere el entrevistado.

Lo peor, añade, es que esa misma gente es la que hace sentir culpable al niño y a su familia por el abuso. Hay una persecución hacia ellos que los obliga a alejarse del lugar; otros tantos sienten afectada su fe y prefieren cambiar de religión, según documenta en su investigación.

Hay casos, dice, en que los menores abusados sexualmente, su familia y amigos “renegaron de la religión católica y se convirtieron en protestantes. No reniegan de Dios, sino de la Iglesia católica. Esto te deja ver que lo que está haciendo la pederastia es golpear directamente a la institución eclesiástica católica”.