El negocio familiar es el tráfico de mujeres, y Ulises prepara su primera misión con Sofía, una chica de 14 años; los dos adolescentes se enamoran e intentan huir, el padre patrón los hace escarmentar; ahora tendrán que pagar un precio muy alto si quieren estar juntos.
En su segundo largometraje, David Pablos articula un doble conflicto, el de la trata de blancas de muchachas adolescentes en Tijuana, botón de muestra del país, y el del impacto emocional al interior de una familia del mismo crimen organizado: Las elegidas (México-Francia, 2015), exhibida en el Festival de Cannes en la sección Un Certain Regard, cautiva al público con uno de los temas más dolorosos que puedan tratarse en el cine, el de la infancia expuesta a la corrupción dentro de un sistema de impunidad total.
Pablos muestra su talento creativo al tratar un tema tan sórdido sin un ápice de sordidez, y aún menos de explotación del morbo. La primera secuencia marca el tono: la iniciación precoz de Sofía con un adolescente apenas mayor que ella, podía caer víctima del síndrome de Larry Clark (Ken Park, Kids) que termina explotando lo que pretende denunciar, pero la edad se impone y la niña reacciona con cosquillas. La incapacidad de la infancia o de la pubertad para someterse a la fantasía del adulto queda así manifiesta. Y si Sofía tendrá que madurar abruptamente no será debido a la sistemática violación genital, sino por llegar a entender el precio de la vida en esas condiciones.
Las elegidas desarticula los códigos de la pornografía y de la prostitución. Las situaciones que apuntan al sexo explícito, como con el primer cliente de Sofía, que ocurren frente a la cámara, son siempre anticlimáticas; cuando la copulación forzada se impone al ritmo de los seis mil pesos de cuota mínima que a diario tiene que cumplir, la cámara se mantiene fija frente al rostro de la chica, uno más en la serie de planos fijos de los rostros de la otras jóvenes, o de las serie de clientes de todos tipos y colores. Los sonidos del acto genital quedan fueran (en off), como el martilleo de un trabajo mecánico que sólo produce desasosiego.
Por un lado el aspecto mecánico y repetitivo de la pornografía, excluido del afecto, queda patente; por otro, la tristeza y la claustrofobia de la prostitución impuesta queda gravada en la mirada de las esclavas sexuales. La cacería de jóvenes, el sometimiento y la técnica productiva a la que se encadenan, no son otra cosa que un régimen de esclavitud. La repetición mecánica que atenta contra la posibilidad de amor y de futuro se ejerce también sobre la fachada familiar, como la comida en la recepción a las nuevas novias, y se calca como un dejá-vu.
La mayoría de los actores no son profesionales. Las actuaciones de Oscar Torres (Ulises) o de Nancy Talamantes (Sofía) se siente literal, sin distancia, los pensamientos parecen atrapados en un pantano de emociones.








