Se acerca la reapertura de la pequeña iglesia, en torno a cuya remodelación y a la plaza del mismo nombre donde se ubica hubo polémica; la más reciente, el color externo de la capilla, que los vecinos rechazaron –entre ellos la pintora Rina Lazo– por la correspondencia con la barda de un condominio colindante. Según el INAH, el amarillo es el original, lo cual es debatido por los restauradores especializados Sergio Zaldívar y Tomás Zurián, y por el cronista de Coyoacán, Luis Everaert.
Apunto de reabrirse luego de casi cinco años de trabajos, la capilla de la Inmaculada Concepción (La Conchita), Patrimonio Histórico de Coyoacán, alarmó a los vecinos por el tono amarillo con el cual se pintó.
Pareció hacer juego con la gran barda –a sus espaldas, sobre la calle Fernández Leal– heredada por unos condominios de una fábrica de papel, y que hasta hace poco todavía estuvo pintada del típico café rojizo colonial.
Por ello la pintora Rina Lazo, quien vive frente a la plaza de La Conchita, comentó sobre la capilla:
“Se les pasó de amarillo.”
Lazo, discípula de Diego Rivera, quien con Arturo García Bustos, a su vez alumno de Frida Kahlo, habita desde hace medio siglo la llamada “Casa Colorada” o “de Malinche” en ese que es el barrio más antiguo de Coyoacán. Ambos se han pronunciado siempre en favor del resguardo de La Conchita, y recientemente pugnaron porque la piedra bola de su calle (Vallarta) no fuera sustituida por pavimento (Proceso, 1810).
“Ciertamente nos llamaron e invitaron a algunos vecinos por parte de la Secretaría de Cultura para avisarnos que se pintaría, que habían estudiado la capilla y que iba a ser de amarillo porque ese había sido su tono, aunque me parece que se les pasó de color, muy fuerte, no creo que sea el exacto.”
Y sobre la barda a espaldas del monumento del siglo XVIII, expresó:
“En Coyoacán en los últimos años les ha dado la moda de pintar bardas y casas de amarillo y hasta de rojo quemado, pero como lo hacen con pinturas comerciales en lugar de a la cal (a base de cal) no les quedan tan bien.”
Más aún, para el arquitecto y restaurador Sergio Zaldívar, quien dirigió por una década los trabajos de estabilización de la Catedral Metropolitana, el tono debió haber sido rojiblanco (como se le conocía), incluso hasta policromado de origen, según apuntó:
“Generalmente le rascan y encuentran un color y se les ocurre decir que así era todo, pero es difícil que con una ‘rascadita’ puedan determinar el tono. Quizás sea un poco romántico, pero a mí se me antoja ver así las iglesias, sencillas, viejas, a pretender pintarlas porque cambia la expresión plástica del monumento. En todo caso deberían de hacer reconstrucciones hipotéticas antes de pintar.”
Como ejemplo, recordó los trabajos que encabezó en la iglesia de Santa Rosa de Viterbo en Querétaro, donde por estudios se llegó a la policromía del monumento.
“Lo mismo pudo pasar con La Conchita”, dijo y concluyó:
“La pretensión de hacer un cambio sólo por decoración se me hace hasta grosera. ¿Por qué cambiar la imagen? Hay que pensar que antes quizás la pintaban cada determinado tiempo a ocurrencia de las fiestas o mayordomos del pueblo… para saber qué ocurrencias hubo en 200 años, ocre, rojo, amarillo, azul. Yo creo que es el caso de la capilla, que haya sido policromada.”
Más tarde, puntualizó sus argumentos en un texto (ver Recuadro).
El recinto, cuyos trabajos de conservación comenzaron en 2011 –con interrupciones por cuestiones presupuestales–, ha tenido a la fecha una inversión de 12 millones de pesos en un rescate que evitó su posible colapso, más otros 2.5 millones que se espera lleguen hacia la segunda mitad de este año para una última intervención. Esta incluye restauración de ajaracas, molduras y relieves de campanarios, según informó Raúl Delgado, director general de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura federal.
La estructura, que data del siglo XVIII, cuenta incluso con instalación eléctrica nueva y piso de encino de madera, entre sus últimos trabajos.
“Podemos decir que la capilla está segura y probada incluso con sensores que, tras un sismo en 2012, nos sirvieron para confirmar que no se abrieron las grietas de bóveda, porque el suelo de esa zona es un 20% sólidos (arcillas, arena, etc.) y el resto es agua. De ahí iniciamos una serie de estudios técnicos, ingenieriles, científicos, junto con un proyecto de exploración arqueológica (2013).
“Y ahora que ya casi está terminada tenemos el reclamo y exigencia permanente de la sociedad de entregarla en correcto funcionamiento en estos días, junio a más tardar.”
–¿Cómo se determinó el color amarillo de la fachada?
–Fue a sugerencia del Instituto Nacional de Antropología e Historia en base a un estudio histórico. Los tonos ocres preponderaron durante los siglos XVII y XVIII. La capilla tiene varias etapas, se encontraron los restos, casi los muñones del recinto con características del siglo XVII: el arco de varias líneas es la mitad de un hexágono, lo que delata la filiación de ese siglo en el monumento, tiempo en el cual usaron tonos ocres como amarillo y pintura a la cal, que además de cubrir funciona como agente sanitario, permite consolidación y transpiración de humedad en los muros, es una fórmula antigua, buena y relativamente económica.
También explicó –lo cual apunta a la argumentación del arquitecto Zaldívar– que “en realidad la paleta cromática de la fachada está incompleta, las ajaracas tienen una tonalidad más gris, y hay restos de un fondo rojo”.
Al frente de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural desde 2009 en el extinto Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y ahora Secretaría de Cultura, Delgado dijo que sólo faltaría un saneamiento botánico a la Plaza de La Conchita y una adecuada iluminación, lo que correspondería a la Delegación.
Para el cronista de Coyoacán, Luis Everaert (Proceso, 1973), miembro del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México fundado por Guillermo Tovar de Teresa en 2007, el amarillo sí corresponde a La Conchita, y mencionó como ejemplo el nicho de la llamada Casa de Ordaz (en la esquina de Francisco Sosa y Tres Cruces), del mismo color, casi mostaza, entre otros sitios:
“Y si se va a la Casa de Alvarado, aunque ahí no es tan notable, tiene un color mamey con coloraciones amarillentas, las hubo también en la fachada de la iglesia de San Antonio Panzacola, que actualmente tiene rosa seco con café. Otra evidencia, aunque no abundan los recubrimientos de azulejos, está en el patio de la casa de la Hacienda del Altillo, también en Avenida Universidad pegado al puente de Francisco Sosa: hay arietes y fuentes recubiertas de azulejos en amarillo fuerte, muy barroco. No es difícil saber que, en efecto, La Conchita haya tenido un amarillo.”
Mientras que para el también investigador y restaurador Tomás Zurián, también vecino de la calle de Vallarta –especialista y biógrafo de la pintora Carmen Mondragón, Nahui Ollin–, si ese era el color, habría que conocer la tinta:
“El problema es que cuando se pone el color, luego de un estudio estratigráfico, si ese es el color, si la superficie no está deslavada o manchada, va a chocar en el primer momento, es inevitable… pero hay que pensar que así estuvo recién pintada, así se vio. Ahora puede chocarnos, pero se va a integrar por el efecto a la intemperie. El tiempo se encarga de terminar las obras, de hacer la pátina. Inclusive me parece un trabajo más honrado que el de la iglesia de San Juan Bautista (Plaza Hidalgo en Coyoacán) que quedó como nueva y hasta imitaba deslaves de pintura.”
–¿Qué hay del tono de la barda de condominios a espaldas de la iglesia?
–Desconozco por qué son de tono similar. Quizás fue una muy mala circunstancia, porque visualmente al ver de frente la capilla se amalgama una cosa con la otra y le resta su antigüedad. Lo que se podría hacer es pintar la barda de otro tono para que visualmente aísle la capilla y destaque del fondo. Tiene solución.”








