Mano dura contra los maestros

El asalto perpetrado por las fuerzas policiales en contra de los maestros y la población solidaria que los apoya en su lucha por hacer valer sus derechos consagrados ha de revisarse con lupa. Del reciente altercado en Nochixtlán, Oaxaca, se maneja la suma ocho de muertos, 22 desaparecidos y medio centenar de heridos. Este hecho reedita libretos, consignas y casi a los mismos actores que en Atenco, en Iguala, en
Apatzingán o Tlatlaya. ¿Quién ordena la participación de la fuerza pública con el empleo de fuego a discreción y por qué? Es interrogante que las autoridades constituidas tienen que respondernos ya.

Casi podemos adivinar la respuesta. No se trata de seguir en el mundo de las conjeturas, sino aterrizar en los hechos concretos y descubrir la personalidad de los responsables, para ponerles freno. El país no puede seguir soportando estas convulsiones que arrojan invariablemente hermanos mexicanos sacrificados. No podemos darnos el lujo de que haya sádicos envueltos con las banderas de la autoridad, que desaten su perversión y su protervia en contra de la población con el menor pretexto. La salud pública exige una curación a fondo de esta enfermiza criminalidad de nuestras autoridades.

¿Dónde ocurre que la respuesta a los ciudadanos, por parte de sus autoridades, sea el de abrir fuego? Éstas actúan como si se tratase de invasores a los que hay que detener o de maleantes que ponen en riesgo la convivencia de la comuna. Acuden al teatro de los hechos vestidos con las casacas del orden público. Se transportan en los vehículos que se mantienen del erario para poder funcionar. Accionan armamento proporcionado con los recursos que aportan sus futuras víctimas, los mismos a quienes van a ametrallar. Sólo falta que nos enteremos que se incorporan a estas huestes de muerte cantando La Marsellesa o alguna otra estrofa de las llamadas patrióticas, como aquella que dice “mas si osare un extraño enemigo”.

No tendría nada de extraño, pues el presente nos arroja espectáculos cada vez más aberrantes para nuestra contemplación, en todo el mundo. Lo malo con nuestra masacre más reciente es que tiene demasiados precedentes similares en nuestra historia.

Las autoridades constituidas no pueden desbocarse y arremeter en contra de los ciudadanos que deciden hacer uso de su derecho de manifestación y de protesta. Sabemos que los maestros del sureste no aceptan la aplicación de las nuevas formas sancionadas por la famosa reforma educativa y que han salido a la calle dispuestos a detener la aplicación de tales medidas. Sabemos que son empecinados y no van a detener su oposición a una reforma educativa, que no lo es. No los han podido engañar con tal garlito. No bajarán los brazos.

El llamado gobierno se encorajinó y saltó las trancas. Es al que hay que detener ahora. Es el que debe ser controlado. Aparece este empeño como una tarea titánica o colosal. Dada la soberbia de este segmento del país, se antoja ser una meta muy demandante. Nuestros agravios colectivos provienen de la ceguera de quienes detentan el poder. La responsabilidad de las repetidas masacres sufridas por nuestro pueblo apunta a las manos de quienes debían cuidarlo. Es el secreto de toda esta insania. Es la razón primigenia también por la que vemos que muchas comunidades están declarando y dando su apoyo abierto a las demandas magisteriales.

Jamás nos hubiéramos imaginado los mexicanos a un Jaime Torres Bodet o a un Agustín Yáñez empuñando las armas en contra de sus maestros. Por muy díscolos que se muestren los disidentes, el debate entre mentores y autoridades tiene que desahogarse en mesas de diálogo, en espacios de discusión racional y ordenada. Los excesos presentes descalifican a la parte actora, cerrada a cualquier formato de avenimiento. Que contra los mentores suene el estruendo de las armas es grito que clama al cielo. No debe continuar adelante.

La ceguera de la autoridad ya tensó la situación. No vale escarmenar más para saber quién llevó la tirantez a estos extremos, si la cerrazón del titular de la SEP, Aurelio Nuño, la ceguera de la Secretaría de Gobernación o la pésima lectura que se hace desde el poder a las exigencias populares. Una vez que la fuerza pública derramó sangre de los opositores, se impone obligarla a que frene sus medidas de fuerza y sentarla a la mesa de diálogo. Es decir, la solución al presente conflicto sólo puede darse a partir de cumplirle la exigencia ciudadana y civilizada a los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Dialogar con la oposición no rebaja nunca a un gobierno, si es que éste conserva arrestos de tal, en su endemoniada carrera al precipicio.

La sordera de Nuño ha sido paradigmática. “Solo me sentaré a dialogar, si la CNTE doblega las manos, vuelve a clases y acepta la reforma educativa”. ¿Quién asesorará a semejante energúmeno, si el punto candente de la pugna presente reside precisamente en la actitud unilateral del régimen a aplicar su reforma estructural? La exigencia de los maestros de que la nueva norma sea revisada, flexibilizada, convertida realmente en reforma educativa y no laboral y persecutoria, como se percibe, tiene más presencia y validez que nunca. Si no la admiten los maestros y alegan que se trata de un pretexto para despedir de sus plazas de trabajo a miles de mexicanos que han vivido al cobijo de tales tareas, pues habrá que atender sus observaciones. Que los del poder recurran a formatos de fuerza, manu militari, en contra de los afectados induce a otorgar la razón al perseguido, al que se busca someter.

Si los hombres del poder tienen en sus manos la nómina, esto es el dinero que hace posible que los trabajadores acepten las nuevas condiciones de trabajo, y si aparte alegan tener la razón y la ley de su parte, ¿por qué recurren entonces al despliegue represivo y ominoso de la fuerza bruta, para imponer sus cánones? ¿Por qué tienen que doblegar a los maestros a sangre y fuego, para que acepten cubrir de nueva cuenta su plaza docente? ¿Dónde se ha visto que el ejercicio de la docencia, que tiene que ver con el dominio de la voluntad, haya de entenderse con soluciones de fuerza?

Hay muchas variables más que están presentes en este conflicto. Lo agudizó, ya lo vemos, lo obtuso de quienes detentan el poder. Pero detrás de toda esta parafernalia se oculta el saqueo de los recursos en posesión de los pueblos, de nuestros pueblos ancestrales. Esas comunas no van a dejar solos a sus mentores, quienes siempre se han solidarizado con ellos en sus tareas y con sus propias vidas. Su accionar se vincula siempre con la defensa de los intereses populares. El alejamiento de los hombres del poder con estos intereses es palmario. No recuperarán el favor del pueblo empuñando las armas y masacrándolo. Los campos han sido perfectamente deslindados.