Las batallas de un alcalde

Enrique Alfaro está a punto de cumplir 10 meses como alcalde de Guadalajara, rebasando ya la cuarta parte del periodo para el que fue elegido. En este lapso ha ido definiendo también eso que en un golpe de inspiración Daniel Cosío Villegas llamó “el estilo personal de gobernar”, aun cuando Alfaro ya era conocido como funcionario público: primero como diputado local de oposición, hace tres legislaturas, e inmediatamente después como presidente municipal de Tlajomulco, cargo este último en el que fue calificado de manera favorable por la ciudadanía y desde el cual mostró ser un político echado pa’ delante.

Como casi todo funcionario con arrastre, el primer edil de Guadalajara divide opiniones, pues lo mismo tiene partidarios fieles que empecinados detractores. Los primeros, tal vez más numerosos y desinteresados que los segundos, están predispuestos a magnificar los aciertos del susodicho y a disculparle sus yerros o incluso a tratar de justificarlos. Y como no podía ser de otra manera, la orientación de sus adversarios políticos, incluidos también sus desafectos, es la de regatearle méritos, cargándole las tintas cada vez que él o alguno de sus colaboradores hace algo que divide opiniones, y ya no se diga cuando comete alguna pifia.

Pero para bien o para mal, el grueso de la población –que aun cuando suele prestarle poca atención a las pugnas políticas cotidianas, paradójicamente es el que decide los resultados de una elección– no pertenece a ninguno de esos grupos antitéticos, y como contingente social rara vez se manifiesta explícitamente, y una de esas rarezas sucede cuando es convocado a las urnas, donde de manera tácita aprueba o desaprueba tanto a los candidatos en contienda como a los partidos políticos o a los membretes ídem (incluidos los “independientes”) que los postulan.

Vale decir que hasta ahora este tercer grupo social no ha calificado el desempeño que Alfaro ha tenido al frente de la administración pública de Guadalajara. Quizá lo haga en ocho o nueve meses, cuando el susodicho se someta voluntariamente –como ya lo ha anunciado y como en su momento lo hizo cuando fue alcalde de Tlajomulco– a una suerte de plebiscito que habría de decidir si, una vez transcurrida la primera mitad de su mandato, cuenta o no con el consentimiento de los tapatíos para continuar en el cargo. Y lo de “tal vez” no sólo dependería de una eventual aprobación en dicha consulta, sino sobre todo de que sea concurrida.

En estas circunstancias, por ahora, transcurrida la cuarta parte de su gestión, lo que queda es ver lo que el gobierno alfarista ha hecho o ha dejado de hacer en el primer municipio de Jalisco, un municipio que, debe reconocerse, recibió patas pa’ arriba en muchos rubros de la administración pública; entre otras cosas, con un adeudo mayúsculo, que lo colocaba a la cabeza entre las municipalidades más endeudadas del país. Y junto con este pasivo financiero, tuvo que hacerse cargo asimismo de una ciudad invadida –sobre todo en su parte central– por una selva de vendedores ambulantes, y abierta lo mismo por las obras de la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano que por la tortuosa construcción del nuevo Mercado Corona. Y a la par del resto de los municipios del área metropolitana, recibió también otra serie de añejos lastres de más difícil solución.

Por lo que hace al escollo del comercio informal, la administración alfarista supo sortearlo exitosamente desde un primer momento, ofreciendo algunas alternativas laborales a los vendedores ambulantes o reubicándolos en otras zonas y reiterando, a la par, a sus líderes –varios de ellos verdaderas águilas descalzas– que no había vuelta atrás con el desmesurado ambulantaje que, ya por la complacencia o hasta por la complicidad de funcionarios de administraciones anteriores, se habían apropiado olímpicamente de los espacios públicos, en particular del primer cuadro de la ciudad, así como de la calzada Independencia, del corredor de Obregón y de la zona de Medrano, demarcaciones que estaban ahogadas y en condiciones sórdidas.

Mucho menos exitosa ha sido la batalla alfarista contra la habitual invasión de banquetas y el bloqueo de rampas para discapacitados, en buena medida porque la administración municipal no dispone del personal suficiente para vigilar el inmenso territorio tapatío, de suerte que el programa de nombre Banquetas Libres ha estado más presente en los medios de comunicación que en la realidad cotidiana de los incontables barrios y colonias que conforman el municipio, hasta el punto de que dicho programa ha brillado por su ausencia no sólo en demarcaciones del oriente de la ciudad, sino también de la zona poniente, que en muchos casos es la más atendida por los servicios municipales.

La densificación o repoblamiento del centro de Guadalajara y la puesta en marcha de la cacareada Ciudad Creativa Digital –aun cuando este último proyecto es, en primer término, competencia del gobierno del estado– siguen siendo sólo aspiraciones que han pasado de una administración a otra sin siquiera poder arrancar, por más que haya habido repetidas puestas en marcha oficiales. Ya se verá si el flamante Plan de Ordenamiento Territorial Metropolitano (Potmet) hace algo por ambos proyectos y produce los resultados apetecidos por sus promotores: Alfaro y compañía.

En cuanto a los otros grandes problemas metropolitanos (el caótico desarrollo urbano en las generaciones recientes, la contaminación atmosférica, la cada vez más atascada movilidad vial y, entre otras cosas, la casi siempre insatisfactoria seguridad pública) siguen siendo pendientes a los que, en el mejor de los casos, los distintos gobiernos municipales –y el de Enrique Alfaro no ha sido la excepción– sólo han ofrecido paliativos, pero no soluciones de fondo. Está por verse también si el mencionado Potmet sirve para ello y no acaba siendo una más de las ilusiones perdidas que ha ido acumulando la comarca tapatía.

Por lo que hace al propósito de “relanzar a Guadalajara”, convirtiéndola en “la capital cultural” de Latinoamérica, ¡ai pinchemente!, y por vía de mientras, anunciando un festival de nombre Sucede, concebido para ser “el más importante después del Cervantino” (Alfaro dixit), todo ha quedado en declaraciones desmesuradas y en una precaria promoción de las manifestaciones artísticas e intelectuales desde el primer municipio del estado. A fuer de ser sinceros, lo hecho hasta ahora en este terreno en muy poco o en casi nada se diferencia de lo que ya venían realizando las administraciones anteriores, tanto priistas como panistas, incluso con muchos de los mismos funcionarios.

Finalmente, hay una batalla más bien ociosa que Enrique Alfaro ha venido librando de manera innecesaria: batear todas las bolas que le llegan desde los medios de comunicación, ya sea por interpósita persona o por el mismo núcleo editorial e incluso empresarial de tales medios. No es que esté mal responder a los señalamientos cuestionables hechos por la prensa y eventualmente encarar a los representantes de los medios de comunicación que, en honor a la verdad, no en todos los casos son movidos por un desinteresado celo informativo y menos aún por la imparcialidad. No, el desatino en todo caso son sus arranques de impaciencia hacia ciertos cuestionamientos de la prensa y distraerse de sus obligaciones para responder a señalamientos desfavorables hechos a su gobierno. Para Alfaro y colaboradores debería ser claro que, por buenas o malas razones, aquí y en China no puede haber unanimidad sobre el desempeño de ningún funcionario público, y que tolerar la incomprensión, las exageraciones e incluso la mala leche de algunos chicos y adultos de la prensa es parte de los gajes del oficio de quien se mete de servidor público (con comillas o sin ellas).