Como en otros años, la más reciente edición de la Feria Municipal del Libro de Guadalajara (FMLG), que con sus acumulables 47 años de existencia figura como pionera entre todos los eventos de su tipo en el país, fue de luces y de sombras. Por el lado penumbroso, habría que consignar que la participación de librerías y editoriales fue mucho más reducida y pobre que en otros años. En la parte rescatable estaría, junto con algunas actividades del programa cultural, el buen desarrollo que en muy pocos años han tenido algunas editoriales independientes de la localidad que, a quererlo o no, con su atractivo catálogo han venido a poner en evidencia la desdibujada y exangüe producción editorial de instituciones y dependencias públicas de la comarca como la Universidad de Guadalajara, la Secretaría de Cultura, El Colegio de Jalisco, así como los propios ayuntamientos metropolitanos, comenzando por el tapatío, que paradójicamente es el organizador de la longeva FMLG, que el domingo15 clausuró su cuadragésima octava edición.
Entre esas muy apreciables empresas independientes, dedicadas a publicar libros y a buscar lectores para los mismos, son particularmente destacables dos casos: por un lado, el sello Arlequín, que comanda Felipe Ponce y está orientado básicamente a la literatura, con autores contemporáneos tanto de Jalisco como de otros ámbitos del país y aun del extranjero, y por otra parte, El Taller Editorial la Casa del Mago, que ejemplarmente regentea Hermenegildo Olguín y cuyo catálogo no sólo ronda ya el centenar de títulos, sino que éstos se encuentran agrupados de manera inteligente en colecciones variadas y orgánicas, cada una de ellas enfocada a distintos aspectos del acontecer cultural, político, histórico, literario, social, ambiental, laboral, deportivo y hasta carcelario de Guadalajara y su amplia región de influencia.
Ya habrá ocasión de hacer un comentario detenido de la encomiable labor que de manera constante, si bien callada, han venido realizando unas cuantas editoriales de la localidad como la ya mencionada Arlequín, la cual ha superado el estado larvario de otros sellos de la comarca, que a fin de subsistir, así sea de forma intermitente, han buscado el cobijo de instancias oficiales, dejando su situación de “independientes” en entredicho.
Por ahora el propósito es centrarnos en el caso de La Casa del Mago, que en poco tiempo le ha ido dando forma a una suerte de biblioteca jalisciense moderna, a partir lo mismo de asuntos de acuciante actualidad que de otros relacionados con el pasado inmediato pero que no por ello han perdido vigencia o interés para las generaciones actuales. Un buen ejemplo de lo primero es la bien documentada serie dedicada a las implicaciones (hidrológicas, ambientales y sociales) de la presa de El Zapotillo, así como a la historia de los pueblos y comunidades de la región alteña que estarían condenadas a desaparecer en caso de que prospere este depredador proyecto acuícola, el cual fue concebido básicamente, hace poco más de 10 años, para llevar agua a la zona metropolitana de León, Guanajuato.
Otro ejemplo de no menor interés es la colección que ha ido creciendo alrededor de la llamada “Guerra Sucia” en Jalisco, durante los años setenta, colección que también incluye otros tópicos concomitantes como el gangsterismo estudiantil de la época y la hostilidad hacia el movimiento del 68, que se dio lo mismo en el campus “socialista” de la universidad pública (la UdeG) como en el de su contraparte: Los Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara, pues ambas instituciones, no obstante su presunto antagonismo ideológico, acabaron cerrando filas con el gobierno represor del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Con una decena de títulos, entre los cuales se hallan lo mismo testimonios de exguerrilleros sobrevivientes de la persecución gubernamental que recapitulaciones microhistóricas como la que emprendió el periodista Sergio René de Dios en su libro La historia que no pudieron borrar, esta colección dedicada a la Guerra Sucia en Jalisco informa y hace luces sobre un capítulo mal conocido y peor comprendido de la historia reciente de nuestro estado. Varios de esos volúmenes dan cuenta puntual de las causas que llevaron a millares de jóvenes a tomar las armas y sumarse a los movimientos guerrilleros surgidos en distintos puntos del país. Ese es el caso La fuga de Oblatos, de Antonio Orozco Michel, quien fuera militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre.
En otros se habla de la tortura y los abusos policiacos, incluidos varios crímenes atribuidos al gobierno, así como de secuestros, atentados, asaltos a negocios y asesinatos cometidos por grupos guerrilleros. Así, por ejemplo, un sobreviviente de las llamadas Fuerzas Revolucionarias del Pueblo (FRAP), Francisco Martínez Mejía, en su libro Jóvenes de los setenta, hace un recuento de su historial guerrillero y, entre varios tópicos relacionados con la historia política de Guadalajara, no sólo presenta una nueva versión del asesinato de Carlos Ramírez Ladewig el 12 de septiembre de 1975. El autor reconoce que una célula de las FRAP fue la ejecutora directa del “ajusticiamiento” de quien por entonces se desempeñaba como delegado regional del IMSS y fungía como la cabeza del grupo político que controlaba tanto a la temida Federación de Estudiantes de Guadalajara como a la UdeG.
No menos relevante es la colección que La Casa del Mago dedicada a los pueblos condenados a desaparecer con la presa de El Zapotillo. Varios de esos títulos hablan, con datos duros y con conocimiento de causa, del entreguismo y de las veleidades que han mostrado las más recientes administraciones estatales con relación a este proyecto que, de raíz, va en perjuicio de Jalisco y sus habitantes, y de manera particular de la zona de los Altos. Libros como Entre sueños el agua pasa, de varios autores; Temaca en el alma, de Martín Rodríguez, o Tierra hundida, de Juan Frajoza, se refieren también a la rica historia, así como al acervo cultural de esos viejos pueblos (Acasico, Palmarejo y sobre todo Temacapulín) que han sido desahuciados por el gobierno federal con el silencio y la pasividad cómplices que primero mostró el entonces gobernador panista Emilio González Márquez y ahora el Aristóteles Sandoval.
Entre las demás colecciones de La Casa del Mago, son de destacarse las de temática literaria: una ellas se dedica a la “Obra reunida de Luis Sandoval Godoy”, decano de la narrativa regional; otra pretende publicar la “Obra completa de Guillermo Jiménez”, un prosista guzmanense de excepción, y otra más (Marinero en Tierra) se ha ido integrando con poetas de las generaciones recientes. He aquí una verdadera biblioteca jalisciense, gracias a la iniciativa de un talento editorial fuera de lo común como Hermenegildo Olguín.
Por todo lo antes dicho y a diferencia de buena parte de la producción editorial de la mayoría de las dependencias oficiales de la comarca, cuya especialidad pareciera ser la de aumentar el cerro de los prescindibles, los de La Casa del Mago sí son “libros necesarios”.
Un apunte final sobre la FMLG. Fue un acierto que la recién clausurada edición haya estado dedicada a un poeta vivo de tanta significación regional y nacional como Ricardo Castillo, autor de uno de los mejores libros de poesía mexicana en la segunda mitad del siglo XX: El pobrecito señor X. Ahora se debería abogar porque, en un acto de justicia, alguna de las siguientes versiones de la feria –lo ideal sería que fuere la de 2018, cuando la FMLG estaría llegando a su edición número 50– se dedique al fundador de la misma: Salvador Cárdenas Navarro, destacado promotor cultural y quien en 1969, en su carácter de regidor de cultura del ayuntamiento tapatío, concibió la primera feria del libro que hubo en nuestro país.








