“Cosmos” en la Muestra

El polaco Andrzey Zulawski, aclamado director de cintas de culto como La tercera parte de la noche (1971) o Possession (1981), no había hecho cine desde el año 2000; su muerte, el pasado mes de febrero, define a Cosmos (Francia-Portugal, 2015) como herencia y última voluntad artística.

No pocas veces la lectura del testamento provoca agravios: Cosmos es una película difícil, la adaptación imposible de una novela imposible de otro polaco, Witold Gombrowicz, que funciona únicamente en la sinuosidad y los meandros del lenguaje escrito. Como también novelista, Zulawski sabía que no tenía otra opción más que traicionar a sus propios admiradores y a los del escritor, decidió correr el riesgo y tradujo un circo de palabras a otro circo de imágenes.

Witold (Jonathan Genet), escritor y estudiante de derecho, y Fuchs (Johan Libéreau), experto en diseño de modas, se instalan en la casa de huéspedes de una familia entre aburguesada y campesina, entre convencional y extravagante. Ambigüedad y medios tonos, lógica y absurdo, componen un laberinto de signos que pueden significar todo o nada. La señal de entrada es un gorrión ahorcado colgado de una vara. Los signos absurdos se van acumulando e intrincando con el erotismo que provocan las mujeres de la pensión, Lena (Victoria Guerra), hija recién casada de la dueña, y la sirvienta; objetos eróticos que se presentan de fetichizados, de forma fragmentada, una mano, un pie, y sobre todo, las bocas de cada una de ellas.

Quizá todas esas señales no sean más que marcas arbitrarias; la flecha en la humedad de la pared, o los labios cicatrizados de la sirvienta (Clementine Pons en doble papel). ¿El universo es un bosque de símbolos (como diría el poeta Charles Baudelaire), o es que el hombre vive desesperado por darle significado a un universo vacío de sentido? Witold, alto y de aspecto vampiresco, con Fuchs, bajo y rudo, forman un par esperpéntico que recuerda a Estragón y Vladimir, la pareja de vagabundos de Esperando a Godot. Si alguien está a cargo de este mundo, entonces las marcas y huellas serían pistas para descubrir al responsable; Witold sería un Sherlock Holmes convertido en payaso.

O quizá esa narrativa de Cosmos que Gombrowicz define como una corriente de agua negra que arrastra todo tipo de basura, y que un hombre contempla y trata de descifrar, no sea otra cosa que mera fantasía masturbatoria para soportar la existencia. Danuta Borchardt, traductora de Gombrowicz al inglés, insiste en las expresiones del texto que en polaco se asocian al onanismo. Las bocas de las mujeres que obsesionan a Witold son vaginas inseparables de la mano que juega con los cubiertos en la mesa. En lo que falla un tanto Zulawski en su versión de Cosmos es que traduce mal el ritmo masturbatorio de la prosa del novelista.

Pero quien admire el cine de Zulawski, su universo enigmático, no se equivocaría en pensar que fue la posibilidad de significados, el exceso de realidad que se infla de manera insoportable (parafraseado al texto), lo que atrajo al director de Cosmos.