En los últimos días se ha comentado la controversial restauración de la capilla de La Conchita, en Coyoacán, que apareció pintada de amarillo. Aceptando que alguna vez pudiera haber tenido un color amarillo, ocre o naranja, es muy probable que la decisión para aplicar este color sea, por lo menos, pretenciosa.
Los restauradores parecen ignorar que en los últimos dos siglos –quizá un poco más atrás– este monumento debe haber sido pintado cada dos o tres años, con motivo de las festividades de la Purísima Concepción, y que, en esa virtud, no existe un elemento que permita pretender restituirle un supuesto color original. Se nos dice que se hicieron calas, que en las calas apareció un color amarillo y por ello se concluyó que debía pintarse de amarillo, pero si analizamos lo que es una cala para encontrar estos supuestos colores, según la práctica que acostumbran realizar el INAH y la Dirección General de Sitios y Monumentos, resulta que no pasa de ir raspando en un cuadrito de aproximadamente 20 cm. por lado o fajas de ese ancho que sirven para conocer dibujos o decoraciones específicas, eliminado capas de pinturas que van apareciendo en número considerable, de lo que se desprende que el amarillo no es sino una capa más de las varias que se han debido encontrar y, desde luego, no el amarillo bilis con que se ha querido dar vida al viejo barrio.
El hecho concreto es que la policromía prevaleció sobre los colores planos, sin que esta certeza quiera decir que debamos aventurarnos en una difícil y compleja restitución polícroma.
El meollo de estos quehaceres está en la aplicación de criterios racionales y no en pretensiones desafiantes de la opinión general. Ante la ausencia de evidencias concretas para la restitución de color en una restauración como la que nos ocupa, lo razonable parece ser no violentar una imagen que ha sido tradicional y que da a los habitantes del rumbo una vinculación con su patrimonio y su tradición. Me inclino a pensar que Coyoacán se ha caracterizado por los rojos almagre, más bien oscuros, aunque también tuvieron lugar ejemplos de azules, verdes, morados y amarillos. Lo que resulta molesto para la comunidad es la falta de información que lleva a las autoridades competentes a emprender acciones sin tener la atención de exponer las dudas, las circunstancias y los valores que pueden llevar a una determinación y a obtener el consenso de los verdaderos dueños del patrimonio: la población de su entorno.
Hay otro elemento a considerar: si estamos hablando de policromía o decoraciones de la propia pintura, nunca vamos a poder determinar fácilmente y con la precisión debida cuál era el discurso plástico del monumento en un momento dado o en una época cultural, como se nos pretende hacer creer con este resultado. Por la forma en que se aplicó este color, simplemente para enmarcar el tapete decorativo de la portada –que con toda prudencia, reconocemos, no se ha intervenido ni se ha intentado restaurar, por la dificultad que presenta–, entendemos que sólo tuvo por objeto eliminar deterioros y daños que a algunas personas les parecían, quizás con razón, como descuido. Hemos oído hasta el cansancio los argumentos y razones –algunos válidos– que nos recuerdan que casi toda la arquitectura colonial estaba pintada, en muchos casos incluyendo las canteras y los elementos arquitectónicos más ricos en su estructura y en su talla, pero no es fácil llegar a verdades inobjetables porque navegamos en un mar de hipótesis indefinido e indeterminado. Si bien en todos los monumentos encontramos restos de pintura, es sumamente difícil pretender una idea clara de la policromía original que se pretende recuperar. No cabe, pues, sino recurrir, en el caso, a reconstrucciones museográficas de carácter pedagógico para que se vayan asumiendo estos conceptos, pero conviene, en sumo grado, no verterlas o no realizarlas en el monumento real porque esto violenta la memoria colectiva, que asume ya una idea que la imagen del lugar le ha formado en el transcurso de varias décadas.
En los últimos años han proliferado estos errores de procedimiento, en casos incluso más alarmantes que La Conchita. Tenemos un ejemplo mucho más desastroso en el convento de Acolman, en el Estado de México: quién sabe a quién se le ocurrió aplanar y pintar de un amarillo chillante aquellos extraordinarios paramentos de la construcción monumental del siglo XVI, que probablemente ni siquiera llegó a estar toda ella enjabelgada o aplanada; eran las piedras, los muros de piedra los que asumían el discurso plástico esencial del edificio, que nos recordaba su antigüedad, su época de construcción y, en suma, su mensaje cultural, que fue violentamente transformado en aras de pretender “que se viera más limpio, más nuevo” y –a criterio de quién sabe quién– “más cuidado”.
Con mayor cuidado y oficio, la extraordinaria parroquia de Texcoco fue pintada también de amarillo y blanco, lo que parece ser aceptado pero no deja de tener un aliento de protagonismo un poco repulsivo.
¿Cómo podemos vincular esto al problema latente de la restauración de El Caballito, que tiene ya cerca de tres años encerrado en una carpa y sustraído como valor urbano a los habitantes de esta capital y sus visitantes? Tendríamos también que enlazarlo con los hechos que en marzo pasado tuvieron lugar en el Hemiciclo a Juárez, que se pretendió limpiar pintando el mármol o decolorándolo. No se supo bien en qué consistió el tratamiento que, por desagradable, alarmó a quienes tuvieron ocasión de percatarse del desaguisado.
En suma, se trata de un equívoco en los procesos de restauración y en la gestión del patrimonio, que la Secretaría de Cultura descuida. No se trata –como absurdamente dice la Ley de Monumentos– de erigir como autoridad pontificia a los funcionarios más o menos preparados, que por el simple hecho de ser empleados (muchas veces recientes) de ese organismo, se consideran tocados por la divinidad para pronunciarse dogmáticamente como depositarios de verdades infalibles, cuando el INAH debería más bien cultivar una actitud didáctica, de enseñanza, e inducir en la comunidad el amor y el aprecio por su patrimonio, sin adoptar el rol de autoridad de carácter policiaco que imponen decisiones y criterios a quienes lo tienen bajo su cuidado. Al INAH le hace bien una dosis de autocrítica. Hablo de monumentos históricos. Desconfiamos de las denuncias que sus bases publican en forma anónima “por miedo a represalias”. Descalificamos su pretensión de ser “los únicos que pueden intervenir El Caballito”. Si hay conocimiento, éste debe exponerse y no reservarse como gremio juramentado.
¿Son de cierto especialistas? La restauración, como la medicina, es una profesión de servicio, no un coto particular de sabiduría. La sabiduría se decanta sin violencia, no se impone por textos legislativos.








