A pesar de las preferencias tribales de la selección curatorial, la exposición Rastros y vestigios. Indagaciones sobre el presente, es interesante. No sólo por algunas de las obras expuestas sino, también, por los valores artísticos, gustos de adquisición y relaciones de poder que devela.
Organizada por la Colección Isabel y Agustín Coppel (CIAC), como parte de las actividades que realiza para enriquecer la comprensión de su acervo con nuevas interpretaciones, la muestra, curada por la historiadora del arte Tatiana Cuevas, se sustenta en la premisa de abordar las obras como signos que dan cuenta de la civilización actual pero, descifrándolos desde un presente que las percibe como rastros de un tiempo y espacio desconocido.
Si bien el juego es atractivo, al seleccionar las piezas con base en su capacidad para evocar escenarios deshabitados, la interpretación se convierte en una acción dirigida que, paradójicamente, evidencia el absurdo y vejez de numerosas obras posconceptuales de la Colección. Entre ellas, la instalación colgante hecha con hilos ensartados con semillas y cuentas diversas de Abraham Cruzvillegas; el pequeño ensamblado con navajas de bolsillo, clips, broches, llaves, alambre y llaveros de Claire Fontaine; los recortes de periódico de Jonathan Hernández; el cable enredado sobre una caja de luz de Marco Rountree; la instalación de Danh Vo con pantuflas y batas de baño; y la instalación a pared de una cuerda de guitarra de Fernanda Gomes. Si dentro de 100 años se encontraran estas obras como testimonios de la grandeza creativa, sólo podría pensarse: o que el arte no existía o que la sociedad carecía de valores trascendentes.
Sin establecer diferencias entre la trivialidad de las propuestas posconceptuales, y el compromiso artístico y crítico de los conceptualismos sesenteros y setenteros, la exhibición diluye la importancia de autores y obras como el bastón de André Cadere, la propuesta fotográfica de Eggleston –que no se reduce a representar objetos–, el testimonio diario de Todavía estoy vivo de On Kawara, la escultura “materista” del cable de acero de Carl André y, de los noventa, uno de los espléndidos autorretratos-graffiti de Zhang Dali.
Al no establecer diferencias entre obras realizadas en 1946 –una serie de fotografías que registran las pruebas nucleares que condujo la Fuerza Aérea de Estados Unidos en la Isla Bikini– hasta 2011, la exposición asimila épocas con distintos valores culturales. Sin embargo, en lo que se refiere a la escena del arte contemporáneo mexicano hegemónico, Rastros y vestigios descubre algunas de sus estructuras. Entre ellas, el modelo actual de coleccionismo y el acotamiento curatorial.
Con un predominio notorio de obras de Gabriel Orozco y de artistas pertenecientes a las galerías feriales mexicanas –Vargas Lugo, Cruzvillegas, Johnatan Hernández, Moris, Damian Ortega, Teresa Margolles–, la curaduría evidencia su preferencia por un grupo específico, y los coleccionistas confirman que la pasión por descubrir artistas ha sido sustituida por la adquisición de firmas vendidas en galerías de prestigio internacional. La Colección Coppel se inició con arte moderno y ochentero mexicano y, en los años noventa, optó por las estéticas posconceptuales.








