Un pintor oaxaqueño en Guadalajara

Entre todas las historias de artistas que luchan a brazo partido por hacerse una reputación, destaca el caso de Maximino Javier. Originario de Oaxaca, se mudó a Guadalajara con un concepto artístico bien definido y, aunque siempre se concentró en su trabajo, fue cálidamente recibido por los artistas, los coleccionistas y el público de la capital jalisciense. En esta entrevista desgrana algunos de esos recuerdos.

El pintor Maximino Javier es originario de Santa Fe y La Mar, un poblado perteneciente al municipio de San Juan Bautista Valle Nacional, Oaxaca, donde nació en 1948.

Pertenece a la generación de artistas que fundaron el Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo en la ciudad de Oaxaca en los años setenta, entre los que se encontraban Arnulfo Mendoza y Alejandro Santiago.

En los años ochenta vivió en la capital jalisciense, donde tiene muchos amigos y coleccionistas. El pintor presentó su exposición De amor, colores y tierra en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA).

Con ese motivo, Proceso Jalisco lo buscó para charlar sobre su trabajo y la importancia de esta ciudad en su desarrollo artístico, y en la entrevista participaron también el galerista Francisco Barreda y el promotor cultural Rogelio Flores.

Maximino Javier salió de la capital oaxaqueña en 1977 y al año siguiente se trasladó a la Ciudad de México. Lo primero que hizo fue buscar a un personaje llamado Ben Ordemann, quien anteriormente lo había buscado en Oaxaca y le compró su primer cuadro. Maximino lo encontró y le preguntó si podía becarlo para seguir pintando. Ordemann le respondió que no, pero organizó en su hacienda una exposición del artista, a la que invitó a sus amigos adinerados. La obra se vendió en su totalidad.

Realizó su siguiente muestra en el Instituto Francés para América Latina (IFAL), donde también consiguió vender todos sus cuadros.

Cuando nació su segunda hija, el pintor se mudó con su familia al poblado de San Agustín, Jalisco, donde su suegro tiene una pequeña granja, y poco después se trasladó a Guadalajara, donde rentó una casa en la calle Nicolás Romero.

Relata que un día estaban desayunando cuando tocaron a la puerta. Era el galerista Alejandro Gallo, quien pasaba por ahí, vio a través de la ventana un cuadro que le llamó la atención y decidió preguntar de quién era. De inmediato le ofreció hacerle una exposición en su galería, la cual se llevó a cabo aproximadamente seis meses después. Esa fue su primera exposición en Guadalajara y su entrada al medio artístico de la ciudad.

Paco Barreda, galerista y artista tapatío, recuerda que en esa exposición conoció la obra de Maximino Javier y estableció contacto con él. Señala que los únicos referentes de la plástica oaxaqueña que se tenían en aquel entonces eran Rufino Tamayo y Francisco Toledo. Para él, la pintura de Maximino Javier representaba “el verdadero realismo mágico; también Toledo lo abordaba, pero la obra de Max era más fácil de leer”.

Por su parte Rogelio Flores, también galerista y promotor cultural, señala que él veía en la obra de Maximino una relación con la pintura de Chagall, que traducía las leyendas y tradiciones de su medio en su obra. Tanto Flores como Barreda quedaron impresionados con su pintura.

Éste último relata que la obra del artista oaxaqueño ha sido bien apreciada en la ciudad, tanto que hasta fue objeto de robos. Cuenta que el pintor y coleccionista estadunidense Ralph Gray tenía cuatro pinturas de Maximino Javier; en una ocasión se metieron su casa a robar y, entre otras cosas, se llevaron los cuadros. Años después, en San Pedro, Tlaquepaque, el coleccionista Glen Montiel adquirió dos cuadros que le ofrecieron a bajo precio, y cuando se los mostró al galerista Enrique Lázaro, éste identificó las obras y le habló a Gray, quien reconoció las que le fueron robadas.

Por otra parte, Maximino Javier considera que el ambiente de Guadalajara no influyó en su trabajo pictórico. Dice que más bien durante su estancia aquí se afirmó en su estilo y temática, pues estaba tan metido en su trabajo que no tuvo tiempo de observar el entorno como para incorporarlo a su obra.

Al preguntarle si alguna vez elaboró obra con contenido político-social, dado que le tocó vivir varios conflictos en su natal Oaxaca, relató que vivió el ambiente de efervescencia de la Coalición Obrera Campesina Estudiantil del Istmo (COCEI) en los años ochenta, pero no pintó cuadros con ese tema. Admite que aun cuando se contagió del ambiente de ciertas luchas populares, lo más que llegó a incorporar en su trabajo fueron consignas como “Viva Sandino”, pero sin abandonar sus temas y estilo.

Añade que canalizó sus inquietudes sociales en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), uno de los partidos que intentó aglutinar a la izquierda antes del PRD. Cuenta también que estuvo apoyando a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) e incluso elaboró un dibujo que tituló “¡Viva la APPO!”, que se vendió de inmediato en una galería y él donó ese dinero al movimiento.

Sin embargo, luego que se descubrieron los turbios manejos de los líderes magisteriales, el artista se decepcionó y abandonó aquella causa.

De su estancia en Guadalajara recuerda las reuniones con los artistas activos en los años ochenta, como Luis Valsoto, Penélope Downes, Carmen y Pilar Bordes –quienes iniciaron las carpetas colectivas de gráfica–, Guadalupe Sierra, Cornelio García y Adriana Alanís, entre otros.

Un arte sobresaliente

A Maximino Javier le tocó vivir una serie de movimientos pioneros de la enseñanza del arte y su difusión, como el taller Rufino Tamayo en Oaxaca durante los setenta, el surgimiento de las galerías y de los talleres de gráfica en Guadalajara en los ochenta, y a finales de esa época el boom de la pintura oaxaqueña y la creación de galerías en esa entidad.

Para Rogelio Flores resulta admirable que, aun cuando era desconocido en Guadalajara, Maximino Javier tuviera un éxito inmediato y vendiera casi toda su obra, cuando los artistas más conocidos eran Alejandro Colunga, Ramiro Torreblanca, Tomás Coffeen y Valsoto. “La calidad de su obra era sobresaliente”, reconoce.

Maximino acepta que desde que estudiaba en el taller Tamayo ya vendía su trabajo y podía vivir de su pintura. Por otra parte, recuerda que el escultor Francisco Zúñiga lo llevó al taller de litografía de Andrew Vlady. Cuenta que durante la inauguración de una de sus exposiciones en el IFAL, el violinista Hermilo Novelo y otro coleccionista estaban discutiendo por la adquisición de una de sus pinturas, que finalmente se quedó este último porque la pagó primero. Entonces Novelo le encargó un cuadro especial para su casa.

En esa misma ocasión Maximino le dijo a Ben Ordemann que tenía ganas de hacer litografías, pero no conocía la técnica ni sabía de un taller dedicado a ese tipo de gráfica. Ben le respondió que él se comunicaría con Francisco Zúñiga para que lo llevara al taller de Andrew Vlady. Así sucedió tres días después.

Su primera obra litográfica se tituló “El rapto”. Vlady quedó encantado con el trabajo de Maximino y lo invitó a continuar las visitas a su taller. Llegaron a realizar hasta 30 litografías.

Maximino Javier dice no tener un recuerdo específico de su estancia en Guadalajara, pues estaba muy metido en su trabajo y se sentía como fuera de la realidad circundante. Sin embargo, reconoce que estuvo muy cómodo en el ambiente artístico y cultural, lo que ayudó a madurar su obra. “Me sentía bien de que todos fueran muy abiertos y amistosos”, señala.

Barreda y Flores coinciden en que se sentía un ambiente de familia artística, todos integrados. “Fue un movimiento cultural espontáneo del que no nos dimos cuenta hasta que pasó”, dice el segundo.

Francisco Barreda narra que en aquel tiempo estaba por inaugurarse, en la galería de Alejandro Gallo, una muestra de la artista Olga Costa y él pasó a la casa de Maximino Javier para invitarlo. De ahí se trasladaron a la galería Magritte –que él y Flores habían creado tiempo atrás– para recoger a Rogelio Flores e ir a la inauguración.

Al llegar a casa de éste observaron que enfrente se detuvo un taxi, del cual descendió alguien que le pareció conocido. Era Carlos Monsiváis. El pintor ya lo conocía, y después de saludarlo le dijo que iba a la misma exposición. Como la galería de Gallo estaba en la misma calle que la Magritte, pero separadas por varias cuadras, el taxista se confundió y dejó a Monsiváis en la segunda. Barreda le dijo a Monsiváis que ellos también irían a ver la obra de Olga Costa y le propuso que se fuera con ellos en la combi.

Todos se subieron al vehículo. Monsiváis se sentó junto a Maximino y le dijo a Barreda que en una galería de Chicago vio un cuadro de un pintor oaxaqueño que le llamó la atención, y al preguntar quién era le dijeron que ese artista vivía en Guadalajara. “¿Tú lo conoces?”, le preguntó. Barreda le respondió: “Te lo voy a presentar: es la persona que va a tu lado”. Todos rieron. Desde ese momento, recuerda Paco Barreda, Monsiváis sólo se dedicó a platicar con Maximino.

Un dato interesante es que Maximino Javier padece daltonismo. No lo presume pero tampoco lo oculta. Cuando se le pregunta si esa condición es una ventaja o una desventaja, el creador oaxaqueño revela: “Yo me siento perdido si no hay alguien que me acompañe para preguntarle qué colores tengo a mano”.