La televisión española ha vuelto la vista atrás. Pese a los aires de renovación traídos por el partido político Podemos, el conservadurismo sigue gobernando España y sus instituciones. La pantalla chica no es la excepción. Ahora explota el filón histórico de la monarquía con todas sus intrigas palaciegas, los amoríos tras bambalinas, los vetustos trajes recargados de adornos. Escasos datos sobre los acuerdos, decisiones y pifias políticas.
La serie anterior a la que hoy vemos en Canal 22 titulada Carlos, rey emperador, se situó en la edad media, cuando en la península ibérica aún existían diversos reinos, entre los cuales destacaban Castilla y Aragón. Con el matrimonio de Isabel y Fernando se constituyó una alianza capaz de expulsar a los árabes de Andalucía, de apoyar a Cristóbal Colón en sus excursiones a América y de constituir un Estado de amplios territorios. La descendencia de estos monarcas, mediante casamientos concertados, unió también a Flandes y a Portugal con España y en contra de Francia. Aquella serie se denominó Isabel. En el centro del relato situaron la figura de la reina, la primera que se autoproclamó y no fue coronada. Mujer de fuerte carácter, de una religiosidad fanática, no dudó en sacrificar a sus hijas para consolidar el poder de su reino.
Canal 22 difunde otra serie, ésta se refiere al nieto de Isabel y Fernando, hijo de Juana apodada La loca y Felipe El hermoso, príncipe de Flandes. Borda el reinado de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, uno de los más poderosos debido a la amplitud de las tierras que gobernó, todas ellas legado de sus antecesores. Por el lado de sus abuelos maternos heredó las coronas de Castilla, Navarra, Nápoles, Sicilia y Aragón, y las Indias. Los paternos le legaron Borgoña y los territorios austro-húngaros.
Igual que en Isabel, el relato toma vuelo en el momento de asumir el poder por sí mismo. Todavía muy joven, se rodea de consejeros flamencos que se encuentran haciendo labor para desplazar a los castellanos. Trascurre la acción preferentemente en interiores, a veces malamente reproducidos.
En los diálogos priva la intriga; existen pocas reflexiones sobre la manera de pensar de un grupo gobernante que se asume como inamovible por “la gracia de Dios”. Los monarcas no parecen tener vida interior, ningún monólogo, ninguna conversación profunda revela el pensamiento real, íntimo de estos personajes. Si acaso nos enteramos de quién es el amor verdadero del rey o la reina, más allá de amantes o bodas arregladas.
Sin que las historias se sigan en orden cronológico, sí reviven en el público el interés por un pasado que se niega a morir, el de la nobleza de sangre, el gobierno por designio divino. En estos momentos en que la monarquía española ha sufrido un enorme descrédito, ofrecerle al televidente de todo el mundo el recuerdo de la grandeza de una casa que llegó a gobernar una gran parte de Europa y casi toda América, parece también una estrategia propagandística.








