Laicidad a la mexicana

El artículo 130 de nuestra parchadísima Constitución aún mantiene vivo el principio de la separación entre las iglesias y el Estado. Inicia así: “El principio histórico de la separación del Estado y las iglesias orienta las normas contenidas en el presente artículo”. Hace pocas lunas todavía, en el Congreso de la Unión se debatió la pertinencia de incluir, explícito, el término de laicidad en la definición de la República, para evitar ambigüedades y ambivalencias de interpretación. El consenso aparente de legisladores, gobernantes en turno y público republicano (aunque suene pleonástico) apunta a que los funcionarios se deben atener a esta norma expresa. Hasta aquí lo teórico.

En la práctica ramplona de nuestros asuntos diarios, la directriz de laicismo, como la de muchas otras buenas intenciones jurídicas, viene a ser letra muerta. Para muestra basta señalar la vorágine de transgresiones a lo normado a lo largo y a lo ancho del país con la reciente visita del llamado sumo pontífice. Día con día, paso a paso, desde el titular del Poder Ejecutivo hasta el más humilde de los alcaldes por donde pisó tierra el Papa Bergoglio, se le tendió la alfombra roja de la adulación y el vasallaje, conducta opuesta a la que marca la ruta del estricto laicismo que rige los estados modernos.

Diego Valadés distingue tres formas de entender el laicismo (La reforma Ratzinger, La Jornada, 26 de abril de 2010): como facultad del Estado para proscribir las prácticas religiosas; como obligación del Estado de valorar y equilibrar las relaciones entre las iglesias, y como separación estricta entre las iglesias y el poder político. Se refiere desde luego al laicismo de los estados que sí practican la separación de la esfera del poder civil de los actos que tienen que ver con la normativa religiosa. Esta aclaración vale para todos aquellos que se esfuerzan por entender estos fenómenos sociales tan difíciles de precisar. Nada que ver con estados en los que se predica una cosa y se practica otra, como ocurre entre nosotros sin que nos suba el rubor al rostro.

Hay, dice Valadés, un laicismo “de combate”. Se caracteriza éste por la proscripción que hace, dentro de los límites de ejercicio de sus leyes, de las prácticas religiosas. Luego habrá regímenes que busquen extender esta directriz aun fuera de sus fronteras, atenidos tal vez a los criterios de la globalización actual. Dejemos limitada la idea de este ejercicio civil al estricto perímetro que otorga la validez legal de responsabilidad a un Estado moderno.

Al segundo formato de laicismo lo titula como “positivo”. Se caracteriza esta variante por el esfuerzo que despliega el Estado por garantizar la paz entre los seguidores de las distintas religiones practicadas por los gobernados. Dado que es fenómeno moderno que haya variedad de creencias en un país, lo menos que pueden hacer los que se trepan a los escaños de gobierno es el de mantener una sana distancia con la confesión de fe de sus ciudadanos, variada pues y dispersa. Se entiende desde luego que bajo el manto de la creencia religiosa no se encubre ningún principio de asonada, motín o incitación a la violencia y exterminio de infieles, como ha sido la nota de muchas religiones en el pasado. También los credos religiosos han civilizado sus prácticas, o se han esforzado por conseguir este tipo de conducta entre sus feligreses. Sólo así se dará un entendimiento político de respeto, que destile sin muchas dificultades de la observancia de ambas esferas, civil y religiosa, hacia las conductas particulares.

El tercer modelo es el “republicano”. Este formato de laicismo viene siendo un ejercicio legal, normativo y pragmático, mucho más maduro. Deriva de la experiencia colectiva en donde la tolerancia sentó sus reales y permeó a fondo ya la conciencia colectiva. En los países donde impera un laicismo de este jaez, la normativa estatal se refleja y así está constituida a partir de esquemas de conducta y de observancia general ajenos a las presiones confesionales.

Vengamos a nuestras incoherencias domésticas. Sería demasiado pedir congruencia republicana a la turbamulta de funcionarios y servidores públicos que se volcaron a las filas de recepción y bienvenida del señor prelado, como para hacerle grata la estancia entre nosotros. Claro, si lo invitaron, tenían que ser hospitalarios con él. Pero una cosa es ser buen anfitrión y otra muy distinta romper los protocolos, rebasar las formas estatuidas del formato del respeto laico. Se dejó volar cierta ambivalencia en torno a que el Estado vaticano ya está reconocido como tal por nuestro Estado mexicano. Y con ello, sobrevoló en el ambiente la indefinición de la naturaleza de la visita de Bergoglio.

Desde los púlpitos nos informaban que era una visita meramente “pastoral”, es decir, que no vino como jefe de Estado. Pero se le dio recibimiento de tal y hasta se le llevó al Palacio Nacional, en recepción oficial. Ésa, lo sabemos, es la sede del Poder Ejecutivo. Para un país presidencialista como el nuestro, el significado de dicha sede posee preponderancia aún por encima de la sede del Poder Legislativo y no se diga del Judicial. Así que, por vía de una metamorfosis gestada por indefinición intencional, el pastor visitante se irguió ante sus anfitriones y se invistió de hombre de poder. Se convirtió de inmediato en uno de los pares de quienes lo aplaudían. Se cumplió la intención de fondo que tuvieron, sin confirmarla, al invitarlo a pisar el suelo patrio. ¿Para qué?

Si el pontífice se transfiguró en hombre de poder a la vista de sus comensales de palacio, ¿por qué no iban éstos a concurrir en masa a la basílica de Guadalupe, otro de los bastiones de nuestras definiciones de poder, aunque siempre edulcorado y revestido de la imaginería y la santidad con que lo manosea nuestro pueblo? ¿Y cómo interpretar esos cuadros repetitivos de santa unción, con que nos regaló la prensa, en los que tanto EPN como su consorte y muchos otros comensales eucarísticos, gente de poder, comulgan en la misa que celebró para tal élite este invitado de lujo?

No es el caso querer escarbar en la autenticidad de la fe católica del presidente. Suficiente escepticismo genera a los adscritos a dicho credo la matriz de adulterio con doña Angélica Rivera que documenta nuestra revista (Proceso 2049). El cuadro de unción de la pareja en el momento de comulgar tiene que hacer reflexionar al gran público, si acaso, no ya la doña, sino el presidente conocerá la lección tan contundente que se contiene para estas materias en el pasaje del evangelio de Mateo (5, 23-24): Cuando presentes una ofrenda al altar, si recuerdas allí que tu hermano tiene una queja en contra tuya, deja ahí tu ofrenda ante el altar, anda primero a reconciliarte con tu hermano y ya que lo hagas vuelve a presentarla.

¿De su responsabilidad por tantos muertos, tantos desaparecidos, tantos desempleados, tanto exilio involuntario, se puede fingir amnesia y ocurrir a recibir del Papa la hostia, como figuración del perdón? El poder vaticano al igual que nuestros verdugos “laicos” nos quedan a deber muchas explicaciones de sus muchos episodios oscuros, tras esta visita papal.   l