La ley económica del título original de la novela El precio de la sal (The price of salt) que se publicó bajo pseudónimo en 1952, propone una metáfora radical, la del sacrificio inevitable para escapar de una vida fabricada de apariencias, falsa e insípida. Carol, canción de regocijo, es el premio de ese esfuerzo y corresponde al nombre de la heroína; con este el título apareció por fin en 1990 destapando a la autora, Patricia Highsmith. La versión que ofrece Todd Haynes, Carol (Gran Bretaña, E.U., 2015), extracta el espíritu de la obra y logra un trabajo muy personal, de una estética impecable.
De compras en un almacén, Carol (Cate Blanchette) reacciona de inmediato a la corriente erótica de la empleada que envuelve el regalo navideño; la joven Therese (Rooney Mara) se somete al embeleso de esta clienta de abrigo de pieles, rubia inmaculada como mujer ideal de póster de los años cincuenta. El ligue tiene consecuencias, el problema es que ocurre en el momento peligroso del divorcio de Carol; siguen viajes, encuentros y desencuentros, detective pagado por el marido para obtener la custodia de la hija, castigo de una sociedad por lo que mira como crimen innombrable.
La belleza de maniquí de Carol esconde a una mujer con sustancia, que sabe lo que quiere, incapaz de arriesgar su alma por complacer a la sociedad; Therese aspira a convertirse en fotógrafa, ingenua aún por la edad pero fiel a su instinto de acceder a lo que la vida pide. El amor ocurre, no hay receta a seguir, sólo capacidad de respuesta.
Todd Haynes no es sólo un director más en la lista de admiradores (desde Godard, Fassbinder, hasta Wong Kar-wai) del cineasta alemán exiliado en Hollywood, Douglas Sirk; es el gran exégeta. La filmografía de Haynes incluye un remake de Sirk, Lejos del cielo (2002), versión sobre Lo que el cielo puede dar, donde se destapa la trasgresión sexual y racial que esconden los melodramas de Sirk. En Carol el amor lésbico sólo es problema por la satanización y el escándalo social; el tabú, relegado, se hace añicos en el encuentro amoroso, y si el vínculo padece después es por otras razones.
En los años cincuenta Patricia Highsmith rompió el estereotipo de la pareja de lesbianas con estas dos mujeres perfectamente femeninas. Con ayuda de dos estupendas actrices, Haynes y su fotógrafo, Edward Lachman, componen una sinfonía de gestos, miradas y sonrisas sugestivas; la fuerza depredadora de seducción de Carol impregna la timidez y la ternura contenida de Therese.
Filmada en Súper 16, formato que evoca la televisión tradicional con close-ups y planos medios y que sugiere una conexión más íntima con el espectador, Carol capta a sus protagonistas a través de cortinas de lluvia en la ventana, o recortadas por sombras en umbrales y pasillos. La sutileza del guión es mérito de Phyllis Nagy, realizadora y dramaturga que fuera amiga de la difunta Highsmith.








