Al rescate de la exhacienda de Cuahuixtla

Asombrado por la belleza y enigmas de esta exhacienda ubicada en las cercanías de Ciudad Ayala y Cuautla, en el Estado de Morelos, el artista plástico Francisco Fernández Orozco se lanzó a investigar el origen de su fundación virreinal y cambios de propietario hasta la Revolución Mexicana e incluso nuestros días. Así, entrega a los lectores de Proceso un relato sobre su experiencia al recorrer el emblemático monumento que fue bastión de la producción azucarera –reclamado por las tropas zapatistas–, para el cual pide su recuperación.

Vestigio de lo que fue un importante ingenio azucarero, las ruinas de la exhacienda de Cuahuixtla son testigo de un tiempo en el cual se generaron hechos sociales y económicos que forman parte de la hechura de éste, nuestro sufrido país, y narran una historia de más de trescientos años de producción de azúcar de la más alta calidad.

Originalmente llamado Cahuitztlan, “lugar de mezquites” (del náhuatl cuahuitl: árbol; huitz: espina, y tlan: lugar), el histórico monumento se localiza cerca de Ciudad Ayala y de Cuautla, en Morelos.

Su fundación está vinculada al cultivo y la explotación de caña, cuando se otorgaban algunas “encomiendas” (pretexto para tener mano de obra gratis a cambio de catequizar a los indígenas naturales) a conquistadores y otros peninsulares a perpetuidad.

Por obra de nuevas leyes, esas antiguas encomiendas sólo serían usufructuadas por dos vidas y empezaron a caducar allá por 1580 (año en el cual se establece el ingenio de Cuahuixtla), razón por la cual los temerosos beneficiados hacen los oficios necesarios ante Felipe II, rey de España, para que emita una real cédula que se llamó “de tierras ociosas”, por la cual cualquier predio podía cambiar de poseedor por haberse dejado de sembrar tres años.

El entonces recaudador de rentas del virrey Álvaro Manrique de Zúñiga Gordian Casasano, se acoge a dicha cédula y obtiene una gran superficie de tierra para fundar su propio ingenio azucarero, que opera junto con un hermano y que hasta el día de hoy, junto a la población que generó, sigue perpetuando su nombre en el municipio de Cuautla.

A pocos kilómetros de ahí está el ingenio de Cuahuixtla. Nos enteramos, en una historia de la Orden de Predicadores de Santo Domingo, que estos frailes también aprovecharon la citada real cédula, obteniendo el área agrícola necesaria para fundar un ingenio azucarero en Cuahuixtla. Para la fábrica arquitectónica y mecánica del mismo contratan a un arquitecto e ingeniero de muy reconocida fama y capacidad llamado Alberto Garnica, quien fue alumno sobresaliente en el Colegio de San Pablo de Valladolid, España.

La construcción comienza en 1583. Una vez concluida y echado a andar el ingenio, es explotado por la orden dominica por más de doscientos años. Para 1797 aún está en poder de ellos. Posteriormente es vendido a la Compañía de Jesús, la cual lo enajena a un particular. Por cierto, el jesuita Rafael Landívar relata en el capítulo “El Azúcar” de su famoso poema en latín Rusticatio Mexicana (“Por los campos mexicanos”), de 1781, una curiosa noticia acerca de la característica que hizo de la producción azucarera mexicana un gran éxito económico.

Como antecedente, sabemos que el humanista y filósofo agustino Erasmo de Rotterdam escribe una carta en 1525, en la cual se queja de la mala calidad del azúcar que llegaba principalmente de las islas Canarias. El relato de Landívar dice: “… que una vez”, en un pilón de azúcar que estaba “purgando” la miel sobrante, se paró una paloma y cuando ésta se fue, se percataron que junto a las huellas de lodo que habían dejado las patas del animal, el azúcar estaba completamente blanca. Buscaron la arcilla del mismo, con lo que se hizo la obtención de la blanquísima azúcar mexicana, que exportada a Europa se convirtió en preciado adorno de las mesas acaudaladas.

Así, cavilando, penetramos mentalmente en el rasgo más tenebroso del lugar: la esclavitud. El inhumano trabajo de sol a sol es realizado por esclavos africanos, que dada su fortaleza física, son quienes soportan el cruel tren de trabajo. La planta de esclavos hombres es aproximadamente de 150. También existe una importante cantidad de mujeres del mismo origen, destinadas a labores más ligeras y a las domésticas. Se permiten los matrimonios entre ellos, pero están sujetos a un férreo control de permanencia cuya transgresión es duramente castigada; el ingenio es, de hecho, una cárcel. Los trabajadores viven en rústicas chozas que ellos mismos construyen; en el siglo XVI reciben un sueldo mensual de tres pesos y medio (28 reales, según el desaparecido doctor y antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán), que absuelve al patrón de mantenerlos. Dado que no hay comercios cercanos, los artículos de consumo son traídos por él y vendidos en su “tienda de raya”; la transacción se hace con moneda emitida por el mismo propietario con el vicioso resultado que todos conocemos.

El declive

Desde los siglos XVIII y XIX existen reclamos legales del pueblo de Anenecuilco (cuna de Emiliano Zapata) debido a la invasión de sus tierras comunales por parte del ingenio de Cuahuixtla, cuya resolución se pierde en algún tortuoso archivo y en el tiempo, pero genera el resentimiento de sus pobladores. Según la tradición oral del lugar, en algún momento del año de 1911 Zapata encabeza la invasión del ingenio. El propietario de ese momento es el peninsular Manuel Araoz, que es aprehendido por mujeres de Anenecuilco con la intención de colgarlo en uno de los mezquites que ahí hay; alguien de los mismos intercede por él perdonándosele la vida y permitiéndole salir. Pero no para ahí la cosa, la instalación es incendiada y queda inutilizada.

Encontramos, sin embargo, el dato de la zafra 1912-1913 del ingenio, lo cual modifica lo que la tradición oral dice, aunque la hacienda también aparece en la lista de ingenios que dejaron de operar definitivamente a raíz de la Revolución Mexicana.

A medida que se camina van descubriéndose sus diferentes espacios y nos invade el asombro que producen ciclópeas construcciones cuya grandeza plantea preguntas sobre su propósito fabril. Seguimos en el descubrimiento de galerías grandes y pequeñas, puertas y ventanas de distintos tamaños y formas. Los estilos arquitectónicos se van sucediendo como se sucedieron sus tiempos de construcción. La portada prístina: tapiada con la intención insensata de prevalecer lo práctico sobre lo bello. Las bóvedas de cañón, altísimas, proclaman el abandono y tratamos de poblar imaginariamente con el barullo humano.

A la bella galería de acceso, cuyas bóvedas repiten el eco de nuestras voces, le sucede el extraordinario tanque de mieles, magistralmente chapeado con losas de basalto. Después, “la casa grande”, silencioso testigo de la vida privilegiada de la familia del dueño o del administrador. De salida, el enorme “chacuaco” cuadrangular.

Salimos convencidos de que tan impresionante lugar debería ser un Centro Nacional de las Artes o algo así. También nos viene a la mente aquello de que “la cultura es la columna vertebral de un país”, a contrapelo de las mentes mercantiles, y sentimos el peso apabullante de la indiferencia de los organismos gubernamentales de todas las alturas, de todos los colores y de todos los talantes, que olímpicamente desprecian los restos de nuestra historia y de nuestra cultura.