El silencio de un crítico

Durante cuatro décadas José Luis Meza Inda fue considerado el mejor crítico de arte en Guadalajara, y el más temido. Sus opiniones semanales eran esperadas con expectación e incluso le valieron amenazas. Sin embargo, él no se consideró más que un comentarista de exposiciones, pues sus grandes ideales artísticos eran demasiado altos para la producción local. Localizado por este semanario, recuerda algunos pasajes de su vida como periodista y crítico.

Recluido en su casa, sin interés alguno por el arte, que fue su pasión durante la mayor parte de su vida, José Luis Meza Inda recuerda las motivaciones que lo llevaron a escribir sobre artes plásticas, aunque niega haber sido crítico y se asume más bien como un comentarista.

Padece parkinson y ha perdido casi totalmente la visión del ojo izquierdo por una catarata mal atendida. No hace vida social, pero esto no es nuevo: siempre vivió apartado de la gente. Incluso mientras estuvo activo, nunca aceptó dar charlas o conferencias: “No tengo ni temperamento ni gusto para hablar en público. No he sido antisocial, sino asocial”, aclara.

Sin embargo, fue considerado el crítico de arte más respetado y temido en Guadalajara durante por lo menos cuatro décadas. Su columna semanal Exposiciones, en el periódico El Informador, era esperada con expectación cada domingo por los artistas plásticos.

En entrevista, Meza Inda, nacido en la capital jalisciense en 1937, refiere que nunca se consideró crítico de arte, sino comentarista de artes plásticas, labor que realizó sistemáticamente durante casi 40 años. Estudió humanidades y filosofía en el seminario a finales de los años cincuenta. “Salí del seminario en 1961, en ese año entré al periódico y ahí estuve hasta que me sacaron. Pasé casi toda mi vida en el periódico”.

Acerca de su salida del diario, Meza Inda señala que ocurrió en 2007, cuando se cerró el suplemento cultural. Afirma que a raíz de la muerte de Jorge Álvarez del Castillo, dueño del rotativo, su hijo Carlos se hizo cargo de la empresa. “Él quería gente afín a sus ideas, gente joven, y a todos los viejos, los que habíamos trabajado con su padre, nos echaron fuera”, dice, aunque reconoce que les dieron su liquidación.

Pionero en la crítica de arte

Meza Inda tuvo desde muy chico la inquietud por las artes e incluso llegó a pintar algunos cuadros, con la asesoría de sus amigos pintores que asistían a la Escuela de Artes Plásticas. Eso lo hizo, dice, “para saber de qué iba la cosa”.

​Relata que sus guías fueron las lecturas de crítica de arte de Margarita Nelken, a la que seguía puntualmente en sus textos que aparecían en Excélsior y la considera su maestra, y de Luis Cardoza y Aragón, quien en su opinión “era más lírico, más poeta, más escritor, y Margarita Nelken iba más directamente hacia la obra; me gustaba cómo resumía en unos cuantos párrafos las obras de alguna exposición”.

Entre sus lecturas de historia del arte, Meza Inda recuerda especialmente los libros del francés Élie Faure, a quien considera su guía. Agrega que también leyó lo que escribía Octavio Paz sobre arte y le gustaba mucho.

​Sin embargo, en un principio escribía de todo, pues estuvo al frente del suplemento cultural de El Informador. Hacía reseñas sobre cine, teatro y literatura, “hasta que descubrí que la veta que más me atraía era la de hacer comentarios de exposiciones”, afirma.

​Insiste en que nunca se consideró un crítico: “Mis comentarios eran un testimonio periodístico de las exposiciones, para que no pasaran desapercibidas”.

​Refiere que en El Informador no había quien escribiera de arte. “Les parecía extraño. Me costó mucho trabajo abrir camino para que me admitieran como comentarista de las exposiciones, porque no se usaba en aquella época”.

Agrega que cuando entró al periódico “no había quién lo hiciera, ni antes lo hubo… Bueno, me imagino que sí había, pero esporádicamente, en el tiempo de Ixca Farías y compañía. Antes no había exposiciones sistemáticamente, como ya hubo a principios de los sesenta, cuando se abrió la Casa de la Cultura Jalisciense, y en Camarauz, que fue la primera galería que hubo, donde expuso Tomás Coffeen por primera vez, y luego se abrieron otras”.

Lecciones y amenazas

Además de grandes satisfacciones, su labor como crítico de arte también le acarreó enemistades y hasta amenazas. Relata que un pintor español, que expuso aquí, lo anduvo buscando para matarlo porque no le gustó la crítica que le hizo. Sin embargo, él lo minimiza: “No pasaron de amenazas y cosas de esas; luego se les olvidaba al paso del tiempo”.

Otro caso fue el del talentoso estudiante de la Escuela de Artes Plásticas Jesús Ponce, quien a los finales de los años sesenta se suicidó. En los corrillos artísticos se corrió la especie de que la causa del suicidio fue que no soportó una severa crítica publicada por Meza Inda. El crítico comenta que no recuerda haber escrito sobre ese pintor, pero sí que le atribuían la culpa y sobre todo que se lo recalcaba con frecuencia el escritor Ernesto Flores.

​Tuvo pocos amigos pintores, pues no le gustaba convivir con los artistas porque no quería comprometerse: “Se me figuraba que me restaba objetividad el conocerlos. Porque conociendo a la persona y al pintor al mismo tiempo, cambia la perspectiva”.

​Sus amigos pintores fueron Tomás Coffeen, Alfonso de Lara Gallardo, Ramiro Torreblanca y Jorge Navarro. Entre risas, dice que con Torreblanca tuvo muchos choques, “porque le decía que no sabía dibujar y se enojaba”. No obstante, aclara que tuvo afinidad con todos ellos y que le enseñaron mucho sobre pintura y gráfica.

Refiere que no quiso ampliar su círculo de amistades con los artistas, aunque sí conocía a los que entonces figuraban, como Gustavo Aranguren, Luis Valsoto, Héctor Navarro y Alfredo Sánchez Larrauri. “Pero no fueron mis amigos”, aclara. Como sus ingresos eran pocos, Meza Inda no pudo comprar obra plástica de su gusto, aunque sus amigos pintores le regalaron cuadros que aún conserva.

Literatura y arte abstracto

Meza Inda alguna vez se inclinó por la literatura; incluso llegó a publicar un libro de cuentos titulado Los hipócritas, que versaba “de una catarsis social; trataba sobre las desigualdades entre ricos y pobres, de las injusticias. Era el impulso juvenil de esa época”.

El libro, editado por la Casa de la Cultura Jalisciense entre 1964 y 1965, fue bien recibido por la crítica y mereció buenos comentarios en la prensa de la Ciudad de México.

“Pero vi que ese no era mi camino, sino el periodismo, y lo dejé. Me gustaba mucho escribir cuentos. Yo quería ser alguien en cuestión de narrativa, pero vi que no tenía los alcances para llegar a ser como Rulfo o Arreola, a quienes admiraba y eran los maestros a seguir. Todos queríamos ser como ellos”, asegura.

Respecto al arte abstracto, al primero que elogió por hacer pintura con esa tendencia fue a Ramiro Torreblanca, quien además era médico y atendió a sus hijos. “Él me admiraba mucho, decía que yo era muy buen comentarista y crítico, porque cuando él hizo su primera exposición de arte abstracto –fue de los pioneros de la abstracción–, lo alabé mucho por su cambio y porque nos traía una nueva pintura. Desde entonces me distinguió con un afecto muy especial, salvo esos choques que tuvimos alrededor del dibujo”.

La gente de Guadalajara, dice, estaba acostumbrada a ver sólo arte figurativo, y cuando llegó el arte abstracto en los años sesenta, el público decía que no entendía qué quería decir el pintor con esas manchas. Menciona que con la apertura del Centro de Arte Moderno, a finales de los sesenta, comenzó la avalancha de la abstracción.

“En México también los pintores habían comenzado con lo abstracto –afirma–. Los famosos rupturistas no hicieron más que ponerse al día con la abstracción; no podían seguir con la figuración más tiempo. Realmente no rompieron nada, lo que hicieron fue subirse a la ola de la abstracción que venía de Estados Unidos, del expresionismo abstracto estadunidense.”

En relación con el arte actual, que tiende más a los conceptos, Meza Inda se declara totalmente ajeno, pues él vivió la época del cambio de la figuración a la abstracción. Donde “todavía había técnica, había conocimiento, preparación, sensibilidad. La pintura se divide en pintores buenos y malos, sea como sea la manera en que se expresen. Pero ahora no. Y como ahora todos podemos ser artistas con sólo decir: esto es una obra de arte, entonces ha sido un parteaguas total y absoluto entre la pintura tradicional y lo que se hace ahora, que para mí es un desconcierto total”.

Añade que, en el arte actual, “no sé realmente dónde está la expresión artística, dónde está la preparación técnica, todo eso se acabó. Son cosas del tiempo; están totalmente fuera de mi alcance. Posiblemente haya cosas buenas en lo que se está haciendo, o no, pero no me interesa adentrarme en ese campo que es totalmente desconocido para mí”.

Un alto ideal artístico

Aunque hizo crítica e incluso fue jurado en diversos certámenes de pintura y gráfica locales, no considera que eso haya sido algo importante y trascendente. Su concepto del arte estaba por encima de lo que se hacía aquí.

Explica: “Para mí el arte es una cosa muy alta, muy sublime, y lo que se hacía aquí no llegaba a ese nivel en que yo tenía mentalmente lo que era una obra artística, de los grandes creadores de la historia del arte; ninguno de nuestros pintores locales lo alcanzaba. Trataban de acercarse; muchos tenían talento, imaginación, sensibilidad, pero no llegaban al nivel en que yo consideraba era una obra de arte. Por eso decía yo que no me consideraba crítico de arte, porque para que hubiera crítica de arte se necesitaba que hubiera realmente obras de arte”.

Agrega que hizo dos viajes a Europa en los cursos vivos de arte que organizaba la UNAM.

“Visitamos los museos para ver la historia del arte, desde Grecia hasta el arte contemporáneo. Ahí tuve mis ideales. Ahí sentí realmente lo que es una obra de arte, acá dentro de mí; el estremecimiento interior que se siente al estar frente a una verdadera obra de arte. Hay como una especie de contacto que te hace sentir, más que conceptualizar. Se siente un estremecimiento que te dice: esta es una obra de arte, y no se sabe por qué”, expresa con emoción.

Recuerda obras clásicas de los griegos, el Partenón, frisos de templos, el Auriga de Delfos, las esculturas de Miguel Ángel, de Botticelli, Goya, Monet… No sabía por qué lo emocionaban esas obras, pues algunas no eran muy famosas, “pero ante ellas sentí esa vibración interior. Algo había, como un chispazo que brotaba de ellas y me hería internamente”.

En su opinión, los artistas locales que se acercaron un poco a ese ideal fueron Ramiro Torreblanca, Alfonso de Lara Gallardo y Tomás Coffeen. Se acercaban, pero no llegaban a ese ideal suyo, advierte. En cambio José Clemente Orozco siempre lo impresionó, incluso comenta que antes de escribir de arte iba con frecuencia a ver sus murales en el entonces Hospicio Cabañas.

Con todo, precisa, ya se desligó del arte. “Perdí totalmente el interés. Fue una etapa de la vida, y ahora estoy viviendo otra etapa muy diferente. Perdí el interés en todo eso”, reitera. l