El espectáculo montado para el arribo del Papa Francisco a México es un remake de las veces que Juan Pablo II visitó el país. Cambian los actores, pero los personajes son los mismos: un pueblo fanatizado por la televisión, medios brincándose olímpicamente el Estado laico, gobiernos conservadores sin el menor empacho de acoger al Papa en calidad de jefe de Estado y no como el líder de la Iglesia católica.
Un presidente de la República que acude a recibir la Hostia como si fuera un monaguillo y no el representante de una nación cuyas leyes, dictadas desde 1857, son claras para separar a las Iglesias del Estado.
Algunas variaciones complementan el show: Miguel Ángel Mancera cierra calles, estaciones del Metro y del Metrobús dejando a la ciudadanía con mayores calamidades para transportarse. Los viajeros tienen que salir con horas de anticipación para poder llegar al aeropuerto. El Zócalo, la Basílica de Guadalupe, una plaza en Ecatepec son tomados como escenario de las manifestaciones religiosas en el más puro espíritu del culto externo. Por si hiciera falta reafirmar su complacencia con el poder federal, el jefe de gobierno de la ciudad está presto a poner las calles a disposición de las cámaras de Televisa, Azteca, Canal Once, Capital 21 para que fotografíen el paso del Papa.
Todo esto comenzó días antes de que arribara el sumo pontífice a la capital del país. TV Azteca insistió en anticipar su cobertura desde Roma. Televisa desplegó sus mejores recursos para la transmisión, y Canal Once con cierto pudor optó por acompañar la difusión de los actos con una mesa redonda compuesta por especialistas en el tema. Canal 21, del Gobierno de la Ciudad de México, difundió los eventos. Rompió la monocorde cantaleta un programa con tres emisiones, coproducido por Canal 22 y C 30 y difundido por ambas emisoras el jueves, viernes y sábado. Su título, México y la santa sede. Los avatares de una relación compleja. Lo condujo Roberto Blancarte, académico preocupado por el desleimiento del Estado laico. En TV UNAM fue también presentador de una serie sobre el tema hace varios meses.
Cada programa duró una hora con apenas dos cortes.
Acompañaron a Blancarte en las distintas emisiones tres conocedores que desplegaron, de manera clara y sintética, la historia de la relación de México con el papado, las intervenciones de los jerarcas católicos en política hasta que los conservadores fueron derrotados en 1856. Ese fue el primer episodio. En el segundo se habló de quién es el Papa Francisco, sus antecedentes, los límites ideológicos que no podrá traspasar aunque quiera. El tercero trató sobre las actuales relaciones de México con la curia romana, la baja en el número de creyentes, el establecimiento de relaciones con el Vaticano en la época de Salinas. Los tres programas fueron espléndidos por la capacidad de los invitados, la información que dominan, sus planteamientos analíticos y su visión crítica.








