León, Gto.- La Ceneréntola, ossia la bonta in triunfo (1817) es una ópera cómica de Gioacchino Rossini (1792-1868) compuesta a los veinticinco años. El relato original es muy antiguo, tal vez chino o acaso egipcio. Charles Perreaut (1628-1703) lo publica dentro del libro Contes de ma mére l’Oye (Cuentos de mamá la oca), y el cuento se vuelve universal.
Cantar a Rossini es muy complicado por sus veloces agilidades, la elegancia y ligereza que requiere y otros retos técnicos aparentemente infranqueables.
La propuesta de La Ceneréntola del Teatro Bicentenario de León tiene a una protagonista de lujo: Guadalupe Paz, quien por derecho propio se ha convertido en una importante intérprete de Rossini a nivel internacional; además de guapa, actúa de maravilla con absoluta verdad escénica y cada vez canta mejor, su sonido es relajado y ágil, es dueña de una robusta y hermosa voz de mezzosoprano.
Otro gran rossiniano mexicano es el bajo Noé Colín, quien interpretó el Don Magnífico, el padrastro malvado. Ha participado en 9 producciones de esta ópera. El señor Colín tiene una vis cómica única, es formidable en la escena y además canta excelente, sin duda el mejor bajo mexicano de la historia.
Oscar de la Torre, tenor a quien por fin pudimos escuchar en vivo, interpretó al Príncipe del cuento, cantante muy solvente; bello y ligero timbre, resolvió con entereza las muchas dificultades técnicas que se le presentaron en la función del estreno, sobre agudos impresionantes que son su mejor carta. La actuación, de primera. Le auguramos un brillante porvenir artístico.
El barítono Josué Cerón, quien interpretó a Dandini (el camarero que se disfraza del Príncipe para conocer la verdad), fue inolvidable. ¡Qué personaje tan difícil! Canta, baila, hace pantomima, todo a un altísimo nivel… el público, no paraba de reír. Sorprendente trabajo.
Muy demandantes en lo actoral y lo canoro, los roles de las odiosas hermanastras que, al final, el público termina adorándolas. Las intérpretes: Zaira Soria, soprano, y Araceli H. Fernández, mezzosoprano, inolvidables por lo bien hecho.
El bajo Arturo López Castillo, cantó Alidoro (el hada madrina en esta ópera): hermosa y sonora voz, en la actuación relajado y elegante.
Al equipo escénico comandado por Luis Martín Solís se le aplaude que aunque moderniza, no deforma el relato original ni la voluntad de los autores; su dirección escénica es una filigrana.
“Este equipo de actores-cantantes ha sido maravilloso pues contamos con varios monstruos del escenario”, declaró para este semanario.
Muy eficiente Jeridy Bosch en el vestuario. Asombrosa y creativa la escenografía e iluminación de Jesús Hernández. La detallada coreografía de Érika Torres contribuye a la comicidad y éxito de la propuesta del Teatro del Bicentenario: de primer mundo.
Alonso Escalante, su director, ha sido un parteaguas en la vida cultural de León, marcando claramente un antes y un después, y ha despojado hace tiempo a la Ciudad de México de la hegemonía operística.








