Flavio Romero de Velasco: pros y contras

Hasta su muerte, ocurrida el sábado 2 de julio, a los 90 años, Flavio Romero de Velasco era el decano de los exgobernadores de Jalisco, aun cuando no hacía ronda en dicho club. Desde su excarcelación del centro penitenciario de Almoloya, donde permaneció recluido durante tres años (de 1998 a 2001), optó por retirarse a la vida privada y no acudir a actos oficiales, y menos si tenían que ver con el que había sido su partido político: el PRI.

Tenía sobrados motivos, pues la dirigencia estatal priista, que a fines de los noventa encabezaba José Manuel Correa Ceseña, promovió expulsarlo de sus filas, buscando de manera lacayuna quedar bien con el gobierno de Ernesto Zedillo, que con no poca sevicia detuvo y encarceló al ahora fallecido exgobernador, acusándolo de estar coludido con el narcotráfico, lo que no pudo demostrar, de manera que su liberación se dio apenas concluyó el sexenio de Zedillo.

Luego de ser excarcelado, ni los priistas de la comarca ni mucho menos el  priismo nacional promovieron algún acto de desagravio. Irónicamente fue un antípoda suyo, el entonces gobernador panista Francisco Ramírez Acuña que de manera inusitada lo reivindicó, expresándose favorablemente de él y presentando su detención y confinamiento como ejemplo de abuso del poder público, de ineptitud gubernamental en el combate al narcotráfico, de la descomposición del PRI y como el caso de un renombrado gobernador que acabó siendo víctima de su propio partido.

Ahora bien, la historia de Flavio Romero de Velasco como gobernador de Jalisco, en el ya lejano sexenio de 1977-1983, fue otra cosa: una historia de luces y de sombras, en la que al lado de algunos aciertos se cometieron también no pocos errores, así como excesos y aun abusos de poder, lo que paradójicamente le granjeó al ahora finado, entre ciertos círculos sociales, la reputación de ser alguien que sabía mandar y con “mano firme”.

Por principios de cuentas, hasta mediados de los años setenta el recién fallecido había hecho su carrera profesional y política fuera de su estado natal, con el cual mantenía poco contacto, no obstante que ya para entonces había sido en tres ocasiones diputado por Jalisco. Aunque originario de Ameca, sus estudios de abogado no los realizó en ninguna de las universidades tapatías, sino en la UNAM, y como legislador siempre lo fue en la Cámara de Diputados y nunca en el Congreso de Jalisco, de suerte que para todo mundo fue una sorpresa (incluidos los priistas de la comarca y el propio Romero de Velasco) cuando hacia mediados de 1976 fue destapado como el candidato tricolor a la gubernatura estatal.

El mismo Romero de Velasco llegó a comentar que en ese momento, ya en el ocaso del sexenio de Luis Echeverría y cuando el sucesor de éste (José López Portillo) figuraba como presidente electo, él estaba muy lejos de pensar que era “el bueno” para Jalisco, pues la rumorología daba por hecho que el tapado era otro, concretamente Eduardo Aviña Bátiz, exalcalde de Guadalajara, quien desde hacía años estaba metido también en el mundo de los negocios, particularmente en los del ramo inmobiliario.

Cuando ya se encontraba a punto de concluir su tercer trienio como diputado federal y al igual que muchos otros sólo mantenía la esperanza de hallar acomodo en el nuevo sexenio, en ese momento se estaba conformando el gabinete lopezportillista. La sorpresa fue mayúscula cuando, a decir del propio Romero de Velasco, fue citado en la sede nacional del PRI, donde Porfirio Muñoz Ledo le habría dicho que el dedazo presidencial (el del entonces cotizado Jolopo y no el del saliente y menguante Echeverría) había apuntado hacia su persona.

Como entonces se acostumbraba –estamos hablando de la etapa que algunos han calificado con eufemismo de “predemocrática”–, la campaña de Romero de Velasco fue de mero trámite, pues por entonces los candidatos de oposición ni noqueando podían ganar. Esto último le había sucedido apenas tres años atrás al ingeniero Carlos Petersen Biester, quien como abanderado del PAN había vencido en las urnas al priista Juan Delgado Navarro en la carrera por la alcaldía de Guadalajara. Sin embargo, a la hora de la verdad el panista fue despojado de su triunfo por la simple y llana razón, o más bien sinrazón “legal”, que el PRI-gobierno era juez y parte, al organizar, competir y calificar todas las elecciones.

Romero de Velasco asumió el mando de la entidad cuando se vivía la última etapa llamada Guerra Sucia (el combate extrajudicial a los movimientos guerrilleros de la época) y del pistolerismo dentro y fuera del campus de la Universidad de Guadalajara, cuyo control se disputaban dos organizaciones estudiantiles antagónicas: la FEG y el FER. Con el nuevo gobierno estatal, los atracos y demás actos delincuenciales de la FEG vinieron a menos, en buena medida debido a una eficaz campaña de despistolización, campaña que fue calificada también de “anticonstitucional”. Y en cuanto a la guerrilla, competencia del gobierno federal, la administración flavista supo navegar en esas aguas bravas, aunque no salió indemne de violaciones graves a los derechos humanos, desapariciones forzadas y de crímenes atribuidos a las fuerzas del Estado.

Así, por ejemplo, el mediodía del 23 de agosto de 1977, un señor apellidado Reyes Mayoral, empleado de la Dirección de Mercados del Ayuntamiento de Guadalajara, fue detenido a sangre y fuego en su domicilio (Javier Mina, esquina con la 74, en el sector Libertad) por la Brigada Blanca y el Servicio Secreto, porque un hijo suyo, apodado El Pequeño, pertenecía a un grupo guerrillero. Nunca más se volvió a saber del plagiado. Otro caso grave, aunque de índole distinta, fue la extraña muerte del entonces alcalde de Zapopan, Abel Salgado (que presuntamente habría perecido a causa de una fuga de gas, en compañía de su secretaria), con quien el gobernador tenía enconadas diferencias. Aun cuando no pasó de rumor atribuir a Romero de Velasco el deceso del edil zapopano, lo cierto es que desde el gobierno (tanto del federal como del estatal) hubo más afán por querer echarle tierra al asunto que celo por aclararlo.

Contra lo que todavía sostienen algunos, la transformación del centro de Guadalajara emprendida por Romero de Velasco, con la alianza del entonces alcalde tapatío Guillermo Reyes Robles, fue un fracaso monumental, cuyas consecuencias todavía se padecen. Con la conversión en ejes viales de las avenidas de Hidalgo y Juárez, y con la desafortunada plaza Tapatía (un malogrado implante urbano, para cuya hechura se demolieron las 12 manzanas de la vieja Guadalajara que iban de la parte posterior del Teatro Degollado al frente del Cabañas), no sólo vino la degradación del primer cuadro de la ciudad, sino que se le dio la puntilla a la celebrada vida nocturna de San Juan de Dios y, entre otras cosas, se sembró la semilla del imparable despoblamiento de la zona.

Por último, y como los muertos merecen la verdad (Voltaire dixit), es necesario corregir lo dicho, a propósito del difunto, por Javier Hurtado, presidente de El Colegio de Jalisco (CJ), institución creada, por cierto, por Romero de Velasco, aunque con muy mal timing: al final de su gubernatura y poniendo al frente no a un académico, sino a un político (Alfonso de Alba Martín), nada menos que el secretario general de Gobierno, lo que vino a granjearle al CJ el desafecto del siguiente gobierno, el de Enrique Álvarez del Castillo.

Contra lo dicho por Hurtado, que hace pocos meses llegó a la presidencia del CJ por dedazo del gobernador Aristóteles Sandoval y no por sus dudosas credenciales académicas, quien creó el Departamento de Bellas Artes no fue el fallecido exgobernador, sino Alberto Orozco Romero, un sexenio antes; ni tampoco puede pasar por “el gobernador más culto” que ha tenido Jalisco, máxime cuando dicho cargo lo han ocupado intelectuales tan insignes como Ignacio L. Vallarta, José López Portillo y Rojas, Agustín Yáñez…