La era digital en México e Iberoamérica no augura grandes cambios en la lectura de libros, contrario a lo que ocurre ya en los países más desarrollados económicamente. De acuerdo con el presente artículo del editor y periodista Hugo Vargas, hoy casi la mitad de los mexicanos tiene conexión a internet, pero la mayoría la utiliza para chatear y enviar correos, sin contar que el analfabetismo funcional en México es de casi 40% y el promedio de escolaridad, de 7.5 años.
Fue en la Feria del Libro de Frankfurt, en el lejano año de 1992, cuando supe de los primeros libros electrónicos. Eran bases de datos de la historia económica de Alemania y Europa que presentaba alguna universidad de ese país.
Quizá los lectores más jóvenes no sepan que por esos años el procesador de palabras más usado era Word Perfect; que internet empezaba a desarrollarse y se usaba como un directorio de páginas amarillas enorme; y que el buscador más poderoso era Altavista, aunque Yahoo ya le pisaba los talones.
Para imprimir un libro era indispensable hacer negativos que debían atesorarse en las bodegas de las editoriales.
Aunque la tipografía digital ya era lo común, sobrevivían talleres de fotocomposición y algunos pocos linotipos. No puedo negar que sentía un poco de molestia en aquel 1992 cuando pensaba en cómo podía sustituirse un libro en papel, su densidad, su ergonomía, con un frío e intangible producto electrónico. Incluso escribí alguna elegía para el libro impreso, su textura, olor…
En 1995 Amazon empezó sus operaciones. Y al año siguiente el Proyecto Gutenberg llegó a los mil libros digitalizados. En 1999 surgió el primer lector electrónico, el eReader, y en 2000 Stephen King lanzó la autoedición de su obra Riding bullet…
Mucha agua bajo el puente.
Hoy los editores se encuentran en el ojo del huracán digital. Todo a su alrededor se mueve a gran velocidad y aún no queda claro qué se mantendrá en pie. Es un proceso en desarrollo, con niveles desiguales a lo largo del mundo y cuyo fin –si es que lo tiene– aún está lejos de verse.
La red mundial y sus derivados están modificando la transmisión del conocimiento, en la que el libro fue un instrumento privilegiado.
Las nuevas tecnologías han transformado para siempre el mundo del entretenimiento y la cultura. Veamos a nuestro alrededor y nos daremos cuenta: las tiendas de discos prácticamente han desaparecido; los cines y las tiendas de video luchan encarnizadamente para permanecer… y los editores y los libreros están preocupados.
Y es que la misma definición de libro está cambiando. Ahora muchos pensamos en él como una herramienta que combina texto, audio y video.
“Si el libro es una prótesis que forma parte de nuestras redes exocerebrales –ha dicho el sociólogo y antropólogo Roger Bartra–, no debe extrañarnos que pueda evolucionar hasta convertirse en un artefacto sofisticado que mantenga la sencillez original del invento y la combine con los extraordinarios recursos de la digitalización.”
Creo con el historiador catalán Román Gubern que transitamos hacia la “pantallización de la sociedad”, hacia ambientes que nos hacen pensar en alguna película de ciencia-ficción.
La opinión mayoritaria es que en los próximos cincuenta años coexistirán el libro impreso y el electrónico, y quizá un poco más adelante los productos digitales sean los predominantes.
El advenimiento de la digitalización ha provocado una enorme controversia. Con iniciativas como la de Google se ha demostrado la factibilidad de la biblioteca universal, aunque el peligro se encuentra en “favorecer utilidades privadas a costa del bien público”, como lo han señalado los también historiadores Robert Darnton (Estados Unidos) y Roger Chartier (Francia).
Sucede que el mercado y el negocio del libro digital también se está disputando entre grandes corporativos multimedia y sus representantes y cabilderos. Recordemos que todo el negocio en internet sólo es posible si se tiene acceso a la red. Y este acceso no es gratuito ni es libre ni es universal.
No es gratuito: por el contrario, es un jugoso negocio de un puñado de empresas que ofrecen el acceso.
Tampoco es libre: pues hay variados ejemplos de cómo los gobiernos pueden vigilar y acosar a quien quieran.
Ni es universal: por los desiguales niveles de desarrollo que hay en el planeta.
Hoy existen los Kindle de segunda o tercera generación, el Nook, las tablets, los teléfonos inteligentes… Sin embargo, también hoy se imprimen más libros que nunca.
En 2009 se vendieron 24 mil millones de dólares de libros en papel en Estados Unidos y 313 millones de dólares en e-book (2% de esas ventas), pero al año siguiente la venta de libros electrónicos alcanzó 9%. Hoy ese país es el principal consumidor de libros digitales. Según publicó Ana Cecilia Escobar en la revista electrónica de negocios Bits, 21% de los estadunidenses ha leído un libro digital completo, y los dueños de lectores digitales leen más que aquellos apegados al papel: 24 libros al año contra 15 de lectores tradicionales.
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En los países avanzados el desafío de los editores no es sólo ofrecer productos digitales, sino ser una alternativa para los “usuarios” –ahora se le dirá así a los lectores– que piensan primero en lo digital para encontrar contenidos.
Ahora hay que ver la edición como un conjunto. Lo digital provoca que esta convergencia no sea sólo posible, sino inevitable. Para el científico estadunidense Brian F. O’Leary (1940-1911), “los agentes comerciales se convierten en editores, los editores en agentes del marketing, y los nuevos actores tienen algo de los dos. Los clientes se han vuelto competidores, socios y proveedores”.
Los editores deberán preocuparse por ofrecer obras –no sé si seguir diciendo libros– abiertas, accesibles, interoperables. La noción de estandarizar una presentación –como en una colección o una serie editorial en papel– pasará a la historia. Tendrán mayores posibilidades de éxito aquellos editores que ofrezcan a sus lectores las herramientas para hacer uso del contexto digital y administrarlo con eficiencia.
Hoy los usuarios quieren contenidos que les permitan profundizar; hacer clic y saber quién afirma qué y saber sus argumentos; muchos exigen profundidad en forma de hipervínculos y quieren reenviar, comentar y promover ese contenido, en lo que se conoce como “lectura social”… en fin, quieren utilizar esas herramientas o funciones sociales que antes llevaba mucho tiempo echar a andar.
Ya se ofrecen muchos contenidos en “la nube” (base de almacenamiento de información virtual), y seguramente el sector librero será afectado por ello, pues aumentan los productos vendidos por suscripción electrónica.
Prácticamente todo el espectro editorial se ve beneficiado con la publicación digital: los libros de cocina y algunos técnicos, científicos y de casa y campo (cría de mascotas y animales, jardinería, etcétera), así como los infantiles y juveniles.
Los editores académicos también se han visto muy favorecidos por lo digital. Sus obras, generalmente especializadas, pueden tener motores de búsqueda que posibilitan una consulta ágil y confiable de las grandes bases de datos que elabora la academia en forma de compendios y compilaciones de reuniones, congresos, etcétera.
La era digital impediría que hubiese libros agotados, pues el editor podrá preservar el texto en un formato electrónico y ofrecerlo a sus clientes en la impresión bajo demanda.
Ahora está al alcance de la mano la autoedición (de la que Stephen King fue un ejemplo temprano) y ello será un reto para los editores, pues sus autores estrella pueden optar por esa alternativa.
Hay, sin embargo, algunos problemas para el desarrollo de los productos digitales:
1) El pago por la red y la consecuente restricción de los contenidos, pues al ofrecerse sólo a quien lo paga, generalmente esos contenidos no pueden ser indexados, esto es, no aparecerán en los resultados de búsqueda.
2) La piratería, pese a los encriptamientos debidos. En octubre de 2011 la Feria de Frankfurt informaba que más de 60% de las descargas en Alemania es ilegal.
3) La “caducidad” de los formatos y lenguajes, pues la información electrónica también se degrada y es necesaria su actualización periódica, con su correspondiente costo.
¿Y México?
Más de uno de ustedes se preguntará por qué no hubo una gran distribuidora del libro en español. Hay una decena de páginas que ofrecen catálogos limitados. Pero lo cierto es que no hay un mercado suficiente que asegure la amortización en un plazo razonable. Tuvo que llegar Amazon a ofrecer un enorme catálogo de obras digitales y llenar ese espacio.
Según el Grupo Gandhi, las ventas de libros electrónicos no supera 5% del total. Y un funcionario de Santillana aseguraba que ese grupo editorial no ofrece ni el 1% de su catálogo en forma electrónica.
Así las cosas es difícil que en el periodo inmediato las ventas de libros electrónicos adquieran importancia, no sólo en México, sino en el mundo iberoamericano.
Hoy casi la mitad de los mexicanos tiene acceso a internet, pero la enorme mayoría sólo utiliza la red para chatear y enviar correos electrónicos. Y es que también el uso y disfrute de la red está estrechamente relacionado con el nivel cultural de una sociedad.
Los datos más optimistas hablan de un 10% de población analfabeta y un promedio de escolaridad de 7.5 años. Pero otras mediciones que toman en consideración los diferentes niveles de lectura ubican el analfabetismo funcional en cerca de 40% (Rodríguez Gallardo, La lectura en México: una aproximación cuantitativa. En Este País, núm. 188, nov. de 2006).
Si en los años cincuenta el tiraje promedio de un libro era de 3 mil ejemplares para una población de 30 millones de habitantes, hoy tenemos tirajes de mil y 2 mil ejemplares para más de 100 millones de mexicanos, de los cuales apenas 17 millones son lectores potenciales, con un promedio de lectura de 2.9 libros por año, incluyendo los de texto. Recientemente se dio a conocer la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015, según la cual los mexicanos ahora leen 5.3 libros al año, aunque sólo 3.5 son leídos por gusto y 1.8 por necesidad.
Los tecnócratas que han dirigido al país ejercitan su retórica con la educación.
Pero entre 1997 y 2006 la población entre 25-34 años con educación superior aumentó 11%. En Polonia creció 172%; en Turquía, 76; 74 en Portugal y en Corea del Sur, 71%.
Por eso se dice que México y varios países de América Latina pasarán del analfabetismo funcional a la era digital, aunque ello no implicará un aumento en el nivel cultural. l
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* Autor de los libros La derecha mexicana. Historia y desafíos. Ediciones de Educación y Cultura, Puebla, 1915; y Fianchetto. El ajedrez como una de las bellas artes. Trama Editorial, Madrid, 2015.








