Entre las varias leyendas que rodean la vida de Maximiliano de Habsburgo (1832-1867) en su paso por México, está la de los supuestos amoríos que vivió con algunas damas de la sociedad de Cuernavaca que, se cuenta, se deslizaban a hurtadillas al interior del Jardín Borda, por la pequeña puerta que existe todavía al final del parque, del lado del callejón.
Más popular es aún la historia de la llamada India Bonita, retratada entre 1939 y 1940 por el pintor español Salvador Tarazona como una joven mestiza, vestida de china, y rodeada de flores en los jardines de la Villa Olindo, en Acapantzingo, que parece a la espera del emperador a quien se ve llegar montado a caballo.
Relata el historiador de arte Hugo Arciniega Ávila, académico del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, en el libro Entre la realidad y la ficción. Vida y obra de Maximiliano (INAH, 2012), que “se dice que el archiduque austriaco sostuvo una tórrida relación amorosa con la mexicana Concepción Sedano Leguísamo, hija del jardinero de la casa Borda; otras versiones la mencionan como la esposa”.
Añade el investigador que supuestamente Maximiliano mandó construir para esta mujer una casa en las inmediaciones de Cuernavaca, que es justamente la Villa Olindo, y ahí engendraron un hijo al cual llamaron Julián, “con derechos de sucesión al trono de Tenochtitlan, ya que la emperatriz no tuvo descendencia”.
Arciniega señala puntualmente que se trata de “uno de los mitos” que los mexicanos elaboraron en torno al emperador, y que incluso el escritor Fernando del Paso retoma en 1987 para su novela Noticias del Imperio. Cita el académico de la UNAM un fragmento donde Carlota dice que ambos fueron muy felices hasta que Maximiliano llegó a la Residencia Borda y después “muy repentinamente, el día en que yo me di cuenta que don Maximiliano miraba a Concepción y Concepción miraba a Don Maximiliano con una clase de mirada que yo nunca había visto, con una clase de mirada que parecían haber inventado entre los dos”.
En su ensayo “El jardín de la India Bonita: Dos lecturas para un sitio imperial”, el historiador de arte explica cómo pudo irse construyendo este mito, primero a partir de una confidencia que el ayudante de cámara de Maximiliano, Antonio Grill, hizo en 1867 a “un insistente José Luis Blasio” (secretario particular del emperador), en la cual le relata cómo desde la puertecita del final del Jardín Borda se deslizaban por la noche diversas damas hacia los aposentos del emperador.
Las propias concepciones culturales que durante años tuvieron los mexicanos ubicaron a la Villa Olindo, semejante pero de proporciones menores a la casa y jardines Borda, como una suerte de “casa chica” destinada a la amante, no obstante que los registros históricos permiten determinar que también fue construido como recinto imperial y conserva las habitaciones destinadas a la emperatriz Carlota. Así que destaca el especialista:
“El pintor Salvador Tarazona recreó el mito y lo incorporó a la historia oficial del estado de Morelos; su aporte más que a la historia del arte es a la lectura que los habitantes de Cuernavaca hicieron de Maximiliano, una interpretación que dice más de la ideología que predominaba en la Tierra Caliente durante el siglo XIX, que del noble europeo.”
La Villa Olindo terminó de construirse en 1866 e irónicamente comenzó ahí su proceso de abandono. El monumento histórico alberga en la actualidad el Jardín Etnobotánico y el Museo de Medicina Tradicional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En varias reseñas del lugar se menciona todavía que el origen de su construcción es la relación del archiduque con la misteriosa India Bonita.
No deja de sorprender a Arciniega que no hace apenas unas décadas se colocara en la entrada del edificio una placa de cerámica que la nombra como Casa de la India Bonita, lo que relaciona a un personaje ficticio con uno real.
Será difícil ya que la historia oficial destierre la leyenda de este idílico amor.








