“Maldito cielo”, en el Foro

Aprincipio de los años noventa, un matrimonio de exadictos, Jim (Keith Poulson) y Lucy (Deragh Campbell), dirige un centro de rehabilitación, cuyo  método de cura exige que la comunidad completa se halle presente en cada una de las actividades, incluso las más íntimas, como el encuentro sexual después de una boda de sus miembros. La aparente concordia de la congregación comienza a resquebrajarse hasta llegar al paroxismo con la llegada de Ann (Hanna Gross), expareja de uno de ellos.

Maldito cielo (Stinking heaven; E.U., 2015), o “el cielo apesta”, lleva la blasfemia en el título mismo; sólo que la religión de la que abjura el director Nathan Silver es esa de las comunas y de los ashrams que observó con su familia en sus años formativos. Las ilusiones de las comunas de paz y amor, los paraísos artificiales y naturistas (esta comuna se sostiene vendiendo kombucha, un té curativo a base de fermentos), se convirtieron en fantasías terapéuticas, botones de muestra de la decadencia espiritual de una sociedad devastada por las drogas.

La familia forzada de Maldito cielo es un infiernito donde el castigo es la convivencia con los otros bajo el lema del amor comunal; una situación que la sequedad lógica de Sartre no alcanzó a imaginar. Las terapias que aplica Jim exigen que cada quien actúe frente a los demás los momentos más traumáticos y humillantes en sus carreras de adicción. Los métodos que emplea Nathan Silver, desde el descuido calculado en la imagen con el uso de la Ikegami, una cámara de video de moda en los ochenta, hasta la mezcla de una historia sin guión con la improvisación de estupendos actores, transmiten el ansia, inseparable de estados infernales, de esos personajes que no quieren estar donde están, que quisieran escapar pero viven paralizados por el miedo a la soledad y a sí mismos.

Y no es casualidad que la severidad de la elaboración y acabado de esta película evoque las demandas formales del grupo del Dogma, ese movimiento que ocurrió justo en los años noventa. Pero la originalidad en el trabajo de este cineasta independiente no depende de la aplicación de fórmulas, sino de la capacidad para encontrar la manera adecuada de plasmar sus ideas; el ritmo de la cámara, por ejemplo, lo imponen la atmósfera afectiva y las reacciones de los personajes.

La originalidad de Maldito cielo no queda en el retrato realista del experimento comunitario improvisado, o su dolorosa colección de síndromes y complejos como el del gurú terapeuta, centro de rehabilitación y comuna, o de los psicodramas peligrosos por irresponsables, sino de la vitalidad y la demanda desesperada de amor que derrama este grupo humano. Aunque no faltan situaciones de humor, la risa se hace imposible ante la negrura de las situaciones; se requeriría de un cinismo descomunal, como el del novelista Michel Houellebecque, afín a estos temas, para poder carcajearse.