Toda construcción o restauración integrada a un espacio natural requiere actualmente de una visión ecológica; con ese sentido se rehabilita el Jardín Borda de Cuernavaca, en el que participa la paisajista Claudia Lizalde. En un detallado recorrido por el sitio emblemático que enamoró a Maximiliano, la promotora del proyecto, Cristina Faesler, junto con un equipo multidisciplinario de especialistas, explicó su tercera de cuatro fases, consistente en el saneamiento de lo que es propiamente el jardín (calles, fuentes, arriates y vegetación), para recuperar su olor y su carácter contemplativo.
CUERNAVACA, MOR.- Cuando se piensa en esta ciudad, sin duda viene a la mente su clima templado húmedo, sus jardines de bugambilia y sus árboles de jacaranda y mango. Pero hace unos siglos era una región más bien árida en la cual se daban principalmente huizaches. La imagen de la eterna primavera de esta ciudad ha sido un producto como lo es su emblemático Jardín Borda.
Con 230 años de historia, este espacio que se convirtió en uno de los predilectos de Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota de Bélgica, es ahora objeto de un ambicioso programa de restauración, que ha dotado a sus salas de exhibición del equipamiento necesario para recibir exposiciones de nivel internacional. Desde el pasado 7 de mayo exhibe ya la muestra Adolfo Best Maugard. La espiral del arte, que será recibida en agosto próximo en el Museo del Palacio de Bellas Artes.
El proyecto entró en la tercera fase de intervención, que consiste en el saneamiento de lo que es propiamente el jardín, sus calles, fuentes, arriates y vegetación.
En un recorrido con Proceso, la secretaria de Cultura de Morelos, Cristina Faesler, acompañada del equipo que colabora en la intervención, explica los avances del plan y cuenta cómo tomaron la decisión de implementarlo. Lo primero que hizo al llegar al cargo en 2013 fue cambiar de sede la secretaría, que ocupaba un lugar en el Borda, pues consideró absurdo que ese monumento histórico fuera oficina y no estuviese abierto al disfrute de todos los morelenses y mexicanos.
Se dio cuenta que muchos de los turistas que lo visitaban lo tenían incluido en guías de viaje para conocer diversos jardines del mundo y pensó que no estaba a la altura de muchos otros, pues se encontraba descuidado; no obstante el abandono al cual había sido sometido en épocas pasadas, estaba vivo y con posibilidades de regenerarse.
Pidió varias propuestas, algunas de las cuales desechó porque planteaban ideas como hacer el clásico jardín “estilo mexicano” con magueyes y tepetate. Pero su idea fue siempre que la rehabilitación del espacio fuera respetuosa de su propia historia y de las transformaciones que había tenido a lo largo de los años. Y si bien muchas de las plantas que se encuentran ahí no son originarias del lugar, tendrían que conservarse.
Encargó esta parte del proyecto a la paisajista Claudia Lizalde, quien junto con el arquitecto Antonio Guerrero, del Centro INAH-Morelos (Instituto Nacional de Antropología e Historia); el profesor Heberto González de Matos y el arquitecto Miguel Ángel Betanzos, miembros del Consejo de Cronistas de Cuernavaca; Erika Loana Rivera, directora de Infraestructura y Museografía de la Secretaría de Cultura de Morelos, y la arquitecta Paola Oviedo de la misma área, guiaron el recorrido de este semanario para dar cuenta de los diversos aspectos.
La historia del Jardín Borda se remonta a 1760 cuando José de Laborde, uno de los mineros más prósperos de la Nueva España, a quien se llamó aquí De la Borda, adquirió el terreno para construir un jardín. La obra comenzó a concretarse hasta 1783 cuando su hijo Manuel de la Borda se la encomendó al maestro de obras Manuel de Arrieta, y juntos realizaron el diseño inspirados en los jardines de Versalles, Francia, consigna el cronista González de Matos en su libro El Jardín de la Borda. Una historia con herencia novohispana.
Cuentan los especialistas involucrados en el proyecto que su traza es similar a la Alameda Central y la alameda que tuvo el Zócalo en el siglo XIX, ambas en la Ciudad de México, sólo que sus arriates (parte acotada en un jardín para plantar flores) no están a nivel de piso sino elevados. Eso hizo que cuando Guillermo Prieto lo conoció en 1847 hiciera una comparación con los Jardines Colgantes de Babilonia. Si se dirige la vista desde el fondo del Jardín hacia la entrada, da la impresión de ver jardines y fuentes flotando.
Reconstrucción botánica
Desde 1987 (Proceso, 541) no se intervenía el Jardín Borda y menos en su zona de arriates. Lizalde resume los problemas que encontraron: había árboles que ya sólo eran postes y parecían vivos, algunos estaban enredados unos con otros, abundaban los troncos con plantas parásitas, árboles vivos cargando el peso de los muertos, copas demasiado crecidas o podridas, plagas como ratas arriba en las frondas, y todo ello impedía el paso de la luz y el crecimiento sano de todas.
De los 16 arriates en total, lograron sacar toneladas de cascajo y basura, “contabilizamos 29 camiones de tres metros cúbicos”, lozas de concreto y cemento de antiguas restauraciones, y hasta restos antiquísimos de charolas en las que seguramente se llevaban plantas para las ferias de las flores. Con el saneamiento se ha logrado regresar los arriates a su nivel original y se ha trabajado con compostas para sanear su tierra.
En cuanto a la flora, se hizo la clasificación de 242 árboles y palmeras y se determinó que hay 49 especies distintas, 30 exóticas y 19 nativas. Luego, a partir del blanqueo de 34 árboles y 5 mil plantas, se estableció un vivero con el cual se alimentará de nuevo al Jardín Borda.
En la intervención de estas jardineras, fachadas y fuentes, se conjuntan los conceptos de rehabilitación, restauración y consolidación. También se hizo un trabajo de arqueología etnobotánica para buscar los estratos del suelo y determinar desde cuándo están las plantas que habitan en el lugar.
“Es toda una investigación acompañada por una serie de especialistas botánicos, ambientalistas, arqueólogos, físicos, químicos, que han estado alrededor de este proceso… Es un trabajo continuo que no se hace, pero que ya está, requiere un mantenimiento”, precisa Lizalde.
Luego de sanear los suelos y clarear las frondas de los árboles, vendrá la reintegración de la vegetación, con flores, cubresuelos y árboles, como el cacaloxuchitl, originario de la región y conocido también como flor de mayo, porque es el mes en el cual florea. Las crónicas hablan de un jardín floral, aromático. Era para la contemplación.
Se rehabilitaron 10 mil metros cuadrados de drenes perimetrales y 40 plintos (elementos de las columnas). La fuente central y cuatro secundarias fueron estabilizadas. Se eliminó el aplanado de mortero de cemento que en alguna época se les colocó para finalmente reintegrarles la pintura a la cal con pigmentos minerales y devolverles el tradicional bruñido hecho con arena y cal, y con alumbre y cera, que desde tiempos inmemoriales se utiliza para impermeabilizar superficies. Se puede ver la técnica en muchas paredes estucadas de conventos y edificios coloniales.
También se intervino la fachada principal. Se hicieron calas estratigráficas de pintura, lo cual permitió conocer que en algún momento se le colocaron aplanados de cemento y pinturas vinílicas. Ahora se le retiraron estos materiales, se consolidaron las grietas y mampostería, y se le reintegró un color azul cobalto, que a decir de los especialistas es el que debió tener originalmente. Y es que se logró encontrar en las crónicas que Borda consideraba su jardín como un paraíso, y el azul hacía referencia a éste.
El Jardín, del cual se rehabilitó también su sistema de riego, cuenta ahora con uno de iluminación que permitirá apreciar la vegetación en la noche y realizar actividades culturales.
Del mundo para Cuernavaca
Según las crónicas, Manuel de la Borda murió sin descendencia, por lo cual en medio de pleitos y de la lucha armada por la Independencia de México el sitio quedó abandonado. Pero nunca perdió su carácter de colección botánica. A las especies de la región se habían incorporado desde su origen plantas que llegaron de otros países, como la bugambilia, que es del Brasil. Detalla Lizalde:
“Aquí eran huizacheras y era una zona realmente de secas, muy árido. La vegetación estaba en ejes y en las zonas de barrancas. La temperatura de Morelos tiene un sistema único en el planeta por las cuatro barrancas que la cruzan. Éstas (del centro) se llaman Analco y Amanalco… Todas son muy profundas y todas tenían agua. Éstas son las únicas que aún tienen agua, y lo que hacen es conservar el calor que sube en la noche con la humedad.”
Ello permitió que los jardines particulares se desarrollaran y contribuyó a crear la idea de un Morelos verde, aunque el verdadero jardín botánico desde tiempos prehispánicos sólo fue el de Oaxtepec. El Borda no fue botánico nunca, como sí lo es la Casa del Olindo, conocida también como casa de la India Bonita, donde se encuentra el Museo de Medicina Tradicional del INAH.
“Imagínate hoy –dice Faesler– un Cuernavaca sin jacarandas, tabachines flamboyanes, bugambilias o tulipán africano. En efecto, tal vez no son las plantas que estaban en el siglo XVII, pero sabemos que llegaban en la Nao de la China, se quedaban aclimatándose en jardines en Guerrero y luego se traían. Y este jardín fue la primera parada para luego llegar al resto de la República. Entonces cuando se habla de que el Jardín Borda es el de los primeros mangos y las primeras bugambilias, es cierto.”
Se le recuerda especialmente como la casa de descanso y veraneo de Maximiliano y Carlota. Información de la Secretaría de Cultura indica que como el emperador era aficionado a la naturaleza, en 1865 se hicieron a la casa y jardín una serie de arreglos para que se instalara la pareja y su corte:
“Fueron años de esplendor para el jardín.”
Las leyendas lo han habitado también. Cuando el archiduque fue su huésped se contaba que las damas de la sociedad cuernavaquense le hacían visitas nocturnas y entraban sigilosas por la pequeña puerta que se conserva en la barda izquierda. Se ha dicho que una de sus amantes fue la llamada India Bonita (ver recuadro).
Una vez que Benito Juárez venció a los invasores, el Jardín se convirtió en sede de instituciones republicanas, hasta que Porfirio Díaz lo vendió a un particular. Durante el siglo XX fue residencia particular, hotel de la West Fargo, y hasta se le quiso demoler en 1950 para hacer un hotel “moderno”. La población se movilizó para impedirlo, pero siguió pasando de mano en mano hasta que lo compró en 1971 el gobierno federal.
Los espacios exteriores siguieron en posesión de particulares, y fueron espacio de diversos negocios, incluso de una afamada discoteca llamada “Mamá Carlota”, en recuerdo de la emperatriz y del poema que le escribió Vicente Riva Palacio “Adiós, mamá Carlota”.
En la actualidad, según Faesler, es visitado por miles de personas. Algunas exposiciones, dice, han tenido de 20 mil a 40 mil espectadores. Cada año, durante la celebración del Día de Muertos se lleva a cabo la ceremonia del Miquixtli, a la cual asistieron el año pasado 91 mil personas en 4 días. Y en la Semana Santa se tuvieron 60 mil visitantes.
En el rescate del Jardín Borda se han invertido cerca de cien millones de pesos. Y se está preparando una memoria sobre todo el proceso de intervención.








